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Un día sin qué celebrar por Ricardo Gil Otaiza

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Ricardo Gil Otaiza


El próximo 5 de diciembre es el Día del Profesor Universitario, aprobado por la Federación de Asociaciones de Profesores Universitarios de Venezuela (FAPUV) y el Consejo Nacional de Universidades (CNU) en 1991, en conmemoración del logro alcanzado en 1958 con la aprobación de la primera Ley de Universidades que consagró la autonomía académica, electoral y administrativa de las casas de estudios superiores. Desde entonces, los profesores, de la mano de los estudiantes, empleados y obreros, nos hemos aglutinado en una seria reflexión en torno a la educación superior que anhelamos, y sin dilaciones concretamos logros sustantivos, que se han expresado en altos índices de productividad científica y en el posicionamiento de la universidad venezolana como una de las de mayor peso de la región. Eso fue así, a pesar de la rémora de los distintos gobiernos democráticos que fueron bastantes mezquinos con dichas instituciones, al regatearles siempre un presupuesto que estuviera a la altura de sus inmensas realizaciones en todos los órdenes de la vida de la nación, y de las agresiones  de las que fueron objeto y que hoy muy poco se recuerda.

No obstante, con la llegada del chavismo y su larga entronización en el poder, la situación tomó otro cariz: del eterno regateo por un presupuesto digno, que nos sumía en fuertes conflictos con los gobernantes de turno en una lucha justa por el presupuesto y los salarios, pasamos a francos quiebres y limosnas, que se han traducido al día de hoy en un cierre técnico de las instituciones y en una diáspora de su talento humano como no se tenía razón en la historia contemporánea del país. Y si a esto se aúna el vértigo de la hiperinflación, que ha hecho trizas los salarios de la comunidad universitaria, podría decirse sin temor a caer en exabruptos, que estamos viviendo la peor de las pesadillas que amenaza con dejar a las universidades venezolanas en un atraso vergonzoso frente a sus pares continentales, perdiéndose así todo lo alcanzado durante largas décadas de esfuerzos, disciplina y progreso institucional. Sin olvidarnos, por relevante, de la pérdida paulatina de la autonomía, que se ha venido traduciendo en intervenciones, imposiciones y desmontaje, para hundir al sector universitario en una situación de indefensión y precariedad inadmisibles desde todo punto de vista.

Este 5 de diciembre, como podrá verse, nada tenemos que celebrar los profesores universitarios. Todo lo contrario: será un día para el cotejo doloroso entre un ayer imperfecto, pero viable, con un presente demoledor y paralizante desde toda mirada crítica. Eso sí: una oportunidad de oro para la seria reflexión en torno a la presente crisis, y así ponernos de acuerdo de cómo hacer para cambiar este panorama ominoso por otro de sueños y de esperanzas para todos.

 

@GilOtaiza

rigilo99@hotmail.com 





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