“Hojas” por Miguel A. Jaimes N.

“Hojas” por Miguel A. Jaimes N.

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Cuando los recuerdos eran fatigosos y la insidia no descansaba, entonces se observaban momentos tras las caídas en cientos de hojas las cuales de seguro ya no se salvarían. Naufragaban sobre orillas de torrentes mohosos respaldados por ladrillos parecidos a crucigramas desvencijados.

Eran hojas levantadas de vez en cuando como las encargadas de los patios de las haciendas que venían cubiertas como manteles por aquellos peones, escapadas de los campos y, confundidas, capturadas merodeando sobre los árboles de la plaza en el pueblo y regresadas a trabajar hasta sus muertes.

Un puñado de ellas bajaban como floreros poco honrados hechos sobre corajes de jornadas medio dormidas cuando en troncos ocultaban cogollos pintados como los que vendría para el año futuro.

Mientras los hábitos de los holgazanes dependían de vicios marcados por unos hierros feroces que en algunas temporadas deseaban establecer formas frías cubiertas por las cataratas de unas ancianas vaporosas. Pero cuando volvieron predecían los días de las tragedias. En los cielos se señalaban los desamparos.

Pero no regresaron hasta que los enjambres de temblores se habían terminado y unas garúas copiosas más escandalosas que las gallinas de las doñas de por ahí, buscaban encaramarse en las torres de campañas escandalosas, seguro buscando maíz pues las habían acostumbrado a alimentarse sobre el sonido de campanadas.

Pero el problema se produjo cuando Valeriano el mayor de los dueños de aquellas jaurías de pollos, gallinas y gallos lograron escaparse. Aquellas jaulas estallaron inconformes, después de burlar nudos de alambres, salieron y arrasaron hasta con las hojas secas de los árboles.

Un año doble bisiesto se les ocurrió en aquellos destinos después de una lluvia de hojas que todos los familiares debían morirse y tristemente así fue. Penaron más de ciento cincuenta de ellos y las campanas de la iglesia se cuartearon de tanto llorar. Todo fue una tristeza, ellas mismas para no anunciar un muerto más prefirieron caerse. No había un ataúd más en el pueblo y tuvieron que ser derribados hasta los árboles de Casuarito y la tierra se acabó y los muertos fueron tapados sobre flores y hojas.

 

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