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La rebelión de las masas por Alirio Pérez Lo Presti

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ALIRIO PÉREZ LO PRESTI



@perezlopresti


Hace más de 25 años leí por primera vez el libro del filósofo español José Ortega y Gasset titulado La rebelión de las masas. En el prólogo para los franceses el autor señala que se trata de un libro “demasiado humano para que no le afecte demasiado el tiempo”. Frase que obedece al hecho de que Ortega pertenece a un prototipo egregio de escritor que va difundiendo sus trabajos a través de la prensa escrita y luego recopila sus publicaciones en textos.


Esta tradición ha sido particularmente relevante en Hispanoamérica y la importancia de la prensa en esta labor ha sido fundamental para poder entendernos como sociedad. En las páginas de opinión de la prensa escrita de Hispanoamérica brilla el talento y deslumbran los intelectuales. Para ejemplo basta con señalar la obra en artículos de opinión construida por hombres de la talla de Miguel de Unamuno, Francisco Umbral, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa sólo para citar algunos.


La rebelión de las masas es uno de esos libros ante los cuales es difícil permanecer “neutral”, puesto que no sólo conmina a la reflexión, sino que induce a que se tome partido con respecto a las propuestas del talentoso filósofo madrileño.  Para Ortega, la misión del llamado “intelectual” es, en cierto modo, opuesta a la del político. “Ser de la izquierda, es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras de ser un imbécil: Ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral”. La política es una manera de vaciar al hombre de soledad e intimidad, y por eso la predicación del politicismo integral es una de las técnicas que usan para socializarlo.


Por mi parte siento que independientemente de los grados de conflictividad política que una sociedad pueda presentar, forzosamente muchos habrán de culpar a la política y a los políticos de sus desafueros y falta de “asertividad” en el plano personal. A fin de cuentas, siempre es más fácil culpar a otros de nuestras miserias. Un amigo me preguntaba qué podía hacer para cambiar la dinámica nacional además de votar el día convenido y mi respuesta es la vieja fórmula con la cual tratamos de mantenernos más o menos adaptados y productivos. Le dije: - Si sientes que no puedes cambiar a tu país, por lo menos haz lo posible para que el país no te cambie a ti. Necesario es tener presente que la vida pública no es sólo política, sino a la par y aun antes, intelectual, moral, económica; comprende los usos colectivos e incluye desde el modo de vestir hasta la forma como nos divertimos.






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