La sospecha de obstrucción a la Justicia desata la peor crisis de la era Trump

La sospecha de obstrucción a la Justicia desata la peor crisis de la era Trump

La bruma política se espesa cada día más en la capital del mundo. La Casa Blanca aguanta a duras penas el sitio frente a los cañonazos periodísticos de la prensa ilustrada. El jefe del destacamento, Donald Trump, muestra los primeros signos de debilidad. Al mismo tiempo, la Bolsa de Nueva York, la más importante del mundo, sufría ayer una dura caída porque muchos inversores empiezan a desconfiar y creen que la crisis política impedirá al presidente hacer las reformas económicas y de impuestos prometidas.

Es la guerra que nació en la campaña electoral y que ya marca el mandato. Del «Washington Post» al «New York Times». Sin tiempo para digerir el episodio de la entrega de secretos a Rusia sobre la guerra con Daesh, que el presidente tendrá que solucionar con el amigo israelí, fuente de la información clasificada, el dedo informativo vuelve a señalar a Trump. El memorándum de despedida que elabora el recién destituido director del FBI, James Comey, acusa al presidente de presiones para cerrar la investigación contra el general Michael T. Flynn, que dimitió por las conexiones rusas tan sólo semanas después de estrenarse como Asesor de Seguridad Nacional.

«Espero que dejes ir este tema; deja ir a Flynn, es un buen tipo», es la apelación directa que Comey atribuye a Trump, en una reunión que ambos mantuvieron en febrero en el Despacho Oval.

 Como llueve sobre mojado, la nueva revelación martillea el clavo de las sospechosas maniobras del presidente para echar tierra sobre sus presuntos lazos con Putin antes de la elección presidencial. El presidente ruso no dejó pasar ayer la oportunidad de terciar en la polémica y se mostró partidario de entregar al Congreso estadounidense el contenido de las conversaciones entre Trump y Serguéi Lavrov, su ministro de Exteriores.

Hace muy pocos días, el propio Trump reconocía abiertamente haber despedido a Comey «pensando en esa cosa rusa», después de montar todo un dispositivo para que el fiscal general adjunto, Rod Rosenstein, fabricara una recomendación formal de su Departamento. Todas las fuentes cercanas coinciden en que el asunto se ha convertido también en obsesión presidencial.

Es el reconocimiento de la crecida del río, que empieza a asemejarse a los intentos de Nixon de instalar diques cuando la prensa fue ganándole terreno: «Esto está tomando las dimensiones del caso Watergate, y subiendo…», advertía ayer en privado a un compañero el veterano senador John McCain.

Mientras crece el número de republicanos que exigen investigar a fondo el asunto, el presidente del Comité de Inteligencia del Senado, Richard Burr, pidió ayer formalmente la comparecencia de Comey, para que ratifique la denuncia, y al FBI, toda la información que obra en su poder sobre la entrevista en el despacho presidencial: las notas tomadas por Comey y una posible grabación.

Los medios estadounidenses se pasaron todo el día especulando sobre si la actuación de Trump habría supuesto un motivo suficiente para iniciar un proceso de destitución parlamentaria, el conocido como «impeachment».

El «speaker» del Congreso, Paul Ryan, mostró en público su apoyo a Trump, pero también se comprometió a llevar hasta el final las pesquisas que tiene en marcha la Cámara. La sensación generalizada en Washington es que habrá un antes y un después de ayer. A modo de indicio, por primera vez, Trump no utilizó Twitter para defenderse y atacar a la fuente acusadora. Un día de silencio sepulcral en la red social. Tan sólo, en un discurso ante los graduados de la Academia de Guardacostas, más humilde y victimista que de costumbre, sentenció: «A veces encontraréis cosas que no merecéis. Pero no os rindáis. Mirad cómo estoy siendo tratado yo, sobre todo por los medios. Pero yo no fui elegido para servir a los medios de Washington». ABC

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