Mérida, Octubre Miércoles 07, 2026, 07:38 pm

Inicio

Opinión



Diario Frontera, Frontera Digital,  Opinión, ,Por Jorge Pérez,Hasta acá con él: A MÍ TRUMP NUNCA ME ENGAÑÓ por Jorge Pérez
Por Jorge Pérez

Hasta acá con él: A MÍ TRUMP NUNCA ME ENGAÑÓ por Jorge Pérez



Hasta acá con él: A MÍ TRUMP NUNCA ME ENGAÑÓ por Jorge Pérez

Quienes me conocen saben cuál ha sido mi percepción y, con el paso de los años, mi opinión sobre Donald Trump.

Desde que apareció en 2015 como empresario convertido en candidato a la Presidencia de los Estados Unidos, hubo algo que me produjo un choque inmediato con mi concepto de lo que debía ser un verdadero servidor público: desconfianza.

No fue solamente por sus insultos, improperios, apodos, burlas o por esa peculiar manera de intentar humillar incluso a sus adversarios dentro del propio Partido Republicano. Fue algo más profundo.

Vi en él una forma de hacer política que me resultaba peligrosamente familiar. Como venezolano, había vivido de cerca a Hugo Chávez y su manera de convertir cualquier diferencia política en un ataque personal, de dividir a la sociedad entre amigos y enemigos, de construir un liderazgo alrededor de su propia figura y de presentar la política como una confrontación permanente.

Desde 2015 pensé que Trump podía hacer algo parecido en Estados Unidos. Y durante estos casi once años he tenido tiempo suficiente para observarlo.

NO TODO LO QUE HIZO ESTUVO MAL

Quiero dejar algo claro desde el principio. No considero que todas las decisiones de Donald Trump hayan sido equivocadas. Hubo políticas con las que estuve de acuerdo y otras que incluso consideré necesarias.

Además, por mi formación política conservadora, en teoría muchos de sus planteamientos debieron haberme acercado a él. Pero precisamente ahí estuvo una de mis mayores decepciones. Con el tiempo llegué a la conclusión de que Trump no representaba realmente el conservadurismo que yo entendía y defendía. Para mí, el conservadurismo tradicional estaba asociado con instituciones, responsabilidad fiscal, respeto por la Constitución, Estado de derecho, defensa de las libertades individuales, fortaleza nacional y, sobre todo, una determinada concepción del servicio público.

Trump representaba otra cosa y esa diferencia comenzó a hacerse cada vez más evidente.

PROMESAS, EXAGERACIONES Y REALIDAD

Durante su primera campaña presidencial prometió construir un muro en la frontera y conseguir que México pagara por él. México no pagó el muro.

Prometió reemplazar Obamacare. No ocurrió.

Prometió una gran reforma de infraestructura, tampoco llegó en la magnitud prometida.

Y junto a esas promesas incumplidas aparecieron exageraciones y numerosas afirmaciones falsas o engañosas que fueron documentadas durante su primera presidencia.

No necesito decir que todo lo que Trump dijo fue falso, sería absurdo. Tampoco necesito convertir cada acusación en una condena, lo que no se demostró, no lo doy por demostrado.

Pero lo que ocurrió, ocurrió. Y para mí eso fue suficiente para comenzar a construir una opinión.

LA PANDEMIA TERMINÓ DE CAMBIAR MI PERCEPCIÓN

Después llegó la pandemia, yo esperaba ver en aquel momento la versión de Trump que muchos de sus seguidores me habían vendido: el empresario, el hombre de negocios, el líder capaz de tomar decisiones difíciles y conducir al país en una crisis y vi otra cosa. Mensajes contradictorios, enfrentamientos con autoridades sanitarias, controversias alrededor de Anthony Fauci y declaraciones que, en mi opinión, contribuyeron a generar más confusión cuando el país necesitaba claridad, serenidad y transparencia.

Ahí terminé de convencerme de que Donald Trump no era la persona que yo consideraba adecuada para conducir a la mayor potencia económica y militar del planeta en una crisis de semejante magnitud.

Muchos estadounidenses habían confiado en que un empresario solucionaría sus problemas económicos, yo nunca compartí esa premisa.

Ser empresario no convierte automáticamente a nadie en estadista pero si todo empresario que decide lanzarse al ruedo político, se convierte de inmediato en político.

2020: LA RUPTURA DEFINITIVA

Entonces llegó 2020, Trump perdió las elecciones y decidió no aceptar el resultado. Sostuvo que las elecciones habían sido robadas, intentó revertir el resultado y terminó produciéndose el episodio que para mí marcó una ruptura definitiva: el 6 de enero de 2021.

No necesito exagerar lo sucedido. No necesito afirmar que Trump personalmente hizo algo que los hechos no permitan sostener. Me basta con escuchar sus propias palabras, observar lo ocurrido y analizar las consecuencias.

Para mí, aquel episodio confirmó algo que venía observando desde 2015: Trump colocaba su liderazgo personal por encima de las instituciones.

Y ahí terminó de romperse mi confianza.

BIDEN NO TENÍA QUE SER UN GRAN PRESIDENTE PARA QUE TRUMP NO FUERA UNA OPCIÓN

Después llegaron cuatro años de Joe Biden. Y tampoco voy a idealizarlos.

Critiqué duramente su administración: La inflación llegó al 9,1 %. Hubo graves problemas en la frontera. La retirada de Afganistán fue desastrosa. Hubo decisiones de política exterior y económica con las que estuve profundamente en desacuerdo.

Pero también vi cosas que deben reconocerse, como lo hice con Trump y lo hago con cualquiera. La inflación finalmente descendió. Los precios de la gasolina, después de alcanzar niveles superiores a los cinco dólares por galón, bajaron considerablemente. Y hacia el final de su administración la situación fronteriza había cambiado respecto de los peores momentos de la crisis. Nada de eso convierte a Biden en un gran presidente. Pero tampoco necesitaba convertir a Biden en un gran presidente para saber que Trump no era la opción.

A Biden, además, siempre le reconocí algo que considero importante: varias décadas de servicio público.

Puedo criticar sus decisiones y al mismo tiempo respetar su trayectoria. Eso también forma parte de mi manera de entender la política.

LOS TRIBUNALES TAMBIÉN HABLAN

Después siguieron las investigaciones y los procesos judiciales. Nuevamente, no necesito inventar.

En el caso de Stormy Daniels existió un pago de $130.000 realizado por Michael Cohen y posteriormente un proceso judicial relacionado con el registro de esos pagos.

Trump fue declarado culpable de 34 cargos de falsificación de registros comerciales. Eso no es una acusación. Es un veredicto.

Y yo no necesito convertir ese episodio en algo diferente de lo que fue, tampoco necesito utilizarlo para afirmar que todo lo que se ha dicho sobre Trump es cierto.

"La prudencia obliga a distinguir entre una acusación, una investigación y una condena."

EPSTEIN Y EL PROBLEMA DE LA CONFIANZA

Después apareció nuevamente el caso Epstein. Promesas de transparencia. Documentos que no aparecían. Millones de páginas posteriormente publicadas, redacciones, retrasos, explicaciones cambiantes.

No voy a inventar lo que no sabemos ni convertir documentos, nombres o relaciones en pruebas de delitos, pero una cosa sí puedo decir: la manera en que se manejó todo aquello tampoco ayudó a generar confianza.

Y para alguien que desde 2015 ha basado su opinión precisamente en la confianza, eso importa.

2024: LA ELECCIÓN ENTRE LO MALO Y LO PEOR

En 2024, viendo los toros desde la barrera, escribí desde la frustración al observar lo que ocurría en el país donde vivo.

Mi conclusión entonces fue dolorosa: "Estados Unidos y los estadounidenses se encontraban ante una encrucijada en la que les tocaba escoger entre lo malo y lo peor." Honestamente, yo no sabía quién representaba exactamente cada cosa, pero Trump ganó y comenzó su segundo mandato.

EL SEGUNDO TRUMP, EL 47° PRESIDENTE.

Desde el primer día comenzaron los indultos y conmutaciones relacionados con los hechos del 6 de enero. Para mí, aquello volvió a poner sobre la mesa una pregunta fundamental: 
¿Hasta dónde llega la defensa de las instituciones cuando el poder político está dispuesto a proteger a los suyos aún en circunstancias injustificadas?

Después vinieron nuevas controversias: 
* La política arancelaria.
* La relación con Canadá.
* Groenlandia.
* La OTAN.
* Europa.
* La guerra con Irán.
* Los aliados tradicionales.
* Las deportaciones y las controversias relacionadas con el debido proceso.
* El uso del Alien Enemies Act.
* El intento de restringir la ciudadanía por nacimiento.
* Los enfrentamientos con los tribunales.
* Los ataques verbales contra jueces y periodistas.

Y ahora las controversias relacionadas con el acceso de medios como CNN, MS NOW y Politico a la Casa Blanca y las acciones judiciales derivadas de esas decisiones.

No todo tiene la misma importancia. No todo constituye una violación de la Constitución. No todo merece ser presentado como una catástrofe, pero cuando se observa el conjunto, aparece un patrón que a mí me preocupa profundamente:

"Una Presidencia cada vez más personalizada, confrontacional y dispuesta a desafiar los límites institucionales."

EL PROBLEMA YA NO ES SOLAMENTE TRUMP

Y aquí llego al punto que más me preocupa. Donald Trump no solamente cambió la Presidencia, cambió al Partido Republicano y esto es, probablemente, mucho más importante que el propio Trump.

Porque un presidente puede desaparecer, pero un movimiento político puede permanecer.

El Partido Republicano que yo conocía defendía principios conservadores con los que podía discrepar en algunas cosas, pero que entendía y respetaba, hoy me cuesta reconocerlo. Muchos republicanos que inicialmente advirtieron sobre Trump terminaron alineándose con él formando incluso gobierno, otros dejaron de enfrentarlo y demasiados terminaron justificándolo, callando o celebrando comportamientos que anteriormente habrían considerado inaceptables.

El debate ideológico fue sustituido progresivamente por la lealtad personal y cuando un partido deja de discutir ideas para demostrar fidelidad a una persona, algo profundamente preocupante está ocurriendo.

MAGA Y CHAVISMO: ¿DE VERDAD SON TAN DISTINTOS?

Sé perfectamente que esta comparación incomodará a muchos, pero como venezolano tengo derecho a establecerla desde mi experiencia; no estoy diciendo que Estados Unidos sea Venezuela, no lo es.
No estoy diciendo que el Partido Republicano sea el PSUV, no lo es. Estoy hablando de una forma de ejercer el liderazgo político, un líder convertido en símbolo, una identidad política construida alrededor de una persona, la división permanente entre “nosotros” y “ellos”, la descalificación del adversario, la dificultad para aceptar las derrotas, la lealtad personal por encima de la discusión institucional, la justificación de cualquier conducta del líder porque “el enemigo es peor”.

Todo eso lo viví en Venezuela y por eso me resulta imposible no reconocer ciertas similitudes. Lo digo de manera deliberadamente provocadora:
"el fanatismo MAGA me recuerda demasiado al chavismo".

No porque sus ideologías sean idénticas, sino porque el culto al líder puede terminar siendo más poderoso que la ideología que originalmente lo llevó al poder.

Y cuando eso ocurre, el movimiento deja de preguntarse:
“¿Esto es correcto?” para comenzar a preguntarse:
“¿Esto favorece a nuestro líder?”
Ahí comienza el problema.

Y LLEGAMOS A LAS MIDTERMS

Aquí aparece mi propia contradicción.

Durante muchos años yo podía separar perfectamente a Trump de otros candidatos republicanos.

Podía decir:
“Trump no, pero este republicano sí” y me pasó con Ron Desantis.

Hoy me resulta mucho más difícil. No porque haya dejado de ser conservador. No porque ahora crea que el Partido Demócrata representa todo aquello en lo que creo. Todo lo contrario.

También me preocupa profundamente el crecimiento dentro del Partido Demócrata de sectores socialistas y radicales. No considero que ese sea un peligro menor.

Pero mi preocupación ha cambiado. Durante décadas pensé que el mayor riesgo para Estados Unidos estaba del lado demócrata. Hoy creo que el peligro puede encontrarse también dentro del propio Partido Republicano cuando la defensa de Trump termina siendo más importante que la defensa de los principios republicanos. Y por eso, aunque no voto, me descubro observando estas elecciones de mitad de mandato con una actitud que jamás imaginé: "ya no puedo apoyar automáticamente a un candidato simplemente porque lleve una “R” junto a su nombre, tendría que demostrarme quién es. Qué piensa. Qué defiende. Qué está dispuesto a hacer cuando el presidente de su propio partido se equivoque.

Porque para mí un verdadero republicano no debería ser el hombre que obedece al líder. Debería ser el hombre que defiende los principios incluso cuando el líder se equivoca.

NO NECESITO MENTIR PARA CRITICAR A TRUMP

Y llego finalmente al punto que para mí resume todo este artículo. No necesito decir que Trump mandó a la gente a tomar cloro, no lo hizo. No necesito convertir acusaciones en condenas, no lo haré. No necesito estadísticas falsas. No necesito sacar frases de contexto. No necesito exagerar. No necesito inventar conspiraciones. No necesito atribuirle a Trump cosas que nunca hizo.

Tengo suficiente con los hechos: Promesas incumplidas, afirmaciones falsas o engañosas documentadas, decisiones presidenciales, procesos judiciales, un veredicto de culpabilidad, el intento de revertir el resultado de una elección, el 6 de enero de 2021, dos presidencias y casi once años observando, analizando y comparando su comportamiento político.

Hay suficiente evidencia real, todo es tangible. No necesito una sola mentira para llegar a mi decisión. Con los hechos me basta.

LA ÚLTIMA GOTA

Y entonces escuché una declaración que, personalmente, terminó de derramar el vaso.

Una afirmación en la que se plantea que una ciudad estadounidense podría ser destruida como parte del costo necesario para mantener seguro al país. Si esas palabras fueron efectivamente pronunciadas en el sentido en que fueron difundidas, para mí resultan sencillamente inaceptables. Porque una cosa es hablar de sacrificios necesarios para defender una nación y otra muy distinta es hablar con semejante ligereza sobre la destrucción de ciudades estadounidenses y la muerte de sus ciudadanos.

Los Ángeles no es una abstracción y San Diego no es una ficha en un tablero geopolítico. Son ciudades, son millones de personas, son familias, son niños, son trabajadores, son ciudadanos. Y para mí, un presidente estadounidense debe comprender precisamente eso.

La seguridad nacional no puede medirse solamente en términos de poder. También debe medirse en términos del valor que ese poder protege: la vida de sus ciudadanos.

FINALMENTE, POR ESO CIERRO ESTE CAPÍTULO

He dedicado demasiado tiempo a Donald Trump, quizás demasiado y precisamente por eso este artículo será, para mí, una manera de cerrar un capítulo.

No porque haya cambiado de opinión, sino porque ya he dicho suficiente. No me interesa dedicar el resto de mi vida a discutir sobre una persona que, en mi opinión, no merece ocupar tanto espacio en ella.

Me preocupa mucho más otra cosa: el fanatismo, porque los líderes pasan, los partidos cambian y las elecciones vienen y terminan. Pero una sociedad que entrega su capacidad de pensar críticamente a cualquier líder corre un riesgo muchísimo mayor.

Yo no quiero eso para Estados Unidos. Tampoco lo quise para Venezuela y quizás esa sea la razón por la que, desde 2015, pude ver en Trump algo que muchos tardaron mucho más tiempo en reconocer. No porque yo tuviera una bola de cristal, ni porque pudiera predecir el futuro. Simplemente porque ya había vivido algo parecido.

Yo vi el chavismo antes de verlo llegar y cuando vi a Trump, algo dentro de mí dijo: “Esto ya lo conozco.”

Por eso puedo decirlo hoy con absoluta tranquilidad: A MÍ TRUMP NUNCA ME ENGAÑÓ.

No porque yo sea más inteligente que nadie, no porque haya acertado en todo. Sino porque decidí juzgarlo por sus hechos y no por mi simpatía política. Y porque aprendí en Venezuela una lección que jamás quiero olvidar:

"Cuando la política convierte al líder en objeto de culto, los principios terminan siendo las primeras víctimas."