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Las mujeres, su impronta en mí por Ricardo Gil Otaiza

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Ricardo Gil Otaiza


Nunca he tenido problemas en reconocer la influencia de las mujeres en mi vida. Crecí en un hogar en el que mi madre era el centro de la casa, su actuación y sus decisiones siempre fueron acertadas y ayudaron a fomentar un ambiente agradable, pleno en detalles, signado por el intercambio y el diálogo. En esto contrastaba ostensiblemente con mi padre, quien imponía su criterio, y su recia personalidad de pronto generaba oscuros nubarrones, desavenencias y tensión. Ella fue mi maestra de primero y segundo grado, y de su mano aprendí a leer y a escribir a los cinco años, a insertarme en el mundo, a darle a la palabra escrita el peso necesario como para decidir entregarme a ella para el resto de la vida. Recuerdo el día en el que se abrió en mi mente el arte de la lectura, estaba con ella en la cama y me tomaba la lección con el libro inicial. Su alegría fue tan grande cuando se dio cuenta de que ya sabía leer, que me contagió de un gozo inconmensurable, al extremo de sentir que era una de las cuestiones más importantes de la vida, y ese instante, ese ¡eureka!, lo recuerdo con tal nitidez, que al rememorarlo en mi cuerpo todavía se generan las hormonas de la felicidad.


Mi abuela materna (la única que conocí) fue otra de mis grandes influencias. Aunque vivíamos en casas distintas, la veía a diario porque éramos vecinos. Ella llenó mi cabeza de historias de muertos y de aparecidos, de viejos y extraordinarios personajes merideños (fue la primera en hablarme de Don Tulio Febres Cordero), e impregnó mi niñez y mi juventud con un halo de dulzura y de comprensión. Cuando ya era muy mayor (vivió casi cien años), nos mudamos de parroquia, pero iba con frecuencia a visitarla y me perdía en su bello rostro con huellas de sufrimientos y marcas de olvidos. ¡Cómo le gustaba consentir a sus nietos!, era nuestra confidente y jamás delató nuestros secretos. Yo la tomaba de las manos y me quedaba así durante mucho tiempo, palpando la suave piel de sus dedos, acechando sus silencios, velando sus sueños, siendo testigo de excepción de una presencia gigantesca en nuestras vidas que se apagaba lentamente. A través de ella supe de mis ancestros: de mi abuelo (su esposo), de mi bisabuelo el general vasco Liborio Otaiza (su suegro), de su padre (bisabuelo también), de su madrina a quien amó como a una madre. En fin, de gente refundida en la historia y cuya memoria se ha perdido para siempre.




Fuimos tres hermanos apenas. Lo digo en pretérito porque perdí a mi hermano mayor hace ya muchos años. Mi hermana, hoy fuera del país, fue mi eterna compañera de infancia y de juventud. Nos llevamos dos años, soy el menor, y con ella tuve más cercanía que con mi hermano. Éramos ella y yo para lo que saliera. Íbamos juntos a las fiestas infantiles y juveniles y hacíamos pareja de baile (me enseñó a bailar). En los estudios también fuimos equipo, porque si bien no estábamos en el mismo grado o año, nos apoyábamos en las distintas tareas escolares. Ella me ayudaba en las materias de números en las que yo era un taparo, y yo la apoyaba con las asignaturas teóricas, a las que ella aborrecía. En casa también vivía con nosotros una prima lejana de mi padre, quien pronto se convirtió en otra hermana (y años después en cuñada). Con ella compartí desde muy niño y el equipo inicial constituido por dos (mi hermana y yo) pasó a ser desde entonces, de tres muy unidos mosqueteros.



Mi infancia y juventud fue influida por mis tías maternas (tuve tíos, pero no hubo mayor cercanía), quienes forman parte de mi historia personal. Estas mujeres siempre estaban en las buenas y en las malas, y cuando recuerdo los momentos más importantes de mi existencia, necesariamente afloran sus rostros y su grata compañía. La historia de mi familia y mi historia personal no fuesen las mismas sin la impronta de estas tías, con sus disímiles caracteres, con sus propias tragedias personales, con su sentido de clan y de pertenencia a un linaje. De ellas solo que queda una, la menor de las hermanas (que hoy es una señora de edad avanzada), con quien me une el afecto y en los días más importantes nos llamamos para decirnos que nos queremos, y para ponernos al día.



En mi juventud llegó a mí una extraordinaria mujer, quien tiempo después se convertiría en mi esposa y me hizo padre de tres hijas. Ella me cambió para bien, me enseñó el lado humano de la vida, a despertar mis sentidos y mi conciencia a los milagros de la existencia. Para qué dudarlo, es mejor persona que yo: más generosa, más comprensiva e inteligente. La amo con gran admiración. En cuanto a mis tres hijas, pues son bellísimas, inteligentes y estupendas personas, con nobles sentimientos y con un sentido de la realidad que, de estar extendido en el planeta, este mundo sería mucho mejor.



Cuando pienso en las mujeres que han formado parte de mi vida, entiendo que he sido un afortunado. Siempre dije que ellas dominarán el mundo, y la gente se reía creyendo que estaba bromeando. Hoy esta afirmación es casi una realidad. Bravo por ellas, les llegó la hora de recuperar lo que los hombres les habíamos arrebatado: sus derechos, amén de su propia esencia.



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