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MI TARJETA NO TIENE SALDO por Ramón Sosa Pérez

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RAMÓN SOSA



El caso sucede con más frecuencia de la que creemos. La señora llega a la tienda con su pedido y cuando ordena el cobro, la cajera avisa que su tarjeta de débito tiene código 51. La cliente pide que la pase de nuevo y la chica vuelve a explicar con cortesía. Ante el bochorno, la doña (engreída y fachosa ella) se desgañita llamando “ladrona” a la joven, cuyo delito es alertar con discreción sin decir que “EL FONDO ES INSUFICIENTE”. La respuesta airada recorre la cuadra: “Ud no me puede decir que no tengo saldo porque yo guardo todo el dinero del mundo en esa tarjeta!”.  


El código 51 es claro: te quedaste sin reales, sin efectivo, sin muna, pues. El relato es cierto y es que con lo de recomezón o reconversión, los ejemplos abundan. Llegar a la caja con la tarjeta de débito y comprobar en el cobro que el dinero se nos esfumó, es caso corriente. La pena es pareja pero la realidad nos abruma porque nuestro dinero es virtual, tan etéreo que basta recordar la última vez que tuvimos efectivo en mano y la duda nos asalta de inmediato. Quizá hace 1 mes, 2 meses o quién sabe cuánto tiempo ya que por nuestras manos no pasa un billetico.


Los nuevos, que son poquísimos, apenas se hacen moneda circulante para el pasaje pero de resto, nada que ver. El dinero plástico, virtual, tácito, figurativo, es lo que hay por doquier. Nadie sabe qué tiene ni dónde lo tiene y menos aún; quién lo tiene. La señora del cuento es la realidad del día a día en Venezuela y como nadie quiere que le desnuden su verdad, entonces echamos mano de cualquier artilugio para menguar el estrés. Encontrarnos sin real en nuestra tarjeta es asunto corriente y entonces el “código 51” se nos vuelve tan innegable que nos da pavor.

Razón tiene la aparición de un curioso cartelito en los establecimientos comerciales: “Revise su saldo antes de pagar porque NO SOMOS cajero automático”. Que conste, la culpa no es nuestra, es de otros, evidentemente, y la señora del cuento es una historia tan real que a cualquiera sucede a la vuelta de la esquina. Estaremos pendientes que no nos agarre por sorpresa el ya tristemente famoso “código 51”.





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