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PAÍS DE HUÉRFANOS por Ramón Sosa Pérez

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Ramón Sosa


A la pregunta “¿dónde está Venezuela, ahora?”, el ciudadano de a pie responde sin titubeos: “en cualquier lugar del mundo, menos aquí”. La realidad es que se nos está vaciando el país y lo mejor del talento ha recalado en ignotos países con la secuela espantosa que sabemos. Más allá de lo altisonante, la frase nos lleva a pensar en la conclusión: un país sin juventud, sin destino, sin horizonte definido, sin esperanzas.

La diáspora inclemente no perdona. Tirios y troyanos optaron por la única tabla de salvación; salir despachados a destino incierto, expuestos a la vorágine del mundo que los avienta como migrantes de insospechadas lejanías, llevando a cuestas los ramalazos de amargura que ya son insalvables. Nadie ha querido emprender el viaje sin retorno y a nadie puede reprochársele la decisión de irse porque no ha sido un hecho planeado. Sencillamente, se les expatrió. 

La historia recuerda a “las viudas de la guerra”; aquellas mujeres que víctimas de las intrigas políticas contra España se quedaron sin hijos, sin padres, sin hermanos o sin maridos. Vagando aturdidas en su desventura muchas fueron a parar a los conventos buscando mitigar su dolor. Hoy, venezolanos que deambulan por el mundo intentando la mano que aminore su tribulación, son los viudos y las viudas de la diáspora que los echó de su tierra.

Lejos de la frontera miles y miles sufren en silencio la tragedia nacional, separados de sus afectos, de la tierra que los vio nacer y formarse. Su lucha es más fuerte probando rehacerse en suelo extraño mientras se ocupan con valor en tareas que les permitan ayudar a los que dejaron en su patria. Es el resultado de la migración forzosa que a tantos carcome con ribetes de aversión por los culpables que ahora quieren achacarles los males a los que están fuera.

En esta hora aciaga están los hijos expulsados a la marcha ignota que en cada mañana su corazón desolado les reclama la sinrazón del trago amargo y los que aquí claman por la dignidad perdida, por la patria mancillada, por el deshonor infligido y por la ausencia del liderazgo de compromiso que se sepultó sin esperanzas porque pudo más su avidez egoísta que el interés por el pueblo sufriente. Unos y otros tendrán que responder ante la historia.





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