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Ricardo Gil Otaiza

En sintonía

Escritura y memoria histórica



En sintonía

Escritura y memoria histórica

Ricardo Gil Otaiza

 

Todo puede ser contado y llevado al papel, pero cuánto esfuerzo requiere la producción de una cuartilla, que un lector devora en pocos segundos. La escritura se pierde en los meandros de la mente humana,  en los que anidan sueños y deseos, para constituirse en una forma de expresión cuyas aristas traen consigo inusitados impactos teleológicos. Sin embargo, la escritura no sólo es expresión de la mente humana, sino que se yergue a partir de la propia medianía del Ser para erigirse en arte, en bella expresión; en murmullo sublime de lo que acontece en los límites de lo sagrado y lo meramente terrenal. La escritura se posiciona de quien se hace a la vez su dueño, y entre ambos se establece lentamente una relación compleja, que busca por la fuerza del encuentro una interpelación permanente para hacerse eterna y única. 

Quien escribe se sabe presa de “fuerzas” que van más allá de su propio cognoscente, y se deja arrastrar por la corriente hasta hacerse único y diverso. Escritura y autor son pues un binomio antinómico: por un lado la escritura fluye como expresión inacabada de lo humano, y por el otro, es muestra fehaciente de su carácter divino, incomprendido hasta llegar al arte que todo lo justifica (incluso su misma negación). La escritura adquiere así matices diversos, que se abren en múltiples espectros hasta perderse en espléndidos mosaicos de estilos, que la enriquecen y realimentan hasta el infinito. La escritura es arte en el momento preciso en que la realidad se hace inmanente a la esencia divina, y es entonces cuando el salto cualitativo torna imperioso el disfrute de las ideas por la forma —el cómo y el por qué—, para erigirse así en memoria y en olvido.

La escritura es expresión de lo concreto, pero también de la conciencia de lo humano como perennidad y huella. Los linderos entre ambos espectros son difusos, pero perceptibles a través del espíritu. Quien escribe desde el arte eterniza, no sólo momentos y fantasías (como piensan ilusamente los críticos profesionales y muchos escritores), sino sobre todo la escritura como escritura (el arte por el arte mismo). Derivar la belleza de una prosa estupenda a sólo técnica y ejercicio literario (como quien disecciona un cuerpo para su análisis anatómico), implica la negación del “absoluto” como momento de éxtasis y estupefacción ante lo incomprensible (o inasible por los sentidos).

La escritura artística nace para hacer más comprensible y llevadera la finitud de lo terreno, al tiempo que se erige en memoria. Escritura y memoria histórica son entonces hijos de un mismo deseo: la inmortalidad, que como voz interior pugna a cada instante —ayer, hoy y siempre— para recordarnos los límites de la experiencia humana.

 

@GilOtaiza

rigilo99@hotmail.com





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