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La revolución tecnológica por Ricardo Gil Otaiza

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Ricardo Gil Otaiza


El mundo no es ni por asomo el que conocimos hace apenas unas pocas décadas. Ha sido tal el impacto de la tecnología en nuestras vidas, que dieron un giro inusitado para hacerse dependientes de ese “algo” virtual que está y no está, que existe pero que no es material, pero que sin embargo hoy es el vínculo de las múltiples aristas que constituyen nuestra vida y nuestras relaciones.

Cuando era niño para poder comunicarnos con algún familiar lejano, teníamos que ir a la central telefónica y solicitar la llamada. Recuerdo que nos sentábamos en una sala de espera y por un altoparlante se nos anunciaba cuándo la llamada estaba en línea, y a cuál casilla teníamos que entrar. Nos metíamos todos en aquel cuchitril y mis padres tenían que hablar a las carreras porque luego la cuenta era impagable. Cuando se suscitaba algún hecho imprevisto, generalmente una mala noticia (aunque también se anunciaban otras buenas: nació el bebé, sanó el tío, salimos de viaje a ésa, etc.), corríamos a las oficinas de los telégrafos y sobre un mesón mis padres tenían que escribir un texto tarzaniado, en el que no había artículos, ni partículas, ni casi signos de puntuación, y mucho menos florilegios, porque su costo era contabilizado palabra por palabra. Recuerdo que cuando la empleada nos decía cuántas palabras eran en total y el costo del telegrama, nosotros ni cortos ni perezosos empezábamos con un lápiz a suprimirle palabras, a hacer aún más ilegible aquel precursor de los tuits de hoy. Era más barato enviar un telegrama que hacer una llamada, razón por la cual siempre los estábamos enviando y recibiendo. Años después instalaron el llamado discado directo nacional, con el cual ya teníamos acceso a llamadas en todo el territorio nacional, y de ahí a las llamadas internacionales desde la propia casa, fue un corto trecho.

Las únicas diversiones en mi casa era hacer paseos por la ciudad o el campo los fines de semana, poner el tocadiscos (mi padre solía poner música clásica, pero también los discos de Carlos Gardel, Hugo del Carril o Agustín Irusta), escuchar la radio o ver la televisión, aunque esta última llegó un poco tarde, no obstante, para mediados de los años sesenta ya teníamos televisor en casa. Bueno, teníamos el aparato, pero la imagen era otra cosa. Papá instaló una antena gigantesca y siempre teníamos que estarla moviendo desde el tubo de su base para poder captar la señal de Radio Caracas Televisión, o de algunos canales colombianos (Caracol e Inravisión).

A casa llegaba todos los días el diario El Universal (estábamos suscritos a una empresa que repartía la prensa en motocicleta y la lanzaba enrollada contra la puerta, o el parrillero se bajaba y la dejaba abierta), y nos repartíamos los cuerpos para poder leer todos. Corrijo: casi todos; papá y yo éramos los que más leíamos la prensa. A papá le fascinaba la política y los deportes, y a mí también la primera, pero también las páginas culturales. Recuerdo ver las rumas de periódicos viejos que eran utilizados para limpiar los ventanales, tapar algún derrame de agua, o simple y llanamente para buscar algún artículo o noticia que nos mandaran a trabajar en el colegio. Por cierto, los trabajos para la escuela, el colegio o la universidad eran manuscritos o pasados a máquina. Yo los pasaba a máquina, pero demoraba una eternidad porque escribía con los dos dedos índices, o a veces presionado por el tiempo le pedía ayuda a mamá (quien era una estupenda mecanógrafa) y lo escribía en un santiamén. Siempre quise que me enseñara a escribir a máquina, y lo intentó, pero no tuve la suficiente paciencia al no ver significativos avances.

En un parpadeo la tecnología llegó y se instaló. A comienzos de los noventa me inscribí en varios cursos para aprender a manejar la computadora y así poder escribir mi primer trabajo de ascenso, y ya a partir de entonces dejé arrumada mi máquina de escribir portátil (todavía la conservo) en la que dicho sea de paso escribí mi primera novela , que jamás salió publicada porque era un bodrio. Llegaron los primeros teléfonos celulares que revolucionaron las comunicaciones. Ya no teníamos que comprar las dichosas tarjetas para salir a llamar en los teléfonos públicos, y eso nos facilitó la vida, porque la mayoría de las veces los aparatos estaban dañados por el eterno vandalismo callejero, y teníamos que caminar hasta hallar a algún aparato en buen estado. Sin percatarnos, se inventó la Internet, llegó el correo electrónico, y en mi caso ya no tenía que salir al centro a buscar un fax para mandarle mi artículo al editor, porque ya lo podía hacer desde mi casa.

Llegó la tecnología digital y las redes sociales. ¡Qué prodigios! Todo cambió definitivamente. Por el teléfono trabajamos, leemos la prensa, escuchamos y bajamos música, mandamos tuits, leemos libros, vemos películas, enviamos fotos y largas conversaciones, grabamos videos, nos insultan (lo devolvemos), pasamos cadenas (antes eran con papelitos en cada puerta), y paremos de contar. Aunque la tecnología tiene su lado oscuro, del cual hablaré después, no podemos negar que nos cambió la vida.

@GilOtaiza

  
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