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DESDE MI PARROQUIA

“La experiencia del Covid” por Padre Edduar Molina Escalona

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Padre Edduar Molina Escalona


En el mes de la Madre Santísima la vida me ha puesto en las garras del terrible flagelo del coronavirus 2019 o simplemente Covid-19, aunque su nombre técnico es menos amigable para recordar: SARS-CoV-2, según el Comité Internacional de Taxonomía de Virus.

Mi convalecencia se clasificó técnicamente como de “síntomas leves” porque simplemente no necesité ingresar en el hospital para recibir ayuda de oxígeno, ya sea utilizando una máscara o un tubo conectado a un respirador. Sin embargo, los síntomas que tuve estuvieron lejos de ser leves, en términos de dolor corporal y riesgo. No fue una “gripecita”, como algunos se han atrevido a decir. De hecho, jamás había tenido dolores tan intensos. Hubo un cierto punto durante esta enfermedad en el que comencé a pensar en lo frágil e indefenso que yo era como ser humano ante este diminuto enemigo. He confirmado, una vez más y en carne propia, la fragilidad de nuestra condición humana, la vulnerabilidad de nuestras fuerzas que a veces pensamos infinitas.

A lo largo de esta experiencia aprendí, como nunca en mi vida, que mi gran apoyo y fortaleza ha sido mi fe, a menudo balbuceada en una oración quebrada, como nos enseñó San Juan de la Cruz alguna vez, “Dios siempre está”, “aunque es de noche”, mi noche.

El reposo, aislamiento y la terapia muchas veces se convirtieron para mí en un calvario de cansancio y dolor, otras veces en un Tabor de encuentro y contemplación de mi vida frente a Dios. La experiencia fue dura, en los primeros momentos sentí una gran soledad, pero como si estuviera en el desierto, en todo momento, vi la presencia y ayuda del Señor. Todo dentro de una gran paz y alejado de todas las preocupaciones, gracias a los espacios de oración y silencio, pude sentirme acompañado por el Cristo vivo, la Virgen María en el Rosario y al mismo tiempo acompañar a las personas enfermas a través de esta oración, sentirme unido a tantos que pasamos la dura prueba de la pandemia. Se trata no solo para pedir una sanación sino para pedir que nos acompañe en este tiempo de la enfermedad, para que la podamos vivir con espíritu evangélico, con espíritu verdadero de creyente.

También he vivido momentos de consuelo, de fortaleza, y de intensa comunión con los demás. No hay palabras para agradecer a la feligresía de Santiago de la Punta, a los videos de los niños, los rosarios con velas en las calles de las comunidades pidiendo por su párroco, así como a los innumerables amigos desde España, Chile, México y tantos otros países y estados del país, comunidades parroquiales donde he prestado mi servicio, ellos me arroparon con palabras de aliento, canciones y videos divertidos. Simplemente gracias por tanta oración y solidaridad.

El flagelo del distanciamiento social, de no sentir la presencia de nadie a nuestro alrededor, nos hace experimentar la gratitud de tantas “verónicas y cirineos” que nos limpian el rostro con su atención y nos ayudan a cargar la cruz del sufrimiento, sin tener miedo a contagiarse, no tiene precio, es la expresión del Evangelio que invita a dar la vida por los amigos.

No puedo dejar de agradecer mi mejoría a tantos médicos amigos y cercanos, creo que no hubo día que apareciera alguno o enviara un mensaje para saber sobre mi estado, al igual que personal de salud, Dios les pague con largueza su generosidad.

Agradezco muchísimo en especial, a mis obispos, nuestro Cardenal Baltazar Porras, su Obispo Auxiliar, a mis hermanos sacerdotes por tanto estímulo, apoyo, y crecimiento en la fraternidad presbiteral. Estoy seguro de que este momento de sufrimiento que vivimos nos va a ayudar a unirnos más entre nosotros, y a poner nuestra mirada en lo fundamental, que es el amor a Cristo y a los hermanos que van a quedar más afectados por esta situación.

En este tiempo he aprendido que de un momento a otro todo cambia radicalmente y que yo no llevo las riendas de mi vida. ¡Cuántas cosas programadas que no se han podido hacer! El hombre propone y Dios dispone. He descubierto que necesitaba recuperar un tiempo para cuidar la interioridad y llenar el corazón de Dios para seguirlo dando a mis hermanos. Dios les pague y bendiga a todos.

Culmino con esta hermosa poesía de santa Teresa de Jesús: “Dadme muerte, dadme vida: Dad salud o enfermedad, honra o deshonra me das, dadme guerra o paz crecida, flaqueza o fuerza cumplida, que a todo digo que sí: ¿Qué mandáis hacer de mí? Vuestro soy, para vos nací, ¿Qué mandáis hacer de mí?”



Mérida, 6 de junio de 2021






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