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El triunfo del miedo por ALIRIO PÉREZ LO PRESTI

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ALIRIO PÉREZ LO PRESTI



Escribo este trabajo el día del solsticio de invierno del Sur del continente. La relación con el frío no es mala, de no ser por tres artefactos eléctricos y uno de kerosene que me mantienen los pies calientes. La experiencia de haber subido y bajado tantas veces en mi vida montañas de casi cinco mil metros de altura y pasar semanas enteras bajo condiciones que a los montañistas nos enamoran, hacen que el invierno en una ciudad grande sea como una especie de aventura citadina.


En eso de estar pasando mis ratos leyendo textos de Isabel Allende, no pudo dejar de asomarme por la ventana a ver los árboles sin hojas y tener recuerdos inevitables sobre el país en donde viví por tantos años. De esas cosas que le pasan a uno por la cabeza, he estado reflexionando sobre cómo preparar los mejores salmones, seleccionar los más elaborados tintos y aprender a distinguir las mejores frutas. Igual voy de pensamientos como esos a ideas en torno a las cosas tan malas que han ocurrido en Venezuela y sin dudas una de las peores es cómo el miedo ha ganado terreno conforme pasa el tiempo.


Pocos elementos de control social son tan contundentes como establecer el miedo a manera de estrategia para controlar la disconformidad de los ciudadanos. El miedo genera tendencia a paralizar o a huir, pero en la mayoría de las veces a inducir estados mentales en donde lo racional y aplomado quedan desplazados por la sensación de que hay que sobrevivir.


Calles oscuras, amenazas constantes a través de los medios de comunicación, el uso de un lenguaje soez y atemorizante por parte de figuras de poder y la ejecución real y tangible de mecanismos de persuasión, muchos de ellos de carácter violento, son parte del un día común y corriente de cualquier venezolano.


El miedo se apodera de la vida cotidiana y va haciendo de las personas pobres marionetas de un aparato que controla voluntades en donde el delator es un sobreviviente que es capaz de acusar a su propia madre si es necesario, con tal de salir airoso de las vicisitudes de una sociedad anormal.


La anomia es lo que conduce la vida cotidiana del país y esa falta de límites propios de las normas, que permiten vivir con placidez, termina por doblegar las voluntades más férreas. Incluso aquellos que se sobreponen al terror, terminan por actuar de manera abiertamente errática, conduciéndose al borde de las conductas riesgosas y poco estratégicas.


La Venezuela Orwelliana de nuestros días no es lugar para el sosiego, el reposo, la contemplación y el pensar tranquilo. No es sitio para el deleite y el disfrute, de poder cultivar el hedonismo como manera de conducirse. Muy por el contrario, se ha convertido en una caverna de sobresaltos y de situaciones que someten al hombre común a límites impensables en los cuales cualquier temperamento termina potencialmente por fragmentarse.


Si es posible migrara a mejores escenarios, no dudo en repetirlo a quien me lo pregunta. El mundo es grande y alberga las más inconmensurables sorpresas que podamos pensar. Vivir en la dinastía del miedo es ser un preso de una cárcel que no es invento ni fabulación. Venezuela es una cárcel y no verlo, asumirlo o aceptarlo es solo un mecanismo de defensa que solemos llamar negación. 


Cundido de suspicacia, he visto las maneras de miseria más sórdidas en personas que conozco. Gente que alguna vez pude tener algún grado de simpatía o abierta compasión han terminado por convertirse en remedos de seres humanos sin capacidad de vislumbrar el firmamento. Tal vez en las circunstancias más oscuras es donde vemos la verdadera naturaleza de las personas.


 

@perezlopresti  





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