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20 años del 11-S

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IMAGEN DEL 11S


Me temo que, al cabo de 20 años, todavía no hemos entendido lo que pasó el 11 de septiembre en Nueva York y Washington, y que, colectivamente, aún no hemos sacado las conclusiones correctas. Esta es mi hipótesis, obviamente discutible. La opinión común sobre este atentado es que Osama bin Laden había emprendido una guerra del islam contra Occidente y, de hecho, desde entonces, al menos aparentemente, esta guerra no ha terminado.

Hace 20 años, en respuesta al atentado, algunas voces aisladas sugirieron responder con una amplia operación policial en lugar de con una operación militar, y erradicar no el islam ni el islamismo, sino solo los grupos terroristas. Esta habría sido la respuesta inteligente, que habría recibido el apoyo de los mundos musulmanes y habría evitado confundir terrorismo, islamismo, islam y musulmanes. Desafortunadamente, el Gobierno estadounidense de entonces y sus sucesores, George Bush, Barack Obama y Donald Trump, adoptaron la estrategia opuesta contando inicialmente con el apoyo de la OTAN: rediseñar los países musulmanes basándose en el modelo liberal y democrático de Occidente.

Así es como el atentado del 11-S, además de las víctimas directas, ha causado desde entonces millones de muertos, civiles y militares, en Afganistán, Irak, Siria, Líbano, Yemen, Libia, Níger, Burkina Faso y Mali. Pero sin un resultado positivo, ya que ninguno de estos países se ha convertido en una democracia liberal y tampoco se ha erradicado el denominado terrorismo islámico. Para comprender nuestro error colectivo, debemos remontarnos a las fuentes del atentado del 11-S. ¿Qué quería Bin Laden? Convertirse en el califa de los musulmanes, su jefe espiritual y político, inspirado por Mahoma y sus sucesores inmediatos. Para lograrlo, era necesario -primera etapa- conquistar los lugares sagrados del islam, La Meca y Medina, en manos de la dinastía saudí. Una dinastía que, según Bin Laden, solo existe gracias al apoyo de Estados Unidos.

Por tanto, el 11 de septiembre, el enemigo no era Estados Unidos, ni Occidente en sí, sino Occidente únicamente porque apoyó y sigue apoyando a la mayoría de los tiranos impíos y corruptos de los mundos musulmanes. En lugar de entrar en este análisis complejo y poco discutible, los dirigentes occidentales y la opinión pública, que no esperaban otra cosa, prefirieron amalgamar terrorismo, islamismo, islam y musulmanes; una guerra de civilizaciones, aunque fuera imaginaria. Esta amalgama no se ha disuelto: la inmigración de musulmanes en Occidente, que nunca fue recibida con entusiasmo, es ahora una fuente de desconfianza, si no de creciente racismo. La escasa disposición en estos momentos a acoger a los refugiados afganos lo demuestra: una guerra de civilizaciones, fría y local.

Dejar Afganistán después de 20 años de ocupación inútil es, sin duda alguna, la decisión más inteligente tomada por un gobierno occidental desde el 11-S. Pero convendría profundizar el análisis para liberarnos paulatinamente de este mito de la guerra de civilizaciones. Porque, curiosamente, los occidentales no saben gran cosa sobre el islam, al que demonizan. En realidad, habría que escribir islam en plural, islams, porque las prácticas son tan variadas como las personas que la adoptan. Así pues, los europeos identifican fácilmente el islam con el mundo árabe, mientras que los árabes constituyen solo el 20% de los mundos musulmanes. Incluso dentro del mundo árabe, existe una insignificante diversidad de culto que separa, por ejemplo, a los que practican el culto a los santos de los que lo rechazan por hereje. ¿Qué tiene en común un musulmán de África Occidental con otro de Java o Bangladesh? El Corán y nada más, pero es difícil de leer y demasiado rico en contradicciones.

«El Islam», escribía el islamólogo argelino Mohammed Arkoun, «no es más que lo que los musulmanes hacen de él», musulmanes infinitamente diversos, a menudo más apegados a sus costumbres tribales, anteriores a su islamización. Aunque nunca se habla de ello en Occidente, estos musulmanes son en verdad las principales víctimas del islamismo y de la violencia a la que se encomienda. Si pudiéramos deshacernos de estos islamistas primitivos en nuestros suburbios europeos, en el desierto del Sahel, en Pakistán o en Filipinas, todos los demás musulmanes serían los primeros en sentirse aliviados.

Pero en Occidente estamos lejos de adoptar una estrategia de conocimiento en lugar de una cruzada. Cerca de casa, no hacemos ningún esfuerzo por conocer a nuestros vecinos musulmanes, aunque sean nuestros conciudadanos. Además, los Gobiernos occidentales prefieren apoyar a dictadores que conocen bien, como los de Marruecos, Argelia, Chad, Arabia Saudí o Egipto, en lugar de escuchar a los movimientos que reivindican la democracia y el islam moderado. Durante la ‘Primavera Árabe’ de 2010, europeos y estadounidenses prefirieron el regreso de los dictadores con la cabeza gacha, como el mariscal Sisi en Egipto, en lugar de aceptar el veredicto electoral que había llevado al poder a los Hermanos Musulmanes, demócratas, no violentos y musulmanes. El inconveniente de esta alianza mundial entre dictadores en tierra del islam y Occidente es que les hace el juego a los islamistas; al igual que Bin Laden hace 20 años, los islamistas pueden legitimar su violencia y su aspiración al califato denunciando esta diabólica alianza entre cristianos occidentales y déspotas corruptos que traen desgracias a su pueblo.

Como consecuencia ineludible, hoy o mañana surgirá un nuevo Bin Laden, un nuevo candidato al Califato, al frente de una nueva organización terrorista; es posible otro 11-S o un nuevo atentado en París, Londres o Madrid. Los errores de análisis de los occidentales durante los últimos veinte años habrán contribuido a ello. Para protegernos, a nosotros y a los musulmanes, la única manera es hablarnos, conocernos. Esa sería la manera inteligente de luchar contra nuestro enemigo común, los Bin Laden de antaño y sus sucesores.

ESPECIAL ABC






  • Anes y después del 11-S


    Los atentados del 11-S, en los que murieron más de 3.000 personas, cambiaron el mundo por completo. Integristas islámicos secuestraron varios aviones para perpetrar unos ataques sin precedentes

  • Millones de personas de todo el planeta vieron en directo por televisión cómo se estrellaban dos aviones -uno de United Airlines y otro de American Airlines- contra las Torres Gemelas de Nueva York

  • En las plantas de las torres superiores a la zona de los impactos, cientos de personas quedaron atrapadas, sin opción de huir y algunas de ellas se arrojaron al vacío desesperadas

  • Al presidente de Estados Unidos, George W. Bush, los atentados le sorprendieron en un colegio de Florida ante un grupo de escolares, y las cámaras captaron la frialdad con la que reaccionó ante la noticia

  • La consecuencia directa de los atentados fue la guerra de Afganistán, que se declaró un mes después (7 de octubre de 2001) con el argumento de que los talibanes se negaban a entregar al autor de los atentados, Osama bin Laden

  • Los equipos de seguridad de Estados Unidos no localizaron a Osama bin Laden hasta 2011, cuando lo descubrieron en Pakistán y lo eliminaron

  • A partir de los atentados del 11-S, volar en avión ya no volvería a ser lo mismo. La seguridad en los aeropuertos se volvió prioritaria y se rediseñaron todos los protocolos.





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