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Qué firmeza en la dulzura –106 años del natalicio de nuestro Siervo de Dios por Bernardo Moncada Cárdenas

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Qué firmeza en la dulzura –106 años del natalicio de nuestro Siervo de Dios por Bernardo Moncada Cárdenas


«Que dulzura, hijo mío; qué dulzura en la firmeza, qué firmeza en la dulzura, la una y la otra unidas, indisolubles, la una empujando a la otra; la una dando valor a la otra, la una sosteniendo a la otra, la una alimentando a la otra.» Charles Péguy, El misterio de los Santos Inocentes.

«Cuando sean sacerdotes, siempre miren sus manos, consagradas a Dios para absolver, para unir en el sacramento del matrimonio, para bendecir y convertir esa hostia y ese vino en Cristo mismo». Monseñor Miguel Antonio Salas

Coincide la aparición de este breve escrito con la conmemoración, el pasado 29 de septiembre, de los 106 años del natalicio del Siervo de Dios Miguel Antonio Salas, Arzobispo Emérito de esta Arquidiócesis merideña, y párroco de su pueblito natal, Sabana Grande en la Grita, Táchira, para cuando sorpresivamente fue llamado por el Padre tras accidente automovilístico.

Desde temprana edad, cultivó sus virtudes cristianas, es decir, humanas, en su hogar y luego bajo la inspiración de San Juan Eudes, llegando a ser el primer sacerdote eudista venezolano. Aún joven fue nombrado rector del Seminario Interdiocesano de Caracas, donde se formó Su Eminencia Baltazar Cardenal Porras Cardozo. Debió interrumpir sus estudios de teología en Roma para asumir la mitra episcopal de Calabozo y, de allí, pasó a Mérida como su quinto Arzobispo. Su estampa de sobria virilidad y su temple decidido y firme custodiaban una sensibilidad casi maternal respecto a su feligresía y sus sacerdotes. Con mano firme reorganizó la extensa arquidiócesis; quien escribe agradece a su presencia y su oración el regreso a la fe. Si Monseñor Acacio Chacón Guerra fue llamado Arzobispo constructor,  no dudo en llamar a Monseñor Salas reconstructor de nuestra Iglesia, labor que afrontó con tanta decisión como discreción y tino. Un gran amigo en común me conmovió al narrarme que lo había visto llorar por su clero. Dados los rasgos percibidos en nuestro Siervo de Dios, no dudé que eso hubiera sucedido.

En su arzobispado, el Seminario san Buenaventura, que en tristes momentos estuviera por cerrarse, floreció en vocaciones y jóvenes maestros. La atención del pastor era ininterrumpida. Por lo que se refiere al «estar con él» —dice la Exhortación papal Pastores dabo bovis—, esto es, con el Obispo, es ya un gran signo de la responsabilidad formativa de éste para con los aspirantes al sacerdocio el hecho de que los visite con frecuencia y en cierto modo «esté» con ellos. (65) Apoyado por su joven Obispo Auxiliar, dejó uno de los más pujantes seminarios de Venezuela. Monseñor Porras, su devoto discípulo desde temprana edad, y su biógrafo, lo definió: «un santo de carne y hueso que hemos tocado, caminando por todos los campos… y ahora en mi condición de arzobispo puedo dar fe de la santidad de monseñor Salas porque fue un hombre sencillo, sabio, maestro de sacerdotes y fiel cumplidor de sus deberes, dedicado a su misión pastoral y preocupado por los más necesitados».

Feliz y diligente anfitrión del Papa santo, Juan Pablo II, entre muchos otros grandes acontecimientos, enalteció en su adoptiva Mérida un pueblo feliz en Cristo, pueblo al cual se entregó con espléndida generosidad, cumpliendo sus palabras: «merideños todos: al tomar posesión de Iglesia, tomen también Ustedes posesión de su Pastor.» (Homilía en la Eucaristía de toma de posesión. Mérida 15 de septiembre de 1979)

Escribió San Pedro: «A los presbíteros que están entre vosotros les exhorto yo, como copresbítero, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que está para manifestarse. Apacentad la grey de Dios que os está encomendada, vigilando, no forzados, sino voluntariamente, según Dios; no por mezquino afán de ganancia, sino de corazón; no tiranizando a los que os ha tocado guiar, sino siendo modelos de la grey. Y cuando aparezca el Supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se marchita» (1Epístola de Pedro 5, 1-4) De corazón también, doy gracias por haber conocido y seguido a quien sin duda ha de ser un nuevo Beato, merecedor de esa corona de gloria y “partícipe de la gloria que está para manifestarse”, para ejemplo y consuelo de una nación que sufre destinada a un mejor futuro.

bmcard7@gmail.com






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