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Un estudio cuantifica cómo la minería y la deforestación revivieron la malaria en Venezuela

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Un grupo de mineros en Parai-Tepui (Venezuela), el 14 de mayo de 2019. MICHAEL ROBINSON CHAVEZ (GETTY IMAGES)


El país pasó de ser uno de los primeros en eliminar esta enfermedad en su territorio a presentar picos históricos

En los años 50, Venezuela empezaba a posicionarse como el país líder en combatir la malaria. Gracias a una impresionante campaña de fumigación y estudios que realizó en ese entonces el médico y salubrista venezolano Arnoldo Gabaldón, el país se convirtió en uno de los primeros en eliminar esta enfermedad en gran parte del territorio. Para 1961, la malaria no estaba presente en el 68% de Venezuela y, entre 1936 y 1962, la tasa de mortalidad se redujo de 164 muertes por cada 10.000 personas a la sorprendente cifra de cero.

Pero el éxito que logró Gabaldón hoy en día es un fantasma. El Informe Mundial sobre la Malaria de 2020 calculó que en Venezuela los casos habían aumentado 1200% entre 2000 y 2019. Y solo en las dos primeras semanas de 2022, la ONU diagnosticó 2.796 casos de malaria en todo el país. El legado de Gabaldón se había desmoronado.

“Lo primero fue que los programas de control de malaria dejaron de funcionar. Disminuyó el acceso a los medicamentos contra la malaria y a las herramientas para el control de vectores”, recuerda la doctora María Eugenia Grillet, profesora titular e investigadora del Instituto de Zoología y Ecología Tropical de la Universidad Central de Venezuela en entrevista con América Futura. “Luego, por la situación política y económica del país, muchos se fueron a trabajar a las minas de oro, al sur de Venezuela, afectando y modificando el paisaje, abriendo caminos a través del bosque”. Deforestando.

A esto, además, se sumaron dos factores que, se sabe, son promotores de malaria: el calor y el aumento de lluvias. “El calor no solo acelera el desarrollo del parásito que causa la enfermedad de la malaria – Plasmodium -, sino de los mosquitos que los transmiten – los Anopheles -”, explica Isabel Fletcher, doctora graduada de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, Reino Unido. Las lluvias, por su parte, terminan en agua estancada que los mosquitos necesitan para completar su ciclo de reproducción.

¿Pero qué rol juega cada uno de estos factores en el incremento de la malaria? ¿Qué porcentaje puede estar relacionado con el boom de minería que se vive en el sur de Venezuela? Este fue el tipo de preguntas que empezaron a rondar por las cabezas de un equipo de investigadores del que hacen parte Fletcher y Grillet. Tras crear un modelo con casos de malaria desde 1996 y variables potenciales asociadas como la temperatura del terreno, lluvias, deforestación, y huella minera, entre otras, encontraron que, en el caso del parásito Plasmodium falciparum, la minería podía explicar un 27% de la variación e incremento temporal de malaria, mientras que para el Plasmodium vivax la cifra era del 23%.

“Hicimos esta separación porque en Latinoamérica el P. vivax es el que más nos afecta, con aproximadamente un 70% de prevalencia. Mientras el P. falciparum, que causa una enfermedad más grave, solo es responsable del 30% en nuestra región. Está última especie está más presente en África”, aclara Grillet.

Además, en los resultados de esta investigación, que fue publicada en The Lancet, señalan que, en las zonas sin minería pero que sí registraban un aumento de temperatura no había mayor incidencia de casos de malaria, apuntando de nuevo al fuerte rol que cumple esa actividad extractiva.

En el estado de Bolívar, por ejemplo, donde se han identificado los focos de minas (2.460, que representan el 96% de las que hay en todo el país), la malaria aumentó entre 1996 y 2016: 1.609% para P. falciparum y 2.986% para P. vivax. En estas zonas, comenta Fletcher, vuelven a confluir una serie de factores desencadenantes: la deforestación, la falta de servicios médicos, los pozos de agua dejados por la minería y la conglomeración de personas que han llegado en busca de trabajo. Lo preocupante, agrega Grillet, es que cuando los trabajadores regresan a sus estados de origen también pueden estar llevando la malaria con ellos, propagando este parásito por todo el país.

“Se trata de una investigación importante en la medida que puede identificar con bastante certidumbre cómo interactúa un factor del paisaje y del clima en la transmisión de malaria”, concluye Rachel Lowe, tutora de Fletcher, coautora del estudio e investigadora de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres. “Y esto es relevante para los sistemas de alerta temprana de un país o región, porque indica que podemos utilizar la información climática para intentar predecir el riesgo de malaria”.


ESPECIAL / EL PAÍS DE ESPAÑA






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