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"Una Santa con cédula venezolana" por Padre Edduar Molina Escalona.

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Padre Edduar Molina Escalona.


Este primer domingo de septiembre el mundo recuerda con gratitud a la inolvidable Agnes Gonxha Bojaxhiu, mejor conocida como la santa Madre Teresa de Calcuta.

 

Aquella mujer pequeña, y aparentemente débil, conmovió las entrañas de la humanidad desde que se le conoció como la "Madre de los más pobres" con su enorme vocación de servicio y generosidad para con los "invisibles de la sociedad" los huérfanos, los enfermos, los marginados en las periferias de la existencia, nos enseñó que ellos también son tan importantes y necesarios al mundo por su dignidad de personas.

 

Para Teresa de Calcuta cada ser humano tiene tanto que dar, que no dejó de clamar su voz a los gobiernos del mundo, con su firme decisión de despertar el derecho a una vida digna, el respeto a la vida y la pasión por la alegría del Evangelio.

 

La Santa de este día nos deja una impresionante página en la historia nacional, para el año de 1965 el entonces arzobispo de Barquisimeto, monseñor Críspulo Benítez realizó los trámites ante la Madre Teresa para que instalara sus Misioneras de la Caridad en nuestra Patria, propiamente en un bucólico pueblito del estado Yaracuy denominado Cocorote, fundado por Juan de Villegas en 1551, después del descubrimiento.

 

Todo un verdadero reto misionero para estás mujeres consagradas al amor por los pobres de salir de su India fundacional a tierras lejanas, por vez primera, a llevar la palabra de consuelo y el aceite de la esperanza. Como lo dijo la misma Madre Teresa: "No fue cosa sencilla. Se necesitó intervención divina”.

 

La Santa de Calcuta fue recibida por el entonces presidente de la República Luis Herrera Campins, junto a un pequeño grupo de verdaderas discípulas de la Caridad, al no saber hablar español tuvieron que emular las primeras misiones de la colonia, por señas, gestos y con su tierna sonrisa, entrando en las fecundas tierras yaracuyanas y en el corazón de sus hijos para siempre. Teresa de Calcuta permaneció allí diez días, aunque posteriormente se repitieron sus visitas y se extendió su obra por el territorio nacional en lugares como Catia la Mar, en Vargas; San Félix, en Bolívar; Barquisimeto, en Lara; y por último en Carapita y Petare, en el área metropolitana de Caracas. Que bien lo decía ella misma: "El amor comienza en casa, y no es lo mucho que hacemos, es el cuánto amor ponemos en cada acción".

 

Teresa de Calcuta sigue siendo hoy paradigma de la mujer que con valentía y liderazgo dedicó su vida a los abandonados. Su espiritualidad de ver en cada rostro sufriente al Cristo vivo, con la firme convicción de que todos los seres humanos somos iguales y de que en un mundo lleno de odio, guerras, amenazas, muerte, violencia, de racismo, podemos encontrar una luz de esperanza la vida tiene sentido entregándola a los demás por amor. Su oración constante era: "Señor, soy tuya: Haz de mí lo que quieras"

 

En un país deshumanizado, indiferente y que muchas veces mira con desprecio al otro la vida de esta Santa nos desafía a seguir sus pasos y apoyar a tantos que no pueden valerse por sí mismos; esos que, a pesar de que no representan un voto en las elecciones ni son parte de una cuota política, necesitan ser tomados en cuenta, no como parte de la sociedad, ni siquiera como a lo que muchos llaman “pueblo”, sino como seres humanos. Así de sencillo lo entendió Teresa de Calcuta. 

 

El presidente Herrera Campins en reconocimiento a la labor social y religiosa, otorgó la Orden Libertador Simón Bolívar, máxima condecoración de la República, el 23 de septiembre de 1979, además de recibir cédula de identidad que le hicieron hija adoptiva de nuestra nación. 

 

Con su enorme fe convertida en buenas obras abrió 517 misiones en el mundo con más de 5 mil mujeres que dedican su vida a sus privilegiados: "Los más pobres entre los pobres"

 

La premio Nobel de la Paz partió a la Casa del Padre en olor a santidad el 5 de septiembre de 1997 en Calcuta, India. Trece años después fue beatificada por Juan Pablo II, y el 4 de septiembre de 2016, por el Papa Francisco la proclamó santa de la Iglesia.

 

En momentos como los que vivimos no olvidemos sus palabras: "Nuestros sufrimientos son caricias bondadosas de Dios, llamándonos para que nos volvamos a él, y para hacernos reconocer que no somos nosotros los que controlamos nuestras vidas, sino que es Dios quien tiene el control y podemos confiar plenamente en él".

 

Mérida, 5 de septiembre de 2021





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