Mérida, Febrero Lunes 09, 2026, 04:47 am
«El arquitecto vive en un desequilibrio a
veces realmente dramático, causado por la inestabilidad y por las
contradicciones de la sociedad que lo circunda y condiciona.» Carlos Raúl
Villanueva, Academia de Arquitectura de Francia, 1954, París.
«El diseño, las formas, las concepciones
espaciales, la actitud moral del arquitecto reflejan, aunque no de manera
mecánica ni inmediata, una situación, un mundo perfectamente identificable en
la historia y en la geografía. Y estos coordinados se hallan visibles al
análisis» Carlos Raúl Villanueva, “Observaciones sobre el desarrollo actual
de la Arquitectura Iberoamericana”, 1965, Madrid.
Fiel a estas palabras sobre la relación del
arquitecto con su entorno social, político, cultural y ambiental, la
trayectoria de Carlos Raúl Villanueva abarcó, desde su radicación definitiva en
el país (1929), los gobiernos de Juan Vicente Gómez, Eleazar López Contreras,
Isaías Medina Angarita, Rómulo Betancourt, Rómulo Gallegos, Marcos Pérez
Jiménez, y los presidentes de la democracia post perezjimenista, hasta su
retiro y fallecimiento en 1975. Trabajó siempre para el Estado venezolano, aun
cuando la realidad social y la realidad arquitectónica mantuvieran un intercambio
de ideas y de sentimientos en diferentes planos, en diferentes ritmos que
agregan, a no dudarlo, mayor complejidad a su incesante labor en pro de la
nación.
Este gigante de la arquitectura venezolana supo
interactuar y moverse en al cambiante piso político ideológico del siglo XX,
manteniendo siempre su identidad espiritual, en la cual la política tenía la
acepción originariamente aristotélica. Así, sin ser un partidario, un
militante, catalizó -durante cambios de régimen y de gobierno- el progreso
hacia un país digno de tal nombre, manteniéndose erguido y ecuánimemente activo
en un desequilibrio a veces realmente dramático, causado por la
inestabilidad y por las contradicciones de la sociedad.
Como resultado, Venezuela puede gozar de obras
como la Urbanización El Silencio y La Ciudad Universitaria, para mencionar
solamente las construidas en la capital.
En la muestra “Villanueva, el arquitecto”
(1988, Museo de Arte Contemporáneo de Caracas) descubrí que el proyecto del
Sanatorio Antituberculoso Venezuela, hoy Ambulatorio Venezuela, baluarte
merideño del tratamiento del fatal bacilo de Koch, es una de sus primeras obras
modernas, realizado en 1942, después de obras como la Escuela Gran Colombia
(1939, Caracas, hoy “Francisco Pimentel”).
Este hallazgo confirmó mi valoración de Mérida
como poseedora de importantes manifestaciones arquitectónicas, casi todas
construidas para el bien de sus gentes, como espacios de uso público. Nuestra
ciudad ha sido ámbito privilegiado por la buena arquitectura, construida
también a través de un siglo de fuertes cambios gubernamentales.
Proyectistas y constructores como Luis Bosetti
(Palacio Arzobispal y Hospital Los Andes) y Manuel Mujica Millán con ese trío
de grandezas que son la catedral, en cuya refacción y restauración hoy
trabajamos empeñosamente, el palacio de gobierno y el rectorado, supieron
hacerse respetar por los diversos gobernantes de la nación y el estado,
prosiguiendo su obra sin mancharse con los epítetos que hostigaron a muchos de
quienes trabajaron con Gómez o Pérez Jiménez.
La profesión del arquitecto puede y debe ser
lugar de síntesis de muchos factores. Buena cantidad de ellos son de tipo
material y técnico, así como los que reflejan un momento histórico, una
cultura, un modo social y estético, pero sin duda muchos han de ser de orden
político y económico. Grandes arquitectos como Mujica Millán no solamente
caracterizaron con su obra ciudades enteras, sino soñaron espacios de una mejor
existencia para todos.
Este deseo de bien es invencible, no hay adversidad
histórica que lo apague, ni obstáculo que suscite su rendición. Por ello el
buen arquitecto no solamente responde a las solicitaciones de entes públicos
que lo requieran, sino promueve incesantemente ideas que mejoren el espacio
vital de ciudades y ciudadanos, actuando como promotor social, aunque no
siempre logre convencer a gobiernos o instituciones de la bondad de sus propuestas.
Y cuando estos saben acogerlas, las obras
quedan, también traspasando tiempos y contextos históricos, como signos de la
buena voluntad que, en el fondo, portamos los seres humanos sea cual sea el rol
que nos toque desempeñar.
A no dudarlo, participamos de un momento
histórico singularmente movedizo, cosa no inusual en el mundo de hoy. Es un
momento para seguir, en los trabajos de la catedral basílica, el ejemplo de los
grandes personajes de nuestra arquitectura ante las conmociones que les tocó
vivir. Por el bien de la ciudad y del pueblo que la habita, ¡arquitectos, y
obreros, la obra debe continuar!