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Nuestros caminos y tragedias por Ricardo Gil OTaiza

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RICARDO GIL OTAIZA


Somos hijos, o tal vez producto de la modernidad. La denominada razón ilustrada modela nuestro pensamiento y acciones hasta el punto de asumirse sin más sus derroteros y consecuencias. Pensamiento y vida se concatenaron de tal forma (Pienso, luego existo), que a partir de entonces ya nada fue igual. No nos extrañe, pues, todo esto, ya que se rompía (y con justicia) con un período de oscuridad, en el que el mundo era medido y sopesado por “poderes” que iban más allá de la razón para instalarse en la creencia y en el dogma. Todo era visto como castigo divino y esto se utilizaba con saña para el dominio y la sumisión. No obstante, con las ansias de resarcirse de tantas imposiciones y castigos por el solo hecho de ponerse en duda lo establecido, y enarbolarse así nuevos puntos de vista, se cayó en el extremo de erigirse a la ciencia en una sobrevenida fe, que se hizo impositiva e incuestionable también. El cientificismo, convertido en una religión extremadamente dogmática, de pronto se convirtió en ese dios despreciado y dejado de lado por el cogito. Todo dentro de la ciencia, nada fuera de ella, es un precepto y resuena muy hondo en nuestras conciencias, para instalarse en el centro de nuestras vidas e imponer sus propios paradigmas y criterios. La ciencia y su método se transformaron desde entonces en una dupla bajo cuya égida todo era escrutado y sopesado, y así se fue construyendo un andamiaje que ha posibilitado un portentoso desarrollo científico y tecnológico, que ha pretendido dar respuesta a todas las interrogantes humanas. Bueno, a casi todas, porque quedan muchas por resolver, y que por fortuna nos hemos guardado a la espera de la necesaria reflexión por venir en torno de la ciencia, sus productos y sus consecuencias (desarrollo). Y pareciera que el momento llegó.


La irrupción en nuestro mundo del denominado nuevo coronavirus (COVID-19) encendió las alarmas, y aunque se busca con afán la raíz de su nacimiento y se plantean al respecto hipótesis y teorías que lleven a los “expertos” a dar prontas soluciones a la crisis planteada, no deja de sorprender su capacidad para derrumbar la invulnerabilidad que hasta hace menos de un año exhibía una humanidad arropada al abrigo de su más preclara creación civilizatoria: la tecnociencia. No cabe duda que ya están llegando las vacunas, así como los fármacos que inactiven, bloqueen o eliminen el virus, pero en el ínterin quedan muchas cuestiones de diverso orden que nos llevan a plantearnos un sinnúmero de reflexiones e interrogantes desde el ángulo de lo filosófico que, dicho sea de paso, es el primer eslabón en la construcción del conocimiento científico. Es decir, su fundamento. Y, al parecer, lo hemos olvidado. 


 
La pandemia del coronavirus nos ha hallado inermes y desvalidos, huérfanos de referentes. Somos la misma humanidad que con horror en tiempos pasados hizo frente a la peste negra, a la gripe española, al cólera y a muchos otros agentes patógenos, solo que hoy el horror lo podemos sentir y palpar minuto a minuto a través de las redes sociales, lo que agiganta aún más la angustia y nos hunde en una mayor aflicción. Creímos que la tecnociencia sería nuestro escudo de protección inmediato, pero resulta que no fue así: por encima de nuestros hallazgos y portentos sostenidos al amparo de un desarrollo que no escatimó recursos para su supremacía y consolidación en la última centuria, está una humanidad sufriente, que vive los embates de una virosis que la ha hecho despertar abruptamente del idílico sueño del blindaje frente a lo desconocido. La hiperespecialización se haya desconcertada frente a los inmensos abismos que presenta la nueva pandemia. El desasosiego, el temor, la duda y la angustia en estos momentos no han sabido de métodos, ni de recetas, ni de explicaciones razonadas (ergo, la razón ilustrada), porque la humanidad sigue siendo la humanidad, que transita desde la oscuridad hacia la oscuridad.



Hospitales colapsados, millones de contagiados en todo el orbe, cientos de miles de muertos (sobre todo adultos mayores o gerontes, muchos de los cuales fueron desconectados para poder atenderse con prioridad a pacientes de menor edad), equipos de salud superados por la tragedia, ausencia de líneas maestras de parte de las ciencias médicas para atenderse a los contagiados, escasez de materiales y de equipos de protección, información tergiversada o errónea, manipulación mediática y política de la crisis, piratería de algunos países para asirse de los equipos de otras naciones, incapacidad de los líderes y dirigentes para tomar decisiones certeras y la ausencia de previsibilidad (y de predictibilidad) de parte de todos los países del mundo ante posibles pandemias, son parte de las variables que han entrado en juego frente a la presente crisis sanitaria y nadie al parecer tiene respuestas certeras frente a tanto horror; por lo menos desde las ciencias fácticas, porque desde el ángulo de la filosofía todo cae en su predios y es posible atender, porque la filosofía se reinventa en la medida en que las personas transitamos nuestros propios caminos y tragedias. 


 
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