Mérida, Septiembre Martes 21, 2021, 05:15 pm

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Confesiones en voz alta por Ricardo Gil Otaiza

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Ricardo Gil Otaiza


Dedico al amigo Luis Sandia Rondón


Casi nunca he escrito acerca de mis gustos musicales. De entrada, son una mixtura. Disfruto de la música popular. Muy de joven me dejé influenciar por mi padre, seguidor de las orquestas bailables, de las que quedé prendado para siempre. La Billo´s Caracas Boys y Los Melódicos fueron en mi vida puntos de referencia, por lo menos así lo dice mi austera colección de discos, pero en mi madurez me he inclinado también por el jazz, que colma mis preferencias en la actualidad. Hace algunos años adquirí una colección de este género en estuches de dos discos, cada uno con páginas en las que se nos cuentan las historias de los temas y de los grandes intérpretes de este maravilloso género, nacido en la parte sur (la más pobre) de Estados Unidos, lo que se tradujo en músicos y cantantes afrodescendientes, para luego dar el salto (lento pero efectivo) hacia otros lugares dentro y fuera de EEUU, y ya no en exclusividad para este grupo, sino también para los blancos norteamericanos, latinoamericanos y europeos. Me gusta la música clásica y la disfruto hasta el paroxismo, pero me agrada alternar con otros estilos y géneros que me conectan con las grandes mayorías: balada, pop, rock, etcétera.

Tips
La lista de los libros que tendría que llevarme estaría incompleta sin los Diarios 1984-1989 y El último encuentro de Sándor Márai, sin La loca de la casa de Rosa Montero, sin Personas de Carlos Fuentes, sin El cuidado necesario de Leonardo Boff, sin El Dios de la intemperie y El deseo y el infinito de Armando Rojas Guardia, sin El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince, y sin Leer el mundo de Víctor Bravo. Tal vez la lista sea excesiva, pero los libros son parte de mi vida.

Desde siempre he tenido problemas a la hora de la selección de una nueva lectura, quizá por ello me veo a menudo rodeado de decenas de ejemplares buscando en alguno el anclaje definitivo. Empero, de un tiempo a esta parte la selección se me hace mucho más difícil, y tengo la extraña sensación que la vida no me alcanzará para leer todo lo que quiero leer. Veo los libros y me entra una especie de desasosiego, como si el tiempo se me estuviera acabando, como si tuviera por delante una inmensa montaña de necesaria lectura, pero cuya cima no podré remontar. Es como si no hubiese leído nunca, o tomado muy tarde la decisión de hacerme lector. Con la escritura no me sucede.


En medio de miles de libros no hallo qué leer. Abro aquí y allá y nada me atrapa. Tal vez sea mi estado espiritual el que me impide entregarme de lleno a una lectura. En medio de este desierto en el que se transformó mi existencia, ya no encuentro consuelo en mi eterna aliada: la literatura.

No he llegado a concretar hasta hoy una lectura permanente, a pesar del mundo de libros que poseo. Pero considero que la actividad de la lectura y la escritura solo son posibles cuando nuestro universo interior está en paz, y el mío no lo está. Tendré que recomponer mi interioridad para poder aspirar al goce pleno de la lectura. 

Empecé a escribir un libro de cuentos y ya tengo dos narraciones terminadas. Hay una historia que revolotea en mi cabeza, pero no logra concretarse en nada. Sigo a la espera de la crítica al segundo cuento por parte de mis mujeres. La primera versión la rehíce gracias a ellas, pero nada que se deciden a reunirse para leer en serio esa historia que pugna por finalizar.


@GilOtaiza

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