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Adorable incertidumbre por ALIRIO PÉREZ LO PRESTI

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ALIRIO PÉREZ LO PRESTI


@perezlopresti 

Suelo cocinar desde muy temprana edad. Viajes, mudanzas, lugares de trabajo, espacios reducidos, montañas por recorrer, dormir muchas veces en campamentos, las necesarias carpas …en fin, la trajinada tendencia a tener que ocuparme de los artificios propios del imperativo de alimentarme me acompaña desde hace largo rato. El cocinar como un acto de apego a lo ritual, a lo que se repite y tiende a generar estabilidad.  Para algunos, cocinar tiende a ser un acto de certeza. También para mí.


En eso de estar pelando unas papas y salando la carne, va y aparece una gota del techo de la cocina y cae en mi cabeza. Sentí el frío desagradable en mi cuero cabelludo y comencé a imaginarme que algo inusual estaba a punto de comenzar. Miro al techo fijamente por unos tantos segundos y aparece una segunda gran gota, que chispea mis lentes y cuando trato de limpiar los anteojos va y la gota ya deja de ser tal para transformarse en un delgado hilo de agua que moja mi camiseta. Recuerdo muchas situaciones parecidas en las cuales he estado presente y me preparo para hacer frente una vez más a la más depurada incertidumbre que percibo acechante y por demás cercana.  La incertidumbre que es una invitación para ser creativo y sacar soluciones de un sombrero de copa propio de la cotidianidad.


¿Qué es un chorro de agua que se transforma en un departamento inundado? ¿Es la vida un largo estrujón a lo incierto repetido una y otra vez? ¿Acaso una inundación eventual del departamento es una prueba más de que la incertidumbre es el eje de la existencia y que una vida segura es falsa y distanciada de la realidad? En esas cavilaciones estaba, entre empapado y compungido, cuando me explican que siete pisos por encima de mi vivienda, a un vecino se le olvidó cerrar la llave del lavamanos antes de irse de vacaciones a Europa. Casi todo el edificio estaba inundado y por las escaleras corría un riachuelo. Deciden cerrar la llave de paso del vecino descuidado mientras ya estoy buscando el secador de cabello de mi esposa para tratar de recomponer mi título de médico, empapado y chorreando tempestad.


Lo que inicialmente comenzó como una mala pasada de un descuido es una anécdota que transgrede la vida personal y grupal de los habitantes de un edificio de un sitio cualquiera. Con la esperanza de que la inundación no se repita y la desilusión espasmódica de no haber sido atinado a la hora de escoger vivienda, el anecdotario personal se ha ensanchado y una nueva y buena historia de trivialidades ha nacido. 


 






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