El enorme peso de las palabras por Ricardo Gil Otaiza
RICARDO GIL OTAIZA
Nos expresamos de muchas maneras, pero la forma más efectiva es mediante
el uso de las palabras; ellas expresan, connotan, inquieren, afirman,
interrogan, se acotan, cantan, se admiran y se esconden entre líneas.
Recuerdo que de niño las palabras tenían una fuerza arrolladora, y un
“no” dado por mis padres (sobre todo, por papá) era tan contundente y
determinante, que jamás osé pensar o creer que fuera otra cosa. El “sí”
era asimismo de tal fuerza, que solo el escucharlo de parte de quienes
ostentaban la autoridad, era motivo de profunda alegría, y ya podíamos
los niños quedarnos tranquilos, incluso irnos a la cama, porque esa
respuesta tenía tal fuerza y peso, que no nos defraudaba jamás. Crecí
con la absoluta certeza de que la palabra dada (o empeñada, como solemos
decir) tenía una fuerza de norma, lo que me permitía en mi entorno
familiar y escolar desenvolverme sin tantas trabas, porque cuando se
prometía algo, eso era incontrovertible y absoluto, y nada en este mundo
podía hacer cambiar su designio. Cuando nos adentrábamos en el sutil
terreno de lo religioso, la fuerza de la palabra recibía tal poder, que
el solo hecho de saber que el Verbo (Logos o Palabra) equivalía al Hijo
de Dios (Jesús es el Verbo, dicen los textos sagrados), era más de lo
que mi mente infantil podía comprender. Ver cómo en mis clases de
catecismo el mayor hincapié era puesto en “no jurar el nombre de Dios en
vano”, adquiría otra connotación (o dimensión), porque al jurar nos
hacíamos poseedores de una contundencia rayana en lo divino (y también
en lo ético); mientras que contravenirlo nos hacía caer en el pecado y
quedar como unos auténticos facinerosos.
Crecí pensando que el
uso de las palabras era para expresar la verdad; o por lo menos la
intención de fondo debía llevar anclado el deseo de no mentir. Veía a
los adultos y entre ellos las palabras eran importantes, al punto de
romperse una relación con el mal uso de un vocablo (que producía enojo o
insulto). Fui testigo de cómo muchas veces quienes utilizaban
expresiones altisonantes tenían luego el detalle de presentar disculpas,
y fue así que observé maravillado cómo la palabra podía romper el orden
establecido, o reponerlo también. Ni más ni menos, un verdadero
portento. Tal vez esa extraña fascinación me empujó al campo de las
letras, y en mi afán perfeccionista (toda una quimera, por cierto) me he
preocupado por darle a cada palabra el peso que le corresponde; he
fallado muchas veces, transijo, pero pronto he rectificado. Cuando de
niño escuchaba por la radio o la televisión a un gobernante o a un
político expresar sus ideas, cada palabra proferida era para mí la
expresión genuina de su sentir y de su pensamiento, y yo les creía. Es
más, sin tener edad para militar en organizaciones políticas (o de
tenerla no me interesaba entrar en ellas), seguía con interés los
discursos de varios de los más importantes líderes de la nación (Raúl
Leoni, Rómulo Betancourt, Rafael Caldera, Jóvito Villalba, Carlos Andrés
Pérez, Luis Herrera, etc.) y sentía admiración por ellos, anhelaba
algún día poder alcanzar su discurso e inteligencia, y hasta llegué a
decir con cara de descubrir el mundo que quería ser presidente.
Pasó
el tiempo, y el país en el que nací y crecí se hizo otro, igual sucedió
con el uso de las palabras. Los líderes comenzaron recitar sus
discursos para el engaño y el mero proselitismo, y al poco tiempo esas
mentiras eran mostradas ante un país atónito, que poco a poco fue
perdiendo la inocencia. Sin pretenderlo, los discursos se agotaron,
porque las palabras se hicieron huecas, vacías; sin peso ni verdad. Ya
no importaba cómo las combinaran, o si los discursos fueran
bienintencionados o no, porque las palabras perdieron su esencia, su
valor, su contundencia, y nos hartamos de escucharlas. Las palabras
hieren como armas, pueden ser letales y mortíferas, y su uso despiadado
surte el efecto de dañar desde las raíces, y un ejemplo de esto ha sido
el uso dado a las palabras en las dos últimas décadas. En lo personal,
nunca creí que llegaría a hartarme de escuchar palabras sin alma, es
decir, carentes de sentido de la verdad, pero así ocurrió y me ha
enfermado. Hoy, cuando las escucho en la radio o en la televisión, o
cuando las leo en las redes sociales, muy pronto paso de largo para no
contaminarme. Cuando las palabras se utilizan como formulismo, como slogans, o para ideologizar y hacernos creer realidades sobrevenidas, se convierten en lugares comunes y pierden su efecto y su poder.
Considero
la urgente necesidad de resemantizar el discurso, de llenarlo de
contenido, que cuando expresemos algo lo hagamos con la convicción de
estar construyendo mundos, de estar abriendo caminos. Hablar por hablar
carece de sentido y empobrece el contexto al que van dirigidas las
palabras, lo que ocasiona un profundo daño social al herir su tejido al
extremo de la perplejidad y el desencanto. Nuestra sociedad está enferma
de verborragia y de escepticismo, y se requerirá de un gran esfuerzo
para devolverle la alegría que yo sentía de niño, cuando mis padres me
daban un sí, y yo dormía gustoso y feliz a la espera de lo que vendría.