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¿De cuál paz habla el régimen? por Antonio José Monagas

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ANTONIO JOSÉ MONAGAS



El estridente lenguaje del cual se vale el régimen tumultuario para excusarse de sus torpezas, corruptelas, represiones  y vilezas, alude repetidamente a la noción de “paz” sin siquiera ahondar en sus implicaciones de naturaleza sociológicas, axiológicas, etimológicas, lingüísticas, epistemológicas, filosóficas, dogmáticas, filológicas, teológicas o litúrgicas. Lejos de estos contextos, apela a interpretaciones tomadas del vacío inducido por la ignorancia. O cuando mucho, prestadas del carácter confuso y enrarecido avivado por la improvisación.


 


Mucho menos, la Constitución de la República explaya un concepto que, de alguna forma, pueda acercarse taxativamente a una definición de lo que puede caber dentro de la acepción del tan manoseado término. Así como tampoco refiere con alguna precisión o detalle, el concepto de “patria”. Escasamente, cualquier alusión a lo que puede entenderse por “paz”, está suelto. Es decir, aparece tan indeterminado como ambiguo en el desarrollo de la señalada Carta Magna. Sólo que la alusión que algunos preceptos hacen de ciertos derechos humanos, garantías y deberes, lucen vinculados a ámbitos de libertades políticas,  económicas, sociales y culturales. Pero hasta ahí llega todo. La precariedad conceptual a dicho respecto, es inaudita. Y eso que tiempo atrás, hubo quienes se expresaron de esta Constitución como “la mejor del mundo”. Impasable y craso desliz.


 


Sin embargo, el régimen no hace caso a tal omisión. Por lo contrario. Sigue arremetiendo contra todo lo posible a expensa del patrimonialismo (tendencia perniciosa a personalizar el dominio gubernamental) que carga sobre sus espaldas sin reconocer la magnitud del problema que arrastra por causa de su obstinación, insolencia y arrogancia.


 


Contradictoriamente, el régimen sigue actuando al margen del colapso energético que ha afectado la funcionalidad del país en los últimos tiempos. Tan acomodadiza actitud, sacrifica la dinámica económica por el hecho de justificar la negligencia asumida como criterio de (des)gobierno. No entiende que la electricidad más cara es la que no se consume. Así como también, la que no se genera y no se transmite pues no se tiene por la ausencia de programas de inversión que soporten el exacto mantenimiento de los sistemas de potencia. O llamados centros de generación de electricidad. Sean térmicos o hidrológicos.


 


Ahora, el régimen busca implicar la “paz” indistintamente de su contenido lingüístico o discursivo, como si de esa manera pudiera enmendarse la crisis inducida. O como si así, pudiera retractarse de los yerros cometidos. Y que, al final de todo, son causantes de los males que padece Venezuela. Ya sean de improductividad, indolencia, miseria, holgazanería, inmoralidad y corrupción.


 


Escasamente, el régimen se ha limitado a esgrimir el manejo del término “paz” desde la creación de movimientos políticos afectos. Por supuesto, siempre dispuestos a halagar, a aplaudir toda decisión, medida, consideración, insulto que profiera. Aunque sea en perjuicio o menoscabo de la mayoría de la población venezolana. Y de no alcanzar tal estado de conveniencia, actúa en contrario a lo que puede comprometer el concepto de “paz”. Para ello, se apoya en el la violencia maquinada por los mal llamados “colectivos”.


 


El régimen actúa en la dirección opuesta a lo que establece el Capítulo III constitucional el cual destaca  lo referente a los Derechos Civiles. Texto éste que más se acerca a las consideraciones que tocan el concepto de “paz”. Es decir, a la “paz” que para el Diccionario Enciclopédico Espasa, es “genio pacífico, sosegado y apacible”. Algo como la “paz octaviana” propia de la época de Octavio Augusto, en tiempo del imperio romano. Pues ahora, en estos tiempos de absurda revolución, castrada de valores y virtudes, la paz que se tiene es la “paz del sepulcro”.


 


Mientras que el régimen exalta la “paz” como criterio de vida política, muy cerca de sus huestes está la sistematización de la violencia, mediante esquemas de brutalidad asistidos por la violación de derechos o por la fuerza de la opresión dirigida. Y en nombre de esa presunta “paz”, el régimen continúa trasgrediendo derechos, libertades y garantías que refieren el debido proceso, la institucionalidad democrática y la constitucionalidad jurídica. De manera que, al día de hoy, queda por preguntar: ¿de cuál paz habla el régimen?






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