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Los Reyes recuerdan al Reino Unido el valor de la España actual

Los Reyes recuerdan al Reino Unido el valor de la España actual

«El Reino de España se ha convertido en el decimotercer mayor inversor del planeta y en América Latina somos el segundo inversor extranjero, solo por detrás de Estados Unidos». «La economía española es hoy la que más crece entre los grandes países del euro, un 3,2% en 2016, y la fuerza del crecimiento se está dejando notar también en el arranque de este 2017». «El Reino Unido es el mayor destino de la inversión directa española en el exterior, 82.000 millones en 2015». Son frases de Felipe VI ante 600 comensales vestidos de tiros largos en una cena en el enorme comedor gótico del Guildhall de Londres, sede de la corporación que dirige la City, el segundo mayor centro financiero del mundo. Por la mañana, en un encuentro de empresarios anglo-español, el Rey había dejado el mismo mensaje, que también citó en su alocución solemne ante las dos Cámaras del Parlamento.

La crisis de 2008 sacudió a todas las grandes economías avanzadas y el Reino Unido y España sufrieron con crudeza. La diferencia radicó en la reacción de sus dos Gobiernos de izquierda. El mal encarado premier Gordon Brown, un ex ministro de Economía experto en la materia, reaccionó rápido: en octubre de 2008, a las 48 horas de una conmoción bursátil y de la cotización de la libra, lanzó un urgente rescate bancario de 500.000 millones de libras, con riego crediticio y nacionalización del Lloyds y el Royal Bank of Scotland.

En España, otro socialista, el sonriente José Luis Rodríguez Zapatero, negaba la evidencia de la crisis mientras la gangrena avanzaba. El rescate bancario de España hubo de esperar hasta que Rajoy lo llevó a cabo en 2012 con ayuda europea.

El Rey de España atendió con inteligencia las ansias británicas de amistad tras el Brexit

La prensa económica especializada londinense, de buen cartel e influencia internacional, se cebó con España en aquellos días. «The Economist» repetía portadas apocalípticas, con metáforas simplonas de toros agonizando que representaban a España. El ministro de Economía español visitó la redacción de «Financial Times» para intentar promover una mirada menos fúnebre.

Colofón inesperado

El Brexit ha dado un colofón inesperado a esta historia. España ha dejado atrás la crisis y crece de manera robusta (por sus reformas y, sobre todo, porque tardíamente Alemania permitió por fin que el BCE abriese la mano con fuertes medidas de estímulo). Pero el Reino Unido comienza a ser fuente de malas noticias: el crecimiento del PIB se ha ralentizado, el precio de la vivienda se contrae, la divisa ha caído en torno a un 17 por ciento respecto a su cotización anterior al referéndum de junio de 2016. El Gobierno se ha quedado en minoría (un revés que May ha confesado esta semana que la llevó a las lágrimas cuando lo supo). El prestigio de la primera ministra está muy tocado. Cada día lidia contra intrigas internas para derribarla. El arrepentimiento sobre el Brexit ya gana por dos puntos en algunas encuestas.

Línea de flotación

El Reino Unido dio un gran estirón a finales del siglo XX con la revolución thatcheriana, que fue una llamada al capital de todo el planeta ofreciendo fiscalidad baja y seguridad jurídica. Funcionó. Pero el Brexit ha supuesto un disparo en la línea de flotación de aquel modelo, que también acertó a mantener Blair.

Hoy Reino Unido es sinónimo de dudas y preocupación. Su Gobierno está ávido de mostrar que seguirá contando con buenos socios internacionales. La propia Isabel II lo vino a expresar en su banquete de Estado en el Palacio de Buckingham: «Una relación como la nuestra se fundamenta sobre tantas fortalezas e intereses comunes que es seguro que las dos naciones prosperarán ahora y en el futuro, cualesquiera que sean los desafíos».

El Rey de España atendió con inteligencia esas ansias británicas de amistad, garantizando una y otra vez que los nudos entre los dos países continuarán, lo que a su vez fue un modo de apoyar los ingentes intereses empresariales de España en el Reino Unido.

AFP

Theresa May almorzó con Felipe VI a solas en el Número 10. El mensaje del Gobierno fue en la línea referida: «La magnitud de la inversión española en Gran Bretaña demuestra la confianza continua de España en la fortaleza de la economía del Reino Unido y demuestra que mantendremos la relación más cercana posible». Los portavoces del 10 destacaron de inmediato que la inversión española sigue tras el Brexit y pusieron ejemplos: el fabricante español CAF comenzará a construir trenes y tranvías en una nueva factoría en el Sur de Gales, en la que invertirá unos 40 millones de euros y que creará 300 empleos. Sacyr abrirá pronto una nueva oficina en las cercanías de la estación de Victoria. El aeropuerto de Luton, que gestiona Aena, tiene en marcha una inversión de 113 millones de euros, que incrementará su capacidad un 50% y le permitirá «alcanzar los 18 millones de viajeros y crear miles de empleos», según el Gobierno británico. La firma española Gonvarri construirá una fábrica de de 30 millones de euros en Oldbury, al Norte de Inglaterra. También citaron la reciente apertura de clínicas de fertilidad del IVI en Londres y las West Midlands.

Pospuesto dos veces

La visita de Estado se pospuso dos veces, primero por la crisis política española, con el Gobierno en funciones, y después por las elecciones anticipadas británicas. La Casa Real la meditó mucho y se ha notado. El Rey habló en el Royal Hall del Parlamento ante las dos cámaras, como había hecho su padre hace 31 años, con un discurso aplaudido durante un minuto, que osciló entre el elogio al país anfitrión y la reivindicación de las fortalezas del propio. No soslayó la reivindicación de Gibraltar, a pesar de las advertencias de un diputado tory muy derechista, presidente de la Comisión de Territorios de Ultramar de los comunes, que venía amenazando con que varios parlamentarios abandonarían la sala si lo hacía. Felipe VI respetó la decisión del Brexit, aunque sin hurgar demasiado en la herida comentó que la lamenta y recordó ante los ingleses que España sigue apostando por la aventura europea.

La prensa británica admite que Doña Letizia ha ganado la amable batalla del glamour

Otra constante de sus discursos fue la defensa de los derechos de residencia de los comunitarios que viven el Reino Unido, con los que May ha jugado durante meses, hasta el punto de que la oposición la ha acusado de utilizarlos como «moneda de cambio» en la negociación del Brexit. Tampoco faltó nunca un recuerdo para el héroe madrileño Ignacio Echeverría y también para la otra víctima española de los atentados yihadistas de Londres, Aysha Frade, la betanceira muerta en el Puente de Westminster a la que el Rey, a diferencia de otros, no olvidó.

AFP

La visita fue también, por supuesto, el encuentro de dos familias emparentadas y que se quieren bien. Isabel II ha mimado a los Reyes, hospedados en Buckingham, con todo tipo de pequeños detalles. Ordenó que los acompañase en todo momento algún miembro de su familia. Honró a Felipe VI con la Orden de la Jarretera, que otorga con cuentagotas. Los recibió y despidió con unos besos poco comunes y desplegó el boato ceremonial máximo de los Windsor, un espectáculo innegable, que arrancó con la parada con un millar de militares y jinetes en House Gards y el consiguiente desfile de siete carrozas por The Mall, entre enormes banderas españolas y británicas, y tal vez menos público español que del que pudo haber si nuestra diplomacia hubiese trabajado más su asistencia.

Por supuesto se disputó la amable batalla del glamour, que ha entretenido mucho a la prensa británica. No han tenido reparos en reconocer quién ha sido la ganadora: la Reina Letizia, saludada como la «modernizadora del estilo de las monarquías en el siglo XXI». Y es cierto. En la cena del Guildhall, el vestido azul con hombro al aire de Carolina Herrera que lucía la Reina de España, de 44 años, ofrecía un claro contraste con el vestido de antiguo cuento de hadas y guantes blancos largos de la Princesa Ana, de 66 años. Con los Reyes, España ha mostrado en el Reino Unido que tiene el reloj en hora en todos los terrenos, salvo en ciencia, donde queda mucho por hacer.

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