Garúa por Miguel A. Jaimes N.

Garúa por Miguel A. Jaimes N.

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Después de pasar unas fuertes garúas en temporadas de perros, estos salían mojados a sacudirse, eran unos gigantes que vivían entre San Bernardos y mucuchiceros los cuales de tanto andar trepándose sobre árboles y olfateando mariposas se volvían vegetarianos y la gente de ahí los creían unos perros bobos, pues también se peleaban con las gatas de las casas, ya que estos ágiles felinos se la pasaban cazando libélulas, pero esto no era bueno ni bien visto. Estos gorgojos eran quienes anunciaban la llegada de las visitas y si los animales se las comían nada serían los buenos augurios.

Pero las garúas diarias con otras vueltas constantes y las que se convertían de vez en cuando, todas juntas en los diferentes tiempos, serían capaces de limpiar hasta lo inesperado. Los hechos más difíciles sucedidos a los seres humanos podían liberarse, todo era cuestión de buena fe.

Esos habitantes de La Mucuy decían que uno vivía en varias vidas y al menos una vez debías recibir la garúa de estos sitios, pero si por alguna causa no la hacías, seguro la vida te volvería a regresar a recibir las aguas de sus bautizos. Era muy serio que cumplieras tantos compromisos con la vida.

Esa era una lluvia fría y caía de una manera persistente, casi que en los almanaques habría que colocarle los días de su llegada y no se equivocarían. Con esas lloviznas se hacían unas precipitaciones enormes caracterizadas por tener un tamaño de gotas pequeñas dando la impresión que aquellas migajas flotaban en vez de caer. Las nubes de las lloviznas bajaban demasiado; a poco rozaban las cabelleras inundadas del aceite legendario del Brylcreem. Esos eran los fenómenos de común ocurrencia de tierras no tan áridas donde se daban sembradíos que inundaban las cavas de viejos camiones.

Aunque la intensidad de las lluvias no ha mermado durante siglos, todo indica que la llovizna es su máxima compañera y que usualmente es la menor de todas las aguas y, a pesar de poder ser lo suficientemente copiosa, produce acumulaciones que mantienen intactas las vidas de algunos lugares.

 

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