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Contra las apariencias por Ricardo Gil Otaiza

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R. Gil Otaiza



Muchos consideran que los intelectuales de este país no hemos hecho nada en medio de este inmenso desastre en el que ha terminado el experimento chavista. Si por hacer “algo” se tiene cerrar vías y montar barricadas en calles y avenidas, los críticos tienen toda la razón. Por supuesto, no voy aquí a meter las manos en el fuego por nadie, porque también es cierto que muchos de los que hoy se desgarran las vestiduras frente a la crisis y acusan al gobierno de esto y lo otro, en el pasado fueron defensores del marxismo-leninismo (en la pedestre versión del comunismo), e hicieron de las universidades autónomas sus trincheras desde donde le echaron basura y desacreditaron a la democracia. 


Si no me lo creen, busquen con espíritu acucioso un fulano comunicado público que aquí firmaron varios centenares de académicos y hombres de la cultura, en apoyo de Fidel Castro (en los tiempos de la malhayada república del puntofijismo), para que vean los verdaderos rostros de muchos de los que hoy se autodenominan opositores, y se asombren un poco con el ejercicio político de aquella aberración que antes se denominaba gatopardismo, y que hoy (sin más apellidos) es interpretado a la perfección y sin rubor alguno por aquellos quienes a voz en grito todavía anuncian prontos cambios. ¡Miserables! De ese inmenso grupo excuso a muy pocos (un par de amigos), ya que a tiempo supieron deslindarse con inteligencia e hidalguía de todo aquello. 


Contra las apariencias, solo un puñado de los que todavía hoy echamos mano de los pocos medios que quedan con vida, alertamos con suficiente antelación acerca de las consecuencias de nuestros desatinos históricos (quedan los registros en papel periódico o en ingentes tomos de libros individuales y colectivos). En otras palabras: unos intelectuales (quizás los más visibles y mediáticos) azuzaron con su verbo, con sus plumas y con todas sus fuerzas las llamas rojas y revolucionarias, creyendo que con eso le hacían un bien a la república (o porque les convenía), y los otros (los bisoños) expusimos el pellejo ante una vindicta pública ganada a la “nueva causa” (las comillas en alusión a una ideología arcaica, vetusta y al margen de la historia), y que no perdonaban ni aceptaban con tolerancia ni respeto a quienes no comulgábamos con sus “ideales” (recuerdo la imagen, aquí en Mérida,  de un viejo y respetado profesor universitario, quien obnubilado y poseído de odio lanzaba desde una azotea ladrillos y piedras a las concentraciones opositoras).


Hoy la historia nos ha amalgamado (a los otrora defensores y a los detractores del orden de las cosas), y hasta compartimos columnas de prensa y espacios públicos sin la amenaza de ofensas morales ni físicas, pero el daño ya está hecho: la república está en desbandada.


 


@GilOtaiza


rigilo99@hotmail.com






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