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Los inmaculados por ALIRIO PÉREZ LO PRESTI

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ALIRIO PÉREZ LO PRESTI


Twitter: @aperezlopresti

La vida personal de cualquiera se parece un tanto a los combos que ofrecen en las ventas de comida rápida: Se aceptan como vienen o simplemente se cambia el pedido. La historia de vida de un ciudadano va acompañada de tantos componentes, que zafarse de tamaña cola es francamente imposible. De esos elementos propios de la existencia de cualquier persona, los moralistas hacen fiestas destructivas y carcomen desde reputaciones hasta vidas enteras.

En su afán de andar persiguiendo a los demás, muchos de quienes cuestionan el carácter moral de las cosas que nos rodean, se olvidan de mirarse en el espejo de la conciencia personal y son incapaces de darse cuenta de sus propias miserias.

En general, las personas que presumen de su moralismo suelen despertar sospechas. ¿Para qué presumir del carácter impoluto si es una condición que no necesita ser comprobada? Los inmaculados propenden a atisbar con facilidad la paja en el ojo ajeno, siendo incapaces de ver la basura en su propia carne. Persiguen con saña a aquellos a quienes colocan en su mira para destruir cualidades y atributos en una desmedida demostración de rivalidad.

Tienden a opinar sobre cualquier mortal y su expresión predilecta: El “sí, pero…” los delata frente a los espíritus más agudos. Nada está bien para los inmaculados y nadie es bueno en su retorcida balanza de andar sopesando la moralidad ajena.

El ser humano es imperfecto y generalmente anda un tanto maltrecho cuando intenta saldar cuentas y hacer un balance de sus conductas desde la perspectiva moral. De las cosas más apasionantes del cristianismo, pocas pueden provocar tanta impresión como cuando se plantea el asunto de la relativización de la moral. Jesús se fue al monte de los Olivos. Los maestros de la Ley y los Fariseos le trajeron una mujer que había sido sorprendida en adulterio. La colocaron en el medio y le dijeron: -Maestro, han sorprendido a esta mujer en pleno adulterio. La Ley de Moisés ordena que mujeres como ésta deben morir apedreadas. Tú, ¿qué dices? Con esto querían ponerlo en dificultades para poder acusarlo. Si contrariaba la tradición estaba transgrediendo la ley y por consiguiente sería juzgado. Es entonces cuando Jesús muestra su más elevado ingenio y resuelve la situación de una manera que deslumbra y paraliza a todos en ese momento y logra impresionarnos cada vez que recordamos el conocido pasaje bíblico.

En la vida cotidiana no puedo dejar de sentir compasión por la manera feroz y caníbal como se intenta destruir la vida de quienes nos acompañan en nuestro trance vital al ser juzgados por lo que consideramos “errores cometidos”.

Precisamente, si algo enseña el diario vivir es lograr alcanzar el entendimiento que nos permita aclarar que el error es parte de la vida y su ausencia es sinónimo de falta de experiencia.




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