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Día del profesor universitario por Eleazar Ontiveros Paolini

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Eleazar Ontiveros P.


Cada 5 de diciembre, los profesores universitarios celebran su día. Y aunque muchos insisten que este año no hay nada que celebrar  dado el trato a que es sometida la Universidad como institución y sus  docentes e investigadores, si debemos hacerlo para enaltecer a los que anteponiéndose a las dificultades y deficiencias, cumplen, aunque los requisitos para hacerlo no sean los adecuados, con la atención a los bachilleres y con la continuidad de sus investigaciones. Claro que en muchos casos, por sobre el deseo y la vocación, se dan circunstancias de tal naturaleza que imposibilitan en absoluto continuar con sus actividades, en especial en aquellos programas que se sustentan con grado de indispensabilidad en las prácticas de laboratorio, clínicas y/o extramuros.

En ese día  de diciembre de 1958, si bien el Presidente de la Junta de Gobierno,  Dr. Edgar Sanabria, coloca el ejecútese a una nueva Ley de Universidades, en la cual se estableció el carácter autónomo de la Institución, razón del día del profesor,   a ese nacimiento de la autonomía se suma el de la  democracia, lo que hace que simultáneamente celebremos  esos dos trascendentales logros. Dos días después, el 7 de diciembre, se pone en vigencia la democracia con la celebración de elecciones libres,  donde Rómulo Betancourt es electo Presidente Constitucional.

Sobre la autonomía, si bien se toma el 5 de diciembre como su día, sería inconsecuente dejar de recordar que quien primero habla de ella y la lleva a la práctica fue Simón Bolívar, guiado por su capacidad visionaria. Efectivamente, en los estatutos de la Universidad de Carcas que redacta con José María Vargas y José Rafael Revenga, en 1827, la dota de plena autonomía, rentas y democracia. 

Desenvuélvase como se desenvuelva la inconcebible situación actual, debemos los autonomistas seguir celebrando el cultivo de un ejercicio consciente de la libertad y del pensamiento, lo que parte de considerar que la verdadera democracia es la democracia del saber. Por ello, la autonomía, a la cual debemos entender y defender, no es desde ningún punto de vista negociable y sólo la haremos inexpugnable, cuando con base a sus posibilidades, fomentemos la diversidad epistemológica, socio-política y cultural; consideremos que la ética es rebeldía contra las verdades que se nos pretenden vender como siendo terminales, ya que siempre será incompletas, pues sabemos que no tenemos el aparato cognitivo que nos permita alcanzar absolutos, sino simplemente lo aparente; cuando entendamos que la crítica es la consideración de que lo existente no termina con la existencia, y por eso hay que ir mucho más allá de lo evidente; cuando lo desconocido se convierta en la  realidad que deseamos conocer con base en la investigación; cuando entendamos que a medida que aumentan nuestros conocimientos tomamos más consciencia de nuestra ignorancia; cuando nos convenzamos que  solo por efecto de la reflexión y la experimentación llegaremos al saber, definiendo con ello nuestras posibilidades valorativas, teóricas y prácticas; cuando vislumbremos el futuro en la sustentación del pasado y del presente; cuando nos convenzamos de que todo fin es un principio, pues todo fin es el lugar de donde empezamos; cuando con plena libertad establezcamos nuestras prioridades.

Lo anterior y posiblemente otros muchos pormenores, requieren que autónomamente asumamos la cultura del debate como pauta  para la confrontación de ideas, con lo que nos podemos deslastrar de cualquier tipo de despotismo, bajo la premisa de que las contradicciones siempre serán complementarias.





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