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“En tierra de mártires” por Padre Edduar Molina Escalona

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Padre Edduar Molina Escalona


El Papa número 267 en la sucesión apostólica, el primero de origen latinoamericano, una vez más nos ha dado testimonio de su nombre: Francisco, el instrumento de paz en el mundo. Con su histórica visita a Irak hace un contundente llamado para que se “callen las armas” y se tiendan puentes de diálogo interreligioso con los fieles musulmanes, la mayoría del ala chií, y para que “prime la paz” por encima de los intereses políticos, ideológicos e incluso religiosos.


La visita es trascendental por donde se la mire, un vivo reflejo de salir del centro a las periferias. Es la "Iglesia en salida" a la que tantas veces nos ha convocado a hacer realidad en un mundo que hace invisible la humanidad marginada y olvidada en los límites de existencia humana. Francisco sale al encuentro de una tierra de mártires. Una Iglesia sacudido por la ola de violencia las últimas dos décadas, sometiendo comunidades cristianas enteras al exterminio y a la salvaje persecución de grupos terroristas, en un país de mayoría musulmana.


Francisco pudo ver las atrocidades de 2010 en la catedral de Nuestra Señora de la Salvación de Bagdad, donde murieron asesinadas 57 personas, 48 de ellos cristianos, en un ataque que causó el terror de Al Qaeda a los seguidores de Cristo. Las fotografías de estos "mártires" colocadas en el altar, junto a algunos trozos de cristal nos recordaron que Dios tiene la última palabra y su Palabra es Vida. En el mismo sitio donde fueron encontrados los restos de los cuerpos el Papa afirmó que sus muertes "recuerdan con fuerza que la incitación a la guerra, las actitudes de odio, la violencia y el derramamiento de sangre son incompatibles con las enseñanzas religiosas".


El Papa Francisco nos ha mostrado la imagen pura de las primeras comunidades cristianas perseguidas, pero alentadas, por la cercanía y la compasión del nuevo Pedro de la Iglesia de Roma. En el 2013 llegaba a 1,4 millones de cristianos, pero que hoy apenas suman 300 mil.


El Papa encontró una Iglesia que ha sufrido muchísimo, no solo las consecuencias de profesar una fe en el Cristo Resucitado, sino como ciudadanos que nos son ajenos a la historia de su país, a la posibilidad de convivir junto a otras religiones, con culturas y tradiciones diferentes, pero siempre ciudadanos de un mismo país. Una Iglesia herida en su identidad, puesta en discusión y muchas veces atacada en su libertad religiosa, sumado al interminable impacto del coronavirus, lo que viene a marcar un antes y un después en su pontificado.


El viaje más arriesgado de un Papa ha significado un retirar el velo sobre el sufrimiento de los cristianos, de los miembros de otras religiones, y sobre los éxodos forzosos que han sufrido decenas de miles de ellos en los países devastados por el terrorismo y las guerras civiles. El Papa argentino ha querido vacunar a los cristianos sobre ese virus tan común en este mundo secularizado y de espaldas a Dios, llamado cristianofobia, con acciones y gestos concretos que dieron fortaleza y aliento de esperanza a estos hermanos cristianos. La invitación que les dejó fue la de vivir como testigos de Dios en una tierra donde surgió la historia de la salvación, viviendo como protagonistas y testigos de esta historia en la que ellos son piedras vivas.


Otro de los hitos que conmocionó la opinión pública fue sin duda su diálogo con la comunidad chií de Irak, en la persona de Alí al-Sistaní, el gran ayatola, a quien agradeció por su firmeza en levantar su voz en defensa de los más débiles y perseguidos, afirmando que lo sagrado de la vida humana y la importancia de la unidad del pueblo iraquí.


En el sur del país, en Ur de Caldea, tierras del padre Abrahán, uno de los profetas más venerados por cristianos, musulmanes y judíos, hizo un llamado a la fraternidad entre las creencias. “La hostilidad, el extremismo y la violencia no nacen de un corazón religioso: son traiciones a la religión”. Dejando claro que por encima de todo está el mandamiento supremo del amor y la dignidad de toda persona humana.


El tercer domingo de cuaresma, celebró una Misa ante miles de personas en el estadio “Franso Hariri” de Erbil, la capital del Kurdistán iraquí, en la que alentó y agradeció a los cristianos: “Hoy, puedo ver y sentir que la Iglesia de Irak está viva, que Cristo vive y actúa en este pueblo suyo, santo y fiel”.


El papa Francisco marcó su paso en tierra de leones. Al Qaeda y el Estado Islámico arrasaron ciudades y comunidades a su paso. Pero nada parece detener a este peregrino de la paz, que se hizo cirineo para ayudar a cargar la pesada cruz de un pueblo atormentado por la inhumana violencia, sanado las heridas de la destrucción con su bálsamo de consuelo y esperanza y haciendo un llamado de emergencia para que “se de voz a los constructores y artesanos de la paz, a los pequeños, a los pobres, a la gente sencilla que quiere vivir, trabajar y rezar en paz” con un profético pedimento: “No más violencia, extremismos, fascismos, intolerancias” (…) que se de espacio a los ciudadanos que quieren construir juntos este país desde el dialogo, desde la construcción franca, sincera y constructiva, con el compromiso con la reconciliación, dejando a un lado los propios intereses por el bien común.


Mérida, 14 de marzo de 2021






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