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Nostalgia por Eleazar Ontiveros Paolini

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ELEAZAR ONTIVEROS P.



Nadie escapa de sentir en diferentes momentos de su vida, esa situación emocional a la que llamamos nostalgia. Se trata, generalizando, de las penas que se sienten por algo que se poseía y que ya no se posee. Entre los aspectos que provocan nostalgia en la mayoría de una sociedad, está el referido a “La calidad de vida”, cuando el análisis nos lleva a objetivar que muchos de los aspectos que la determinaban, han desaparecido o se han hecho inaccesibles. Y cuando esa pérdida de la “calidad de vida” es resultado del resquebrajamiento, entre otros aspectos, de los bienes y servicios básicos y  habituales por efecto de una administración pública divorciada de la eficiencia y la eficacia, la nostalgia puede determinar rechazos contundentes, predisponiendo al deseo de lograr un cambio sin discriminar los medios para concretarlo. Por otra parte,  no entender que la evolución de la sociedad requiere por la fuerza de su dinámica cambiar procedimientos, relaciones, ideologías, amplitud de beneficios y sustanciales mejoras educativas, es desconocer que las  relaciones de poder no son ni serán nunca estáticas y  por lo tanto,   susceptibles a las impugnaciones, entendidas como derecho democrático. En consecuencia, si priva la sindéresis, no pueden ser objeto de represiones.


La melancolía genera tristeza. Tristeza melancólica, muy acentuada en los que como está sucediendo en Venezuela, abandonan la patria en procura de lograr mayor estabilidad y de contar con un ingreso que les permita alcanzar solidez. Ese abandono implica con regularidad manifiesta, añorar el hogar, el calor de la familia, los amigos de siempre, el ambiente conocido y apreciado, el trabajo al cual estaba acostumbrados y por el cual recibían salarios que les permitían llevar una vida sin presiones económicas, sus entretenimientos acostumbrados y sus diversiones, Me contaba un amigo al hablar por teléfono desde otro país  la falta que le hacía jugar sus partidos de bolas criollas y comerse una buena arepa viéndose en la obligación de acoplarse con dificultades anímicas a un “mundo” diferente, a nuevas formas de vida, a nuevos tipos de relaciones, a nuevas actitudes y formas de considerar la amistad, a nuevos criterios en cuanto a las  formas de apreciar la vida y la muerte, a nuevas disposiciones legales y a nuevas actitudes, en la mayoría de los casos contrapuestas a la idiosincrasia en cuyos parámetros se había nacido y crecido.


Y entre nosotros ¿Qué pasa? Pues nada más y nada menos que  sentir  nostalgias que permiten, sin equívocos, dimensionar a cabalidad, con precisión, como se nos ha trastocado la vida por causa del deterioro del país, de su economía, de sus servicios, de su educación y del goce de vivir en un espacio con naturaleza privilegiada. Y  es que ya casi no salimos de nuestras casas por razones conocidas, ni podemos, también por razones conocidas, viajar por nuestra geografía y respirar la plenitud de un país colocado entre los primeros seis del mundo en cuando a bio-diversidad y con una exuberante variación climática.


Casi todo sentimos nostalgia cuando recordamos aquellos  tiempos pasados en los cuales no hacíamos colas para obtener gasolina; cuando el gas nos era suplido de manera inmediata  al llamar a la correspondiente compañía; cuando no estábamos a la expectativas por los cortes de luz; cuando el agua muy espondaicamente dejaba de fluir; cuando caminábamos por pasillos de la universidad pulcramente limpios y nos sentimos cómodos en clínicas,   talleres y laboratorios al contar con equipos actualizados y la suficiente cantidad de insumos; cuando podíamos al menos una vez al mes tener el gusto de comer en un restaurante con la familia; cuando podíamos tener la dicha de  comprar unos dos libros al mes; cuando en el supermercado encontrábamos lo necesario y con la posibilidad de escoger un producto presentado por varias marcas; cuando sin preocupaciones en cuanto al carro podíamos asistir al teatro, al cine, a los conciertos; cuando no había impedimento por la gasolina y los cauchos para ir a visitar nuestros pueblos de origen y la familia; cuando teníamos la dicha de poder ahorrar algo del salario; cuando se adquirían las casas y apartamentos a precios adecuados; cuando podíamos tener la dicha de pintar la casa por lo menos cada dos años en la época navideña; cuando en navidad nos alcanzaba para dar un regalos a los familiares cercanos; cuando no nos faltaba algo de licor en las casas para compartir; cuando podíamos celebrar los onomásticos de familiares y amigos de la mejor manera; cuando con los bonos de vacaciones y algo de lo ahorrado podíamos ir a otros  países; cuando a todos los profesores universitarios se les daba la oportunidad de hacer en el exterior estudios de cuarto nivel; cuando podíamos comprarnos el “famoso” estreno de navidad; cuando se podía asistir por contar con los viáticos adecuados, a seminarios, festivales y competencias deportivas; cuando podíamos invitar a la novia a un restaurante o a una discoteca; cuando nos enorgullecíamos de nuestros hospitales, de su limpieza y de una atención adecuada; cuando podíamos, sin quedarnos sin conque comer, asistir a las consultas privadas de médicos y odontólogos; cuando se adquiría sin dificultad y a precios razonables todas las medicinas prescritas por los facultativos; cuando la ciudad era un ejemplo de limpieza y las paredes no mostraban suciedad alguna; cuando la majestad de las instituciones generaba respeto, etc. etc. etc. etc.






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