Mérida, Abril Domingo 19, 2026, 07:15 am
Cuando llegó Zidane en
marzo de 2019, casi nada funcionaba en el Madrid. Tenía por delante
once partidos de Liga a los que había que dar sentido. Había una
revolución pendiente y sus primeras decisiones fueron en la dirección
contraria: refrenó a Reguilón, Valverde y Vinicius, las opciones de
Solari y rehabilitó a Marcelo e Isco; incluso a Ramos,
que arrastraba polémicas desde la noche del Ajax. Zidane afrontaba algo
nuevo: una pretemporada antes de la pretemporada. En esos once partidos,
el Madrid no tenía pulso. No ganó fuera de casa y sólo brilló Benzema.
El francés mejoraba sus números, estaba siendo, en realidad, el primero
en adaptarse a la marcha de Cristiano. Más goles y un nuevo rol,
Benzema mostraba el camino al club. Pero la superación de Cristiano no llegaría por los fichajes veraniegos.
Entre lesiones y adaptación, Hazard sólo iba a apuntar detalles. El
Madrid fichó defensas (Mendy, Militao) y delanteros (Jovic y Rodrygo),
pero nadie en la media. Sin Pogba, elección de Zidane, el centro del
campo parecía una debilidad que se manifestó dramáticamente en el amistoso veraniego contra el Atlético en EE.UU (3-7). Avanzado el verano, no había un signo de recuperación y, desde luego, el menor rastro de revolución. La
Liga comenzó en agosto y los signos de mejora fueron progresivos, pero
no siempre evidentes, no fácilmente perceptibles. El primero fue Courtois,
afianzado con la marcha de Keylor; contra el Villarreal, Mendy pareció
capaz de sellar la defensa; en la visita al Pizjuán en septiembre el
Madrid enseñó maneras de bloque; contra el Osasuna, Vinicius regresaba y además se destapaba Rodrygo; en el primer derbi, Valverde ya fue titular en el Metropolitano y
el Madrid acabó con la puerta a cero. Ni Atlético ni Barcelona le
harían un solo gol en la temporada. Además de los veteranos, los jóvenes
iban incorporándose poco a poco, aunque el sistema de rotaciones no lograría integrar a Mariano, Jovic, Bale o James. Ese
inicio se vio detenido abruptamente por la derrota en Mallorca,
achacable en parte al virus FIFA. Pero desde ahí el Madrid comenzó una
buena racha con cima en el clásico de diciembre. En el Camp Nou, el Madrid jugó esplendorosamente y dominó la pelota aunque empatara a cero.
«Sólo nos faltó meterla» es una de las frases que deja Zidane este año.
Porque el problema del gol nunca se resolvió, el Madrid gana la Liga
con poco más de 60 goles, igual que el año pasado, lejos de los 90 o 100
de temporadas anteriores. Los goles de Cristiano no han vuelto. Ha habido, eso sí, más goleadores, veintiuno, quizás por las rotaciones,
con una importante aparición de los defensas: Nacho en Valladolid,
Carvajal contra el Alavés o Varane en Getafe dieron puntos al Madrid. Y
Ramos, por supuesto, tan fortalecido que su marcha a China parece un
lejano sueño estival. La definitiva adaptación a la vida sin Cristiano fue un cambio estructural que ideó Zidane. Pasar de recibir cuarenta y tantos goles, que era lo habitual, a poco más de veinte, la mitad,
números dignos del mejor Simeone. Ese cambio en la defensa llegaría
desde el centro del campo, mediante un fútbol control, elevando la
posesión hasta el 61% (la última Liga se ganó con un 56%). Isco, pasión y mérito de Zidane,
ha participado en las dos como mediocampista adicional, diferencial, y
mantenedor de la pelota. Si el primer Zidane incluyó a Casemiro, el
segundo añade a Valverde, clave en la revitalización del mediocampo. Las
rotaciones no consistieron en la «doble unidad» de 2017, no había para
tanto, sino en adiciones a una columna vertebral, variaciones sobre lo
mismo, cambios constantes de 4 o 5 jugadores que hacen difícil repetir
alineación. Esto exige plasticidad táctica: 4-3-3, 4-4-2 o 4-5-1.
Cuanto más importante es el partido, más probable es que se amplíe el
centro del campo. La Supercopa, minitorneo en enero, fue para el Madrid
un ensayo táctico y de actitud. El temple competitivo reencontrado esos
días asomaría en los once encuentros finales. Allí el Madrid dio su
mejor cara con cinco medios y venció al Valencia y al Atlético gracias a una acción defensiva de Valverde que quizás sea la jugada del año.
Ganó por penaltis, pero en febrero derrotaría definitivamente a Simeone
en el Bernabéu (1-0). Al Barcelona le había quitado la pelota y al
Atlético le había ganado por defensa. Zidane vencía a sus rivales apropiándose de sus virtudes, pero el Madrid aun no era sólido. Acabó enero como líder, pero perdió contra el Levante; derrotó al Barça, pero tropezó contra el Betis.
Eran los primeros días de marzo. El coronavirus detuvo todo y del
Madrid quedó esa imagen vacilante y más bien indefinida. Al regresar,
Zidane volvía a tener ante sí once partidos en los que veríamos,
concentradas, todas las virtudes apuntadas. Mientras los demás trataban de acostumbrarse a la nueva situación, el Madrid se quintaesenció. Lo afrontó como una competición corta, como una Champions. Algo que sin duda sabe hacer. El
resto es conocido: solidaridad, puerta a cero, defensas que anotan y
posesión-control. Pero hubo algo más. Los veteranos a los que un año
antes había apoyado Zidane en esos once partidos aparentemente sin
sentido le devolvían ahora la confianza. ABCMejoría progresiva
Sin repetición