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El señorío de las armas por Eleazar Ontiveros Paolini

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ELEAZAR ONTIVEROS PAOLINI


A lo mejor con ingenuidad, creíamos que la creciente interdependencia determinada por la globalización, especialmente entre vecinos que se necesitan mutuamente y que compartes espacios geográficos, económicos, familiares y culturales similares, haría que se abolieran para siempre las expectativas acerca de las confrontaciones bélicas y que, en consecuencia, tal como sucede con nuestro régimen, se utilicen  solo como achaques de supuestas inminencias, justificando con ello gastar ingentes cantidades en armas que solo servirán  para que los militares se regodeen como los niños con los juguetes navideños. Y  esos gastos adquieren la connotación de insólitos cuando un pueblo padece escandalosamente de comida y medicinas. No podemos ni por casualidad, pensar que podemos ni siquiera parecernos  a los países del oriente medio, en donde el predominio del fundamentalismo y las posiciones dogmáticas hacen difíciles las conciliaciones.

Por tales razones nos produce hilaridad que el inefable señor Maduro, asegure con persistencia y elevando hasta donde puede la voz, que están “corriendo vientos” de guerra, supuestamente por un choque armado con Colombia y de paso con los E.E.U.U.          pues  piensan hollar en connivencia “el sagrado suelo de la patria” con una invasión, para llevarse a la fuerza nuestras riquezas energéticas. Una guerra con Colombia duraría lo que dura un suspiro, y en unos 30 días los dos países estarían arruinados. Los gringos si bien han sido prepotentes en cuanto a sus relaciones con América Latina, lo que podían hacer en el pasado, no van a pensar que a estas alturas del siglo XXI pueden darse el lujo de una invasión, así como así, sin calcular la reacción universal que provocaría. Además, lo que necesita de nosotros el “imperio”, el poderoso enemigo, es el petróleo que Venezuela le ha  suministrado sin ningún rubor y de manera regular, recibiendo como retribución, y con imediatez, y sin que se quemen las manos, esos billeticos verdes que por amor los han acumulado groseramente en sus arcas muchos de los cabecillas de la cúpula gobernante.

Y la contradicción: mientras gastamos comprando armas, en especial a Rusia, China y Ucrania, por un costo estimado de más de 5.600 millardos,  no tenemos para resolver problemas graves, habituales, en el país. A lo que se agrega  la reticencia para otorgar préstamos “subsanadores” por parte del Banco Interamericano de Desarrollo y del Fondo Monetario Internacional, pues estos exigen para concederlos, con todo derecho, cambios del sistema y estructura económica del país, a lo cual no está dispuesto un régimen obcecado.

A todo lo anterior se agrega la aberración de que muchas de las armas compradas, en especial fusiles, no terminan en las manos de  nuestros militares, sino que se les suministran a grupos armados irregulares, la milicia, la guerrilla y los llamados colectivos, para que actúen, dicen, en caso de una invasión, de una guerra, como valientes luchadores que entregarán la vida, si fuese necesario, para repeler al enemigo. Sin embargo, el más desprevenido, aprecia que la espuria suposición de la guerra  y el reparto de armas, no se hace para  enfrentar ataques externos, sino para mantener en el poder a un socialismo de pacotilla, que, como está  más que demostrado, solo sobrevivirá si sigue con éxito inculcando en los cuidamos modelos de razonamiento  y valoraciones condicionadas por el poder militar, aceptando  las compras inútiles de  armamento como una necesidad. Esto último es uno de los grandes retos que debe enfrentar la oposición.  Es indispensable evitar que pueda aumentar el número de venezolanos que acepten tales sustentos ideológicos, haciendo entender que ni por asomo se ha producido el cacareado ofrecimiento de la “dicha para la mayoría”, sino que, por el contrario,  el socialismo del siglo XXI solo ha servido de matriz para mayores conflictos y sufrimientos. Por lo tanto y es el constante clamor de los venezolanos, debe consolidarse la unión, lo reiteramos, como la única posibilidad de encontrar el camino adecuado para cambiar, modificar las instituciones, revolucionar positivamente, ya que  esa es la terapéutica adecuada. Sobre el particular, para que haya el mayor estímulo, debemos tener conciencia de que  el régimen, por el dejar hacer y por la persistencia de una inoperante división, justificada débilmente por insustanciales contradicciones ideológicas,  lograron que nuestra sociedad claudicara, dada la permisividad que le concedimos para que recorriera a sus anchas el camino que se propusieron. Debemos violentar con propiedad intelectual esa constante que hace que los hombres aun sintiéndose victimas de condiciones socio-económicas adversas, tiendan a perpetuar lo existente, en especial porque tal condición se acrecienta de abajo a arriba en los diferentes estratos de la sociedad.





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