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Sacar el cuerpo (Sobre el diálogo) por Eleazar Ontiveros Paolini

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ELEAZAR ONTIVEROS PAOLINI



Algunos países, organismos multilaterales, personalidades y gente común, para no tener que tomar una decisión determinante sobre el problema de Venezuela, suelen decir que la única solución es el diálogo democrático. A nosotros tal posición nos parece que se resume a  seguirle el juego de la dilación a Maduro, que día a día y con más intensidad, dado el creciente acorralamiento,  habla de la necesidad de dialogar y asegura que  lo haría hasta en el mismísimo infierno si fuera necesario.


Dadas las circunstancias actuales,  creemos que el tal diálogo lo pregonan solo los “feudalitas ideológicos”  de régimen  y quienes de la oposición y de otros países le sirven de dúo uncidos en el carro de la obcecación o de intereses prefijados. Lo malo es que nadie de los que pregonan el diálogo,  nos dicen con exactitud cuál tipo de diálogo, cuáles son los presupuestos  que deben orientarlo, a menos que sigamos asumiendo el diálogo como una intrascendente discusión de cafetería. Es decir, la alegación previamente establecida de argumentos irrefutables  según el parecer de cada cual, con un agraz intercambio lingüístico, a veces insultante, satírico, condicionante, sustentado en esquemas preestablecidos con fijación unidireccional.


El diálogo lo repetiremos hasta la saciedad ▬ como decía Paulo Freire “Es el encuentro entre interlocutores de la misma importancia que son capaces de pronunciar el mundo y al pronunciarlo lo humanizan”. En otras palabras, no hay diálogo cuando una de las partes  ya tiene la concepción de “ser superior” y la otra da por sentado que la pronunciación del mundo (de los problemas y soluciones) ya está incontrovertidamente establecida  sin cambios por el “superior”, con lo cual  no puede darse la humanización (concordia, comprensión, tolerancia, participación y procura de satisfacciones comunes).


En otras palabras, el diálogo es en su esencia una comunicación recíproca, un intercambio social mediante símbolos, entre seres, que debe conducir a un ”entre interpersonal”. Es decir a posiciones comunes, similares, opuestas a las solas aportaciones personales,  aunque muchas de estas puedan ser determinantes en los acuerdos. Es, entonces, un encuentro de doble dirección, en virtud de la cual y de  la unificación de lo opuesto, se convierte en dialéctica de la libertad.


El diálogo es útil y beneficioso cuando hay una elevada calidad de la comunicación, resultado de la confianza entre quienes enfrentan la actitud dialógica. Esa confianza no es gratuita, surge  de la credibilidad o veracidad percibida en el otro, lo cual solo es posible si el diálogo fluye sin que existan posturas absolutas previamente definidas como “puntos de honor”, o sea, incontrovertibles.


De igual manera, entre los que dialogan debe haber la mayor tolerancia, en el sentido de la aceptación mutua. Que solo será posible mediante la abolición de suspicacias condicionantes.


Por último, el diálogo debe conducir a un aumento recíproco  de conocimientos y experiencias, partiendo del hecho fundamental de que la otra parte posee indefectiblemente, un espectro cognitivo, un cúmulo de ideas, que debe ser respetado.


Como corolario, el diálogo será fructífero si hay confianza mutua, tolerancia recíproca y respeto equitativo de los conocimientos. Lo contrario de todo esto, es decir, la intolerancia, hermetismo y desconfianza, hacen imposible el diálogo productivo, honesto, conducente a  la búsqueda  de soluciones que deben considerarse válidas mutuamente. También el diálogo basado en principios de honestidad y buena voluntad, pude lograr  que los razonamientos lleguen a asociaciones comprensivas.


Lo considerado, si es que tiene alguna validez más allá de lo académico, nos lleva a la conclusión de que con un régimen deshonesto, insincero sin sentido de la convivencia desvalorizador grosero de la  oposición, es imposible alcanzar aunque sea parcialmente los principios antes indicados, causa por la cual hay que olvidarse del diálogos y considerar que lo único valedero es la exigencia, la reclamación, la protesta, la búsqueda de los apoyos internacionales y la desobediencia civil, que ahora tiene la fuerza suficiente por la aparición de ese muchacho unificador, pleno de sindéresis, antidemagógico y lleno de buenos propósitos, llamado Juan Guaidó; que rogamos a Dios no empiece a ser descalificado, como siempre ha sucedido, por la propia oposición, por aquellos que sumidos en la vetustez de sus ideas y procedimientos, no soportan una indispensable transformación de las formas de pensar, actuar , sentir, hacer política y gobernar.






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