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Nuestra ética por Ricardo Gil Otaiza

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RICARDO GIL O.



En lo relativo a la ética nuestro actuar ha sido hipócrita y relativista, porque levantamos las banderas de los valores sólo cuando nos conviene; cuando no, los engavetamos hasta una nueva oportunidad. Ese comportamiento no solo ha sido individual, sino también colectivo, porque se nos olvida que somos nosotros quienes les damos vida a las organizaciones y quienes hacemos de ellas lámparas que iluminen el camino a seguir, o sólo espejos que reflejen el brillo de otros.


Se nos llena la boca con vocablos como amor, respeto, tolerancia, solidaridad, compañerismo, comprensión, empatía, paz, compasión y misericordia, pero de allí no pasamos. Eso que tenemos en la mente y que aceptamos como bueno para nosotros y para los demás, no lo bajamos al corazón, y se queda a nivel de abstracción, hasta que languidece sin mayor trascendencia en nuestra vida y en la de los demás. Predicamos con palabras, pero no con obras. Pretendemos darles a nuestros cónyuges, hijos y estudiantes lecciones de ética, que nosotros mismos necesitamos aprender e interiorizar; de allí el absurdo y la vacuidad de nuestras actuaciones; de allí la no correspondencia con las palabras (y, por ende, con el pensamiento).


Es fácil hablar de ética y dirigirse a los otros para plantearles principios y valores. Lo que resulta verdaderamente cuesta arriba es hacerlo desde nuestra propia vida. Eso sí que es complicado y comprometedor: es literalmente como mecerse en el vacío. Aprenderse de memoria una cartilla y repetirla frente a la familia, los alumnos o los compañeros de trabajo, eso lo hacen muchos. Lo que no se escuchan con mucha frecuencia son palabras sinceras, honestas, sustentadas en hechos, en existencias realmente consustanciadas con lo que se piensa: eso que el interesante teólogo alemán Hans Küng define como ethos.  


Si se indaga en el vocablo ethos podemos percatarnos que etimológicamente es equivalente a “ética”, pero cuando analizamos el pensamiento de Küng vemos que va mucho más allá de una simple acepción lingüística, para denotar principios y valores plenamente amalgamados con nuestras vidas: realidades puestas al servicio permanente de nosotros y de los otros. Según esta visión, hace falta una auténtica interiorización de los valores y ya no bastaría con que nos paremos en una tribuna a predicar sobre algo que hemos comprendido sólo desde lo intelectual y cognitivo, sino que (intrínsecamente) forme parte de nosotros mismos: como la esencia o “naturaleza de las cosas” de la que nos hablaban los griegos. En lo institucional ya no nos quedaremos en el acto simbólico de guindar un pendón en la entrada de la oficina, enunciado con letra resaltada los valores organizacionales, sino que buscaremos que a lo interno y a lo externo las interrelaciones entre sus miembros, y de éstos con las comunidades, estén en sintonía con lo que se predica.


@GilOtaiza


rigilo99@hotmail.com






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