El limón de Zacarías por Rubén Ávila Serratti

El limón de Zacarías por Rubén Ávila Serratti

Me contaba mi padre Ernesto Ávila Rubén, quién además de poeta era Juez y Profesor del Liceo Bonpland en Zaraza, mi pueblo llanero, que en Pariaguán, un día de araguaneyes florecidos y chicharras veraneras, hacen cuarenta y cinco años, en una casa vieja frente a la Plaza Bolívar, apareció un papel que decía: “ABISO. El 20 de diciembre estará aquí tempranito, el faculto Zacarías Fernández, quién con su limón y cualquier colaboración, realizará frotaciones a sus hermanos y hermanas, hasta eliminarles tuyuyos, callosidades, torceduras y fracturas mal pegadas. Aga la cola. Z. Fernández”.
No sólo en el pueblo cundió la noticia, sino que se dispersó el milagro, como al principio llegaron a catalogarlo, por toda la cuenca del Unare. La sanación con un limón y el precio voluntario de la intervención, fue diana para que decenas de pacientes se dirigieran hacia el pueblo a colocarse en la cola.
Desde la madrugada, la fila era significativa. La iniciaba un adulto con un lobanillo en la espalda, lo seguían otros con las más variadas deformaciones. Detrás de un paraban, al lado de un catre, esperaba impaciente Zacarías, un zambo alto, musculoso, mirada inquieta, con un limón bien agarrado con sus manos de carnicero, esperando al primero de la cola, quién luego de pasar y quitarse la franela, afuera se escucharon unos alaridos que provenían de la sala, iniciándose en la cola los murmullos: ¡Ah hombre cobarde paisano! Otro decía: seguro que lo está frotando con limón con sal y eso pica. Dígame eso, y tan feliz cuando dijo que por fin se iba a estrenar la camisa en diciembre.
Pero en la medida que continuaban las frotaciones, como decía el aviso, por debajo de la puerta del cuarto donde limaba el zambo vigorosamente, fue filtrándose un hilillo de sangre al comienzo, luego un chorro con limaduras de carne viva que manchó las alpargatas de los primeros pacientes. Después sobrevino un silencio hecho añicos por el grito mortal del operado: ¡Me muero! y el latigazo verbal del carnicero: ¡Estese quieto carajo!
Cuando abrieron la puerta los curiosos, adentro estaba Zacarías con una lima de carpintería, mangos de madera en cada extremo, con los dientes curvos ensangrentados como los de un caimán, y él casi sentado sobre la espalda del paciente, sudoroso y jadeante con los ojos encandilados, raspando con el limón lo que quedaba del tuyuyo. La cola la disolvió el pánico. En las altas copas de los araguaneyes, las chicharras continuaban fragmentando el silencio, finalizaba mi padre la conversa.

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