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El Crisantemo y la espada por Sadcidi Zerpa de Hurtado

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Sadcidi Zerpa de Hurtado



Toda sociedad se traza una especie de coordenada vital para aprobar ciertas formas de enfrentarse a situaciones y resolverlas. Cuando el hombre piensa y siente, ello guarda relación con su experiencia, el aprendizaje en su vida diaria por ritos religiosos, mitos, comportamiento económico, estructuras familiares y objetivos políticos. La sociedad japonesa se definió en 1945 como excesivamente preocupada por el qué dirán, muy propensa al sentimiento de culpa y en extremo disciplinada, pero con gran tendencia a la insubordinación. Concentró sus características en las dualidades de comportamientos contrarios, por ejemplo, agresivas y apacibles, militares y estetas, insolentes y corteses, rígidos y adaptados, dóciles y propensos al resentimiento cuando eran hostigados.


Ruth Benedict inicia su libro El Crisantemo y la espada dedicando su trabajo al estudio de la sociedad japonesa comparada con la de Estados Unidos. Ella definió al Japón como nación de japoneses, una sociedad jerarquizada con criterios nacionales e internacionales de “cada quien ocupa su lugar”, con extrema rigurosidad en el quehacer diario basado en: “Nuestra formación contra su superioridad numérica y nuestra carne contra su acero”, evidenciando el dominio del espíritu sobre las circunstancias materiales. Con las célebres palabras del samurái Takamori Saigo: “existen dos clases de oportunidades: una que nos ofrece la suerte, otra nos la creamos nosotros mismos. En los tiempos de grandes dificultades, no debemos dejar de crear nuestra propia oportunidad”, puesto que nada representa un éxito tan grande como la derrota; la autora reveló la forma japonesa de entender la vida.


Para los japoneses el emperador es el símbolo del pueblo, es el centro de su vida religiosa, y como sociedad, su única virtud esta en aceptar los riesgos de la vida y de la muerte; es indigno tomar precauciones porque “cuando más agotados estén nuestros cuerpos más se levantarán nuestra voluntad y nuestro espíritu por encima de ellos”, “algunos dirán que con la actual reducción de alimentos no podemos pensar en hacer gimnasia. ¡No! cuanto más parvos sean nuestros alimentos, más hemos de aumentar nuestra fuerza física”. Aquí se refleja el estricto sentido de responsabilidad japonesa porque el alma se puede educar constantemente, pero también se muestra el honor relacionado con el lugar que se ocupa y la responsabilidad que ello amerita.


Al respecto, el gesto de inclinación utilizado en la sociedad japonesa indica que se reconoce el derecho al otro a actuar como desee respecto a las cosas de las cuales quizá prefiera hacerse cargo, ya que, quienes reciben el cumplido reconocen su responsabilidad en razón del puesto que ocupa. Esto es consecuencia de la piedad filial limitada a la familia, cuya guía significa ocupar cada uno el lugar que le corresponde según su generación, sexo y edad. Esto, más que un privilegio, actúa como fideicomisario de bienestar. Entonces, la sumisión a la voluntad de la familia se exige porque indica lealtad común, además, como el japonés aprende en su familia, lo obtenido en el amplio campo de la vida política y económica es producto de ella. Los advenedizos Narikin, definidos por Benedict como “peón que asciende a la reina” actúan como si se creyeran alguien importante sin tener ningún rango jerárquico, provocando resentimiento en lugar del aprecio y respeto que despierta el muchacho de pueblo que llega a triunfar en la vida. En Japón la jerarquía es algo legítimo, porque es alcanzado en la familia y ejercido en la sociedad. Fácil de expresar con palabras pero difícil de apreciar en lo material, todo un modo de vida.     


@zerpasad






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