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Viaje sin tregua por Alirio Pérez Lo Presti

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ALIRIO PEREZ LO PRESTI



Twitter: @perezlopresti)


 


Pareciera que cada día los trenes fuesen a mayor velocidad, sobre todo los que se dirigen a la estación de Tobalaba. No es raro encontrarme varias veces por semana con las mismas personas, en los mismos horarios, igual que pasaba en Caracas. La diferencia es que en Santiago de Chile suelo toparme con paisanos de habla cercana, conocidos, gente de mi Mérida de Venezuela, vecinos, alumnos, colegas, compañeros de trabajo y hasta con la vecina que aparece como protagonista en uno de los libros de mi autoría. Atento, escuchando en cada calle los infinitos regionalismos de la tierra en donde nací, pareciera una especie de balanza de rarezas lingüísticas en donde el idioma con el cual nos comunicamos en el caribe tiene una inesperada distancia con la manera de hablar de los hermanos del Sur del continente. Tan cercanos y tan lejanos, pareciese que algo siempre estuvo marcado en nuestra condición de venezolanos para terminar germinando en estas tierras.


Creyéndome ajeno a la nostalgia como parte de mi naturaleza, no puedo desvincularme con ciertas maneras de ver la vida. Para mí, la carcajada es tan propia del ser como lo es cada latido del corazón. Aún tratando de ser adaptativo y asertivo, el yerro es parte de la condición de cualquier migrante. Unidos por la más extraordinaria mezcolanza de linajes, representantes de la más grande movilización de razas, productos de un reiterado mestizaje, ser venezolano es una condición que unifica a una tipología de seres vivos con una visión del mundo que nos hace inexorablemente afines. La manera de vincularnos, las expresiones de nuestra cultura culinaria, los modos de seducir y hasta la forma de caminar de nuestras mujeres, marcan la pauta de lo que apunta como la movilización de gentes más abultada en la historia del continente. Trabajadores con necesidad casi enceguecida de formarse un futuro, la primera estampida de migrantes de Venezuela resultó un fenómeno sin comparación que cambió al continente entero. Expresivos como pocos, hacemos la algarabía de rigor cuando nos cruzamos en el camino, opacando a otros que vociferan para ganarse la vida. A la par de un juglar, una bailarina de danza árabe o un trompetista; entre vendedores de agua mineral con o sin gas y bebidas energizantes, el metro es lugar de encuentro de rigor para cada venezolano que pone los pies en Santiago. Chile nos recibe con una delicadeza incomparable, en donde se acopla la actitud adusta y cerrada del hombre de la cordillera con caribeños tan extraviados en su alegría contrahecha que parecemos alucinados entre tantas montañas. Queda como epílogo el poder sentarse en una mesa con las personas que uno ama y compartir una buena copa de vino chileno, entendiendo que la puerta de mi casa no es la salida de ella sino la entrada a un mundo de posibilidades que nos estaba esperando.






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