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DE RASPACUPOS A MENDIGOS por Luis Zeppenfeldt

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Luis Zeppenfeldt



Aún recuerdo las amenas tertulias en las filas de los abarrotados aeropuertos; cientos de vuelos que entraban y salían cada semana hacia destinos inimaginables. La clase media viajando a sus anchas por Europa, porque el “mayami tabarato” les empezaba a quedar chiquito. 




Nos sentíamos los amos del mundo, seres especiales bendecidos por una bonanza petrolera que parecía no tener fin. Las listas de espera  en los concesionarios de carros y motos era interminable. Diez años de renta petrolera socialista al alcance de todos; unos más que otros según su viveza, lo que que sí era cierto, es que la inmensa mayoría de esos venezolanos jamás vio en vivo una sola gota de aquel mágico petróleo responsable de su riqueza. 




Hoy solo queda la resaca, la amargura en la boca, la frustración y la impotencia, el destino macabro que nos aprieta la nuca contra el pavimento y la más amarga ironía: Una creciente escasez de GASOLINA; el principal derivado de aquel petróleo que nos gastamos sin contemplación ni conciencia. 




Dando una vuelta por la ciudad veo como tantos de los que un día fueron alegres viajeros o raspacupos, hoy hacen largas colas al sol y al agua, sin detenerse a pensar por un instante qué es lo que nos está pasando.




El venezolano promedio, la inmensa mayoría sin importar si andan en un cacharro o en una camionetota, están allí, sin conciencia, sólo quieren lo mínimo que el Estado les pueda regalar, así sean 20 litros de gasolina, pero regalada, sin esfuerzo, parados allí cuál zombies, durante días o semanas, eso no importa, sólo denme lo que me corresponda, somos los zombies herederos de la ignominia. 




Horas hombre improductivas, colas de gente hueca, algunos ríen, otros lloran, algunos se agrupan para hablar idioteces, otros cuidan o venden sus puestos, unos cuantos pegados en las redes sociales o mentando madre por Twiteer y Facbook. Otros en las aceras o debajo de una matica, casi imposible conseguirse a alguien con un libro en sus manos. 




Nadie sabe realmente por qué está allí, es más fácil no pensar o escuchar a alguien que simplemente les diga: “vamos bien” tranquilos esto se va a arreglar sin necesidad de que usted despierte su conciencia, mejor no piense que nosotros lo haremos por usted. 




Cuando uno ve a gente de todos los estratos sociales, haciendo esas largas colas para mendigar un poquitito de combustible, se da cuenta de cuánto nos falta para salir de esta crisis, cuánto nos falta siquiera para empezar a entender que no merecemos nada, porque lo que cada uno de nosotros tiene con Venezuela, no es otra cosa que una deshonrosa deuda MORAL






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