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La gerencia universitaria por Ricardo Gil Otaiza

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Ricardo Gil Otaiza


Desde muy joven me he interesado por estudiar a la universidad y sus complejos procesos, tanto así que me especialicé en el área para tratar de ahondar desde diversos ángulos sus ingentes problemas. En el año 2000 publiqué el libro La universidad como proyecto de Estado. Misión y Visión de la universidad autónoma venezolana, y en el 2007 salió otro: Perspectivas de la educación superior venezolana en un mundo globalizado. El primero fue el producto de una maestría y el segundo de un doctorado. Más adelante planteé una teoría que titulé Teoría Andragógico-Integradora para la transformación universitaria, que salió en el número 48 de la revista Fermentum de la Universidad de Los Andes (2007). Traigo todo esto a colación, no para echármelas, como decimos en criollo, sino para dejar sentado que de veras me he adentrado en esas arenas movedizas, y que mi inquietud ante la grave crisis que sufre hoy por hoy la universidad venezolana, tiene un asidero filosófico y epistémico.

El jueves de la semana pasada publiqué un artículo titulado La destrucción de la universidad (EU, 12-08-21), que por cierto fue leído y discutido en distintos ámbitos, sobre todo en el académico. La panorámica esbozada en el texto fue a vuelo rasante, en las diversas aristas de una crisis que hunde a la universidad en un estado de postración, que nuestra generación no había conocido, ni mucho menos imaginado. De alguna manera, lo aceptemos o no, todos los que hemos hecho vida universitaria tenemos, aunque sea muy sutil, un grado de responsabilidad por lo que acontece, ya que “permitimos” que la institución cayera en el foso en el que hoy se encuentra. Esa corresponsabilidad nos duele, porque toda nuestra vida apostamos por su supremacía, pero fallamos en algún punto preciso, y hoy tenemos una realidad que nos explota en la cara y nos impele a la reflexión y a la acción.

Hay que decirlo, la universidad venezolana durante décadas fue trinchera de la ultraizquierda, y desde ella se lanzaban dardos envenenados contra la democracia. Fue tal la mentecatez de aquellas posiciones, en las que no había tonalidades ni claroscuros (sencillamente a ultranza), que nuestras más importantes instituciones le negaron el Doctorado Honoris Causa a Jorge Luis Borges, alegando cuestiones que hoy producen risa, mientras que universidades del primer mundo sí lo hicieron y hoy lo exhiben con auténtico orgullo. Esto es apenas un ejemplo de aquellas posturas, que si bien les dieron cierto prestigio a muchas “eminencias”, hoy son parte del corolario que buscamos eludir para que no nos salpique con su carga nauseabunda.
 
La universidad hoy está en coma, y eso nadie lo pondrá en duda, ahora bien, si como miembros de la comunidad universitaria (todos sin excepción) tenemos que reconocer nuestra cuota en esta situación, pienso que con más razón tendrán que hacerlo las autoridades, cuyas ejecutorias, hoy, van para casi tres lustros. Y no necesariamente los largos años de gestión deberían implicar una atenuante frente a la “inacción”, ya que ejemplos hay de sobra en nuestras universidades (y en otras de países amigos) de largas y fructíferas gestiones que les dieron lustre y empuje a sus casas de estudios. Pero asumamos, como lo dije en el artículo anterior, que muchas de ellas lucen cansadas frente a lo que han sido años de esfuerzo y de inmensas dificultades, lo que ha implicado decesos y cargos vacíos por renuncia. Todo eso se entiende y es una dura realidad. Sin embargo, ser gerentes implica estar en las buenas y en las malas, en las vacas gordas y en las flacas, de lo contrario no sería una verdadera gerencia, sino mera circunstancialidad.
 
Cuando veo el deterioro de las instalaciones y de las actividades de las casas de estudios universitarios del país, me pregunto: ¿cómo dejaron los actuales gerentes que el deterioro llegara a un grado de postración y de abandono rayano con lo inaudito e impensado? Entiendo que el Estado (gobierno nacional) tiene una muy elevada cuota de responsabilidad en todo esto (ya lo expresé con suficiente énfasis en mi artículo anterior), porque a la final son universidades públicas, pero también la tienen sus conductores (desde los consejos universitarios, pasando por las autoridades y decanos, hasta llegar a la base de la pirámide), porque buscaron esos cargos para activar procesos, para gestionar recursos hasta debajo de las piedras, y no para contribuir con sus quejas a sepultarlas. Me disculpan, pero techos caídos, escuelas cerradas, monte y culebra, escombros y desolación no tienen otra explicación sino una absoluta falta de gerencia (con honrosas excepciones).
 
Siempre he dicho que los gerentes son del tamaño de las circunstancias, y todos los tiempos han traído sus dificultades. Quienes están en los puestos claves deberían pasearse por los anales de sus instituciones, para que lean los serios trances que vivieron los fundadores. Hubo un tiempo en el que la ULA, mi casa, no tenía ni siquiera sede, ni recursos que le aseguraran la supervivencia, pero figuras como Caracciolo Parra y Olmedo, llamado el Rector Heroico, y otras tantas, la sacaron del foso con sacrificio y voluntad.

rigilo99@gmail.com




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