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Artistas en tiempos raros por ALIRIO PÉREZ LO PRESTI

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ALIRIO PÉREZ LO PRESTI


Twitter: @perezlopresti

El auténtico artista es sensible, crítico, cuestionador, contracorriente, transgresor y por supuesto subversivo. Es por eso que vemos cómo en Venezuela un montón de artífices de todas las disciplinas existentes, se ha volcado a hacer política y ser coprotagonistas, al oponerse a la malsana dinámica social que afecta todos los aspectos de la existencia cotidiana de la República.


Salvo los artistas tarifados, que son la negación del arte en sentido ético del término, el compromiso de los forjadores de la cultura es una conducta que aparece cuando los totalitarismos castran la vida de las naciones.


La Venezuela novelesca y novelada del siglo XXI induce a que el virtuoso se inmiscuya y hasta termine siendo intérprete de la realidad que le rodea, lo circunscribe y lo mantiene cautivo.  Un asunto que históricamente ha sido tema de debate es: ¿Cuánto se ha de inmiscuir en la obra de un autor los fenómenos sociales de su tiempo? El tema ha cobrado gran preponderancia en nuestro país y de nuevo nos encontramos frente a la cuestión del creador y su relación con la sociedad. ¿Cómo escribir de manera aséptica  e impoluta, si el país se desmorona ante mis ojos? Sería un culto a la frivolidad el no asomar un mínimo de sensibilidad frente a una tragedia.


Es por ello que toda la producción grata que se hace en nuestra nación lleva el sello del acontecer diario. Por una parte empobrece, por otra puede enriquecer. Lo cierto es que se vuelve inevitable. Durante los 70 largos años de socialismo real que se vivió en la URSS, la creación artística fue prácticamente nula y el arte al servicio de la causa política masificó la creatividad al punto de casi hacerla desaparecer. Era política de Estado.


Para el artista que sabe hacer arte desde lo individual, es la oportunidad de oro para que surjan las más fantásticas elaboraciones. Una sociedad caótica no es el mejor lugar para vivir en armonía, pero tal vez es ideal para la creación.


Para quien ama la palabra escrita, y particularmente para quien ejecuta el difícil arte de escribir, por ejemplo, no debería existir  mayor compromiso que el tratar de ser consecuente con una obra que brille por su excelsa calidad. Parece anacrónico debatir los alcances del compromiso” del creador en el siglo XXI, sin embargo, la realidad nos obliga a  reflexionar, y la relación entre el autor y el compromiso con su entorno nos hala y nos hace aterrizar de nuevo en la tierra, con todas sus banalidades.






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