Teresa Carreño, In Memoriam (l) por Ramón R. Hermoso Boscán

Teresa Carreño, In Memoriam (l) por Ramón R. Hermoso Boscán

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“He amado a Venezuela, la he amado a veces por sus desgracias, otras por la generosidad de su naturaleza y siempre como a una madre irremplazable. En su seno quiero dormir el sueño de la tierra. Es allí donde deseo que reposen mis cenizas”

Así se expresó Teresa Carreño en un minuto de recogimiento, de encuentro consigo misma, de reflexión acerca de la vida del ser humano que tiene un límite.

Su grito de amor y su apasionada súplica fueron recogidos cuando el 15 de febrero de 1938, en el Cementerio General del Sur, en Caracas, se depositaron sus restos mortales. Todo parecía concluido. Era ya una realidad la integración de tan insigne dama con la madre tierra. Más en el espíritu de los venezolanos, de los músicos, de los artistas en general, empezó a germinar una aspiración. No bastaba con que la eximia pianista hubiera llegado a la tierra nativa. Era necesario llevarla hasta el sitio digno de su gloria. El sitio en donde pudiera reposar en contacto con el polvo del suelo patrio y alternar con los inmortales. En el Panteón Nacional había un lugar vacío destinado a ella.  Más de 30 años dejaron caer su peso sobre el país sin que se cumpliera esta aspiración. El 9 de diciembre de 1977 se honró a la ilustre compatriota y se realizó la inhumación con la solemnidad requerida y como justiciero homenaje a la memoria de uno de nuestros valores artísticos de todos los tiempos. En este sitio sagrado de la patria y acompañando a nuestra insigne dama se encuentran las cenizas de la heroína de la Independencia Luisa Cáceres de Arismendi y de la novelista y poetisa Teresa de la Parra.

Las nuevas generaciones apenas la conocen. Por eso, al escribir de ella, es casi un deber el trazar sus rasgos biográficos: Pianista, compositora y pedagoga, caraqueña, nacida el 22 de diciembre de 1853, hija de Manuel Antonio Carreño, escritor, educador y músico, autor del “Manual de Urbanidad y buenas costumbres” mejor conocido como el Manual de Carreño y de la distinguida dama de esclarecido linaje Clorinda García de Sena y Toro. Desde su infancia, cuando ya daba muestras de ser una criatura genial inició sus estudios de piano con su padre, su primer maestro de música, quien se dio cuenta de las aptitudes de su hija. La oyó improvisar y ejecutar algunas melodías que ejercían sobre los oyentes una extraña fascinación. Llegó un momento en que él se sintió incapacitado para seguir adelante en su función de preceptor. La alumna había superado al maestro. Entonces piensa en recurrir a nuevos recursos para ampliar la educación musical de Teresa, para ampliar el campo de su trayectoria futura. Continuará.

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