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La intimidad de la lectura por Ricardo Gil Otaiza

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Ricardo Gil Otaiza


Suele aludirse a la gran soledad que acompaña al escritor: a los silencios necesarios frente a la página en blanco, a la ingrimitud en el abordaje de sus fantasmas internos; al cotejo con la nada cuando se busca el encuentro con lo definitivo en el arte de la escritura. No obstante, se ignora con frecuencia la soledad del lector: ese sub-mundo en el que se ingresa en pos de una obra, del enfrentamiento con su propia interioridad e inteligencia, del cese del ruido exterior —e íntimo— en el intercambio entre lo que nos dice el autor, con nuestra propia experiencia de vida. Literalmente quedamos subsumidos por la obra en el instante mismo en el que “perdemos” nuestra identidad, para entrar en una especie de latencia intelectual, que nos permite “sentir” y asumir la lectura como una profunda huella personal.

 Desde sus comienzos, más que un acto de solipsismo, la lectura ha sido un fenómeno de carácter colectivo, en el que un lector avezado entrega a los oyentes el texto seleccionado, echando mano de todas sus capacidades y destrezas (las histriónicas no escapan a esto). Aún hoy, cuando los medios electrónicos se entronizan en los gustos de las nuevas generaciones con una velocidad trepidante (propiciando en nuestros muchachos un relamido gusto por las imágenes y los sonidos virtuales), la lectura pública aún se mantiene como reminiscencia de una tradición que busca con afán —no exento de tensión—, ganar adeptos para los libros y sus nobles causas culturales.

La lectura hoy es un acto íntimo, personal e intransferible, que atañe al “yo”, y como tal requiere de condiciones particulares para su desarrollo.  Como lector me aíslo del mundo real y me sumerjo en una actividad intelectual que requiere se pongan en juego mi atención, y todas mis capacidades cognitivas. La lectura me sumerge en mi interioridad y establezco un diálogo “real” con el autor al reaccionar frente a lo leído, al asumir mis posturas (fijando posición frente al otro), al cotejar lo que se me presenta con mi historia, perfil, experiencias, lecturas y, sobretodo, con mis valores, creencias y asunciones. Como en una rueda sinfín, entre más leo siento la necesidad de ir más allá, de buscar en cada página —como diría el extinto escritor argentino Ricardo Piglia— ese espacio que se nos abre entre la letra y la vida. La lectura se realimenta de manera permanente con más lectura y somos sumergidos en una especie de círculo virtuoso, que nos impele a nuevos textos o a relecturas. De pronto, sin percatarnos siquiera, nos convertimos en posesos de la literatura, en personas cuya ausencia de libros por leer desatada en nosotros un verdadero síndrome de abstinencia, que nos empuja a mayores dosis, a mayores desafíos.   

@GilOtaiza

rigilo99@hotmail.com





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