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Uno y otro país por Ricardo Gil Otaiza

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Ricardo Gil Otaiza



Andamos del timbo al tambo en Venezuela: a cada instante nos asalta una angustia existencial o familiar. La cantidad de obstáculos que los ciudadanos debemos sortear para seguir adelante es tan inmensa, tan despiadada, tan horripilante, que nos hunde en un estrés sin cuartel que ya se hace colectivo. Si bien la sociedad la conformamos todos los que hacemos vida en un determinado contexto, somos cada uno de nosotros los que le insuflamos al “todo” las características que configuran el perfil de lo social. En otras palabras: si los ciudadanos no estamos contentos y sentimos que la vida se nos hace cuesta arriba a cada instante, pues ese es el rostro de los pueblos, de las ciudades y del país en su esencialidad.


Venezuela está enferma, y esto no es un secreto para nadie en todo el orbe, solo que es una enferma desahuciada, a la que no se le está prestando la atención requerida. Las cifras de la hiperinflación sencillamente producen vértigo; pero mayor es el vértigo al momento de enfrentarnos cada uno de nosotros a nuestra propia realidad, y cerciorarnos (siempre con indignación), que toda posibilidad de seguir adelante se nos va de las manos sin que nada podamos hacer.


El Presidente ha prometido reiteradamente entregar todos sus esfuerzos para resolver la economía, pero sus palabras se las ha llevado el viento, y vemos con asombro cómo se nos diluyen los ingresos en las manos: los alimentos, los medicamentos, y en general todos los bienes de consumo masivo, se nos hacen inalcanzables.


Las medidas que se deben tomar con urgencia las sabemos (es una receta, y se aplicó en los países que a lo largo de la historia cayeron presas de este pérfido fenómeno inflacionario, y salieron airosos), y son el comentario permanente en todas partes, pero quienes las deben aplicar no lo hacen y la espiral inflacionaria ya está en las nubes, hundiendo al país en las peores posiciones de los índices económicos, con la carga de sufrimiento social que todo esto conlleva.


Pareciera (y créanme que esto me aterra), que toda esta “inacción” es deliberada, y no se aplican los drásticos correctivos que nos salvarían de la hecatombe para convertirnos en mendicantes del Estado; ergo, del gobierno (economía de Estado). Ejemplos tenemos suficientes en la historia de la humanidad, y conocemos cómo terminaron: países arruinados y pueblos hambrientos, lloriqueando aquí y allá por un plato de comida y por la atención sanitaria. Un cuadro grotesco.


Sabemos también cómo llegamos a esto. El adoctrinamiento y la ideologización sirvieron de estandartes para cegar a millones de personas. El mesianismo fue una herramienta certera a la hora de imponer a una mayoría un modelo híbrido, que abrazó sin recato viejas consignas e ideas superadas por la posmodernidad. El viejo dicho de que nadie escarmienta en cabeza ajena, se patentizó aquí de tal forma, que toda una sociedad fue llevada a un abismo anunciado.


En el ínterin, la fuerza opositora no supo (o no quiso: ya está en duda también) conjuntar todo su capital humano para enfrentar con éxito el patíbulo que se dibujaba en el horizonte. Entre gallos y madrugada, como suele decirse, se tejieron miles de cosas de espaldas a las mayorías, y se abrió más la brecha entre uno y otro país; entre una y otra utopía.


Y aquí estamos: sufriendo las arremetidas de todo un tinglado de situaciones que, de no resolverse por ausencia de voluntad política, nos harán aún más duro el porvenir.


 


 @GilOtaiza


rigilo99@hotmail.com






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