Mérida, Abril Domingo 12, 2026, 04:28 pm
Martha, de casi cien años, no falta a las consultas de control conmigo,
que soy su médico de cabecera. Le he dicho infinidad de veces que con
gusto la puedo atender en su casa, que no es necesario que se desplace
hasta el dispositivo de Salud Pública para sus controles, pero ella es
tajante y no permite ninguna concesión al respecto. Toma el autobús que
tiene paradero a tres cuadras de su casa y se queda a unos quinientos
metros del lugar donde es atendida. “Venir para acá me mantiene activa y
el que se queda en casa se tuye”, dice de manera serena y luego suelta
una carcajada.
Quienes no ven atardeceres
Para
algunas personas, pareciera que los atardeceres de la vida no existen.
Martha se ríe cuando conversa conmigo y me dice que el arte de vivir se
encuentra en tener siempre proyectos en función de futuro por los cuales
luchar. Siendo una persona de casi un centenar de años, que lo diga
ella no deja de causar una gran impresión, no sólo por la edad que
tiene, sino porque de esa manera ha llevado su existencia, sintiendo que
ha sido exitosa en la forma como ha conducido su vida, pero por encima
de todo, porque me dijo la última vez que hablamos de que era
profundamente feliz.
Vidas agitadas
Cuando Martha habla del tiempo que le ha
tocado vivir, es enfática en señalar que la vida es muy dura y no hay
forma de que no tengamos que lidiar con las más agrias vicisitudes y
extravagantes desafíos. Por eso, me dejó paralizado cuando me dijo que
ser viejo era para sentirse orgulloso y suprimiendo las citas de rigor y
las referencias bibliográficas, a capela, mientras lo decía de manera
musical, me repitió, casi sin quitarle una coma, un fragmento sobre la
vejez que publiqué en el libro de mi autoría Los cambios psicológicos. Haciendo alarde de su magnífica capacidad de memorizar lo leído, Marta dijo:
-Como
si se tratara de un término peyorativo, a la vejez se le suele cambiar
el nombre con alguna frecuencia. “Tercera edad”, “adulto mayor”, “etapa
de los años dorados” y otras múltiples maneras que en realidad son
intentos eufemísticos con los que se trata de adornar el término VIEJO.
La vejez es de las etapas más fructíferas y venerables de la vida,
debiendo ser aceptada por la sociedad de la época en su justa dimensión.
A fin de cuentas “… dejamos de ser niños”, pero… “todos vamos pa’
viejos”. A menudo se estereotipa a los ancianos. Estos estereotipos
pueden incluso originar actitudes y políticas que desalientan su
participación en el trabajo y en las actividades recreativas. La vejez
no siempre ha inspirado temor a la gente. En la Biblia, se plantea que
los ancianos poseen una gran sabiduría. En China, en Japón y en otras
naciones del Lejano Oriente se les venera y se les respeta en la
tradición de la piedad filial. Por ejemplo, en Japón más de tres
de cada cuatro ancianos viven con sus hijos y se les muestra acatamiento
en diversas actividades ordinarias. Los aspectos físicos del
envejecimiento rigen muchos de los cambios y de las limitaciones propias
de esta etapa de la vida. El envejecimiento es un fenómeno universal.
Ocurre antes en algunas personas y después en otras, pero es inevitable.
Todos los sistemas del organismo envejecen incluso en condiciones
genéticas y ambientales óptimas, aunque no con la misma rapidez. En casi
todos los sistemas corporales estos procesos comienzan en la juventud y
en la madurez. Muchos de los efectos no se perciben sino hasta en los
últimos años de la adultez, porque el envejecimiento es gradual y los
sistemas físicos poseen una gran capacidad de reserva. Muchos suponen
que el intelecto de los ancianos decae de un modo automático. Por
ejemplo, nadie se sorprende si un joven o una persona de mediana edad se
prepara para asistir a una fiesta y no recuerda dónde dejó el abrigo.
Pero si el mismo olvido se observa en un anciano, la gente se encoge de
hombros y dice: “La memoria empieza a fallarle” o “está perdiendo el
juicio”. Con la senectud disminuye la rapidez del desempeño mental y
físico. Por lo regular, los ancianos muestran mayor lentitud en los
tiempos de reacción, en los procesos perceptuales y en los procesos
cognoscitivos en general. Aunque esto se debe en parte sin duda al
envejecimiento, en parte también puede deberse a que los ancianos dan a
la exactitud mayor valor que los jóvenes. Aunque muchos ancianos
conservan las capacidades de memoria y adquieren la sabiduría, algunos
presentan un deterioro notable de su funcionamiento cognoscitivo. Puede
ser temporal, progresivo o intermitente. En algunos casos es pequeño y
dura poco, pero en otros casos es grave y progresivo. El deterioro puede
deberse a causas primarias o secundarias. Entre las primeras se
encuentra la enfermedad de Alzheimer (un tipo de demencia) y la
apoplejía. En el caso de la demencia, aparece confusión, olvido y
cambios de personalidad crónicos que a veces acompañan a la senectud.
Muchos temen la demencia, pues creen erróneamente que es parte
inevitable de la vejez. Para ellos hacerse viejos significa perder el
control intelectual y emocional, convirtiéndose así en personas
desvalidas e inútiles que llegan a ser una “carga” para su familia.
Esas fueron las palabras de Martha. Para mi gran satisfacción, quedamos en volver a vernos en un par de meses.
Filósofo, psiquiatra y escritor venezolano.
@perezlopresti