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Sadcidi Zerpa de Hurtado

Japón en América Latina por Sadcidi Zerpa de Hurtado



Japón en América Latina por Sadcidi Zerpa de Hurtado


La línea de tiempo es un instrumento que permite ubicar y separar hechos reconocidos como característicos de un momento histórico, facilita la comprensión de los acontecimientos, su ocurrencia y división temporal en diversas etapas y fases. Usando este instrumento se describe y analiza la presencia histórica de Japón en América Latina, además de sus implicaciones económicas.


En el periodo 1960- 1970 América Latina, y en especial Brasil, Venezuela, Chile y México, fue para Japón fuente de acceso a recursos naturales y desarrollo de bienes manufacturados de baja tecnología intensiva en mano de obra barata. Japón concentró su Inversión Extranjera Directa (IED) en industrias como: acero, aluminio, construcción naval y plantas textiles. Su objetivo fue alcanzar una fuente de suministros estables y reservas naturales para fomentar estructuras industriales complementarias y conjuntas. Pero también, en esta etapa América Latina representó para Japón un “tubo de ensayo” para alcanzar competencias financieras internacionales, previamente desarrolladas por sus principales socios comerciales, Estados Unidos y Europa. 


Durante 1980-2000 la presencia de Japón en la región Latinoamericana se caracterizó por la deslocalización de sus inversiones, avanzando a otros sectores industriales como: eléctrico, electrónica y automotriz. Mientras que América Latina gozó de un espacio dentro de esta dinámica de inversión en el 2010, momento en el cual Japón desarrolló economías de escala en la región mediante el modelo de maquila que permitió la triangulación y vinculación entre Estados Unidos, México y Japón.


En este contexto, las corporaciones japonesas conocidas como Keiretsu trasladaron sus procesos a la región cuyas barreras de entrada eran menores, aprovechando sus ventajas comparativas a nivel de estructura organizativa basada en: 1) acceso a financiamiento, 2) socialización del conocimiento y 3) apoyo técnico –tecnológico. Por tanto la presencia individual, de bloques o grupos, crea una relación virtuosa porque Japón reconoce a América Latina como una región de capitales culturales y económicos que apoyan la buena imagen japonesa, lo que ayuda a establecer relaciones políticas y comerciales. Aspecto que se afianzo en la diáspora japonesa asentada en Brasil, Perú, Argentina, Bolivia, Paraguay y México, destacando el caso de Sumitomo en este último país.


Esta reflexión capta los beneficios circulares de la IED de la relación económica Japón–América Latina. Por tanto, Japón se benefició de la IED en América Latina porque pudo aprovechar la estabilidad en la dotación de recursos para establecer compañías de tecnología media sustentadas en recursos naturales y mano de obra barata, así como ingresar a nuevos mercados con pocas barreras de entrada. Y a su vez América Latina se benefició por las externalidades causadas ante la instalación o traslado de las corporaciones japonesas, ya que estas crearon nuevos puestos de trabajo, intercambio cultural, difusión del proceso productivo y organización del trabajo. Situación que los gobiernos han sabido aprovechar para ampliar las relaciones económicas y crear círculos virtuosos que ayuden a adoptar nuevos procesos y técnicas en la industria para superar la pobreza alcanzando estándar y procesos productivos de calidad. Reconociendo las deficiencias y tratando de superarlas junto a quien está mejor cualificado y capacitado. Japón representa un espacio de complementariedad para enfrentar las críticas situaciones económicas y políticas en muchos de los países de la región que insisten en avanzar a mejores condiciones para quienes hoy las necesitan.


@zerpasad


 






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