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Roma, de Alfonso Cuarón por Wolfgang Gil

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Wolfgang Gil



Así como Alfonso Cuarón es dueño de una poderosa técnica, lo es de una delicada sensualidad. Todo ello se manifiesta en Roma, bautizada así por el barrio de la Ciudad de México, la “colonia”, donde creció. Es un fresco de la vida de una familia de clase media y su leal trabajadora doméstica. Rodada en blanco y negro, ambientada en 1971, Roma es la epopeya neorrealista de la proeza que realizan las mujeres para mantener unida a una familia en un contexto de inestabilidad.


Comienza con un largo plano cenital. La cámara se queda fija sobre un suelo de baldosas fregadas con agua y restregadas por una escoba. En la superficie del agua se refleja un avión de pasajeros que cruza el cielo de la ciudad. Los créditos iniciales aparecen superpuestos sobre este fondo. Ya desde esta inusual obertura, el director parece hacernos líricas indicaciones hermenéuticas: las cosas serán consideradas desde una perspectiva muy cercana, pero también desde otra muy lejana.


Pronto descubrimos que la escoba es empujada por Cleo (interpretada por la debutante Yalitza Aparicio), una asistente doméstica quien trabaja para la familia compuesta por el padre, Antonio (Fernando Grediaga), la esposa Sofía (Marina de Tavira), la abuela Teresa (Verónica García) y los cuatro hijos. Cleo vive en una habitación arriba del garaje con Adela (Nancy García García), la otra empleada doméstica de la familia. Nos enteramos que el padre está a punto de irse de viaje por trabajo, mientras que su esposa parece preocupada por la relación de pareja. Los niños son traviesos, curiosos e imaginativos. La casa se llena de vida desde el amanecer hasta el anochecer, cuando Cleo apaga las últimas luces.


Al comienzo, Cuarón nos muestra que Cleo no pertenece al ambiente donde trabaja. Están muy claras las diferencias. Cleo proviene de una aldea pobre a mucha distancia. Incluso la forma en que hablan los personajes subraya este hecho. Con la familia, Cleo habla en español, pero con su paisana Adela, habla la lengua indígena Mixteca.


 


La gramática sentimental


 


A primera vista, Roma muestra una gran riqueza narrativa. Sutil y sin alardes. El argumento se concentra en doce meses decisivos en la vida de los personajes. El padre de familia abandonará el hogar. Cleo será seducida, embarazada y repudiada por su novio, de forma que ella y su patrona se enfrentarán a las consecuencias de estos eventos. La historia, sobre todo, es una exploración existencial sobre la condición femenina, donde las mujeres están en el centro de un mundo rodeado del desamor de los hombres.


Aunque el autor parte del tema de las diferencias sociales, no saca provecho de la lucha clases. Su interés, más bien, reside en la forma de encontrar correspondencias entre las crisis personales y los conflictos políticos. Cuarón contextualiza las muy cotidianas vidas de los individuos en el gran plano de los acontecimientos nacionales.


Al comienzo, esos sucesos se cuelan en forma sutil. Nos llegan noticias de disturbios callejeros, oímos de pasada conversaciones sobre acaparamientos de tierras, y asistimos a un incendio misterioso en la propiedad de unos ricos hacendados. Al final, somos arrollados por las escenas impactantes de la masacre de Corpus Christi, también llamada El Halconazo por la participación de un grupo paramilitar identificado con el nombre de los Halcones.


Desde el punto de vista dramático, Cuarón asombra por su capacidad de administrar lo dulce y lo amargo. Por una parte, Roma posee un delicado humorismo, el cual enriquece la percepción que el director nos está brindando. Un guiño recurrente es el automóvil Galaxy que apenas puede entrar por la puerta del garaje de la casa familiar. A esto se agregan los momentos maravillosamente disparatados, a lo Fellini, como la escena de Cleo recorriendo las calles empantanadas de un vecindario pobre, mientras en el fondo, un mitin político presenta el acto circense de un hombre-bala. Por otra parte, el film es un drama conmovedor con escenas dolorosas.


Cuarón dirige las actuaciones con asombrosa maestría. Cada emoción está perfectamente delineada, aunque la película es tan naturalista que parece un documental dramatizado. El director nos permite acceder a la embriagadora gramática sentimental de los personajes sin sesgo de resentimiento u otro prejuicio.


Otro aspecto digno de mención es que las actuaciones no se opacan entre sí. Ninguno de los actores hace sombra a los demás. Vale la pena destacar el protagonismo de las dos actrices principales, el cual no desentona respecto de la totalidad del elenco. El autor logra una esmerada armonía que le brinda coherencia a toda la obra. Todo lo que narra es importante, ya sea la fugaz aparición de un extra o un protagonista en primer plano. El respeto por cada personaje es claro y está muy bien distribuido.


 


La estética preciosista


 


El director busca hacer un retrato hiperrealista sin concesiones. Por eso hace un registro tan apegado. Esto contrasta concienzudamente con la perfecta fotografía en blanco y negro, la cual describe el mundo de Cleo con lentitud meditativa, sin caer en la tentación de tratar de aligerar la narración. Insiste en mostrarnos la percepción del tiempo, la cotidianidad y la rutina de esta gente, a la vez que nos deleita mostrando cada detalle en forma delicada y silenciosa.


Aunque Roma carece de banda sonora, el impecable diseño de sonido acentúa cada escena. A menudo, el director simplemente deja que la cámara siga a Cleo mientras se mueve por la casa. Así descubrimos que el hogar está lleno de libros, pinturas, muebles y detalles que suscriben la vida familiar. A través de la mirada de Cleo captamos el modesto lirismo de ese universo: un pedazo de cerámica rota, los juguetes de los niños dispersos por el suelo, el perro encerrado en el patio, listo para la fuga.


Los movimientos de la cámara son suaves y poéticos. El sosiego aspira a la revelación. Encontramos belleza en los objetos más pedestres. Llega a convertir en hecho estético la acción de recoger los excrementos del perro de la casa. Todo, envuelto en una omnipresente delicadeza. Cuarón es capaz de llenar de lírica hasta los acontecimientos más violentos o crueles.


 


El amor desde el recuerdo


 


Roma es una exploración tanto de la memoria como de la compasión. Emula el intento de Proust de reconstruir el pasado a través de una intensa riqueza sensorial. El derrotero del gran novelista francés no era la conquista de nueva información, sino el procesamiento de lo conocido desde una nueva perspectiva. A este respecto afirmaba: “El único verdadero viaje de descubrimiento consiste no en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos”.


Este parece ser el lema de Cuarón, quien construye su viaje a la memoria con los dos aspectos que ya hemos mencionado: la sutil narrativa que nos introduce en un drama con mucha fibra emocional, la gramática sentimental, y, por otro lado, por una estética preciosista. Ambos aspectos se complementan.


Para permitirnos acceder a su memoria, el autor de Gravity nos invita a serenarnos y compartir una experiencia inédita para nosotros. En este caso, la de otra persona, en otra época y en otra cultura. Para lograr esa magia, no basta la historia; hay que considerar cómo se cuenta la historia. El éxito reside en lograr que la audiencia vea las cosas tal como el autor propone que se vean.


Y ahí está la apuesta por la compasión. Aristóteles elogiaba la amistad, pero consideraba que, en sentido eminente, la amistad es entre hombres iguales, en su condición social privilegiada.


 “Pero la amistad perfecta es la de los hombres buenos e iguales en virtud; porque estos quieren el bien el uno del otro; porque estos quieren el bien el uno del otro en cuanto son buenos, y son buenos en sí mismos; y los que quieren el bien de sus amigos por causa de éstos, son los mejores amigos…” (Ética a Nicómaco, VIII, 3)


Cuarón parece corregir la afirmación aristotélica. La amistad no solo es entre varones preminentes, también se puede dar entre diferentes clases y, aún más, en registro femenino. La clave es el amor, la fuerza que puede superar cualquier diferencia. Eso da cuenta de por qué dos mujeres de extracción social tan distinta pueden descubrir la solidaridad en un mundo que se ha convertido en hostil.


En tal sentido, la pista para una lectura plena de Roma consiste en encontrar las líneas de fuerza que apuntan hacia el momento de resolución emocional: cuando Cleo salva a los niños de ser ahogados y el agua se convierte en símbolo de su redención. Todo esto conduce a la comunión de Cleo con Sofía, así como con toda la familia.


En resumen, hay dos claves hermenéuticas. Una nos lleva a la compasión: las baldosas fregadas con agua; la otra nos lleva a que contemplemos desde la distancia: el avión que sobrevuela la ciudad, es decir, la memoria. La conjunción de ambas convierten a Roma en una visión de profunda humanidad.


 


OBTENIDO DE PRODAVINCI






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