Mérida, Abril Viernes 24, 2026, 12:30 pm
ROSARIO PÉREZ
Diario ABC de Madrid
Fotos: Arjona
A las ocho y treinta y siete caía herido Roca Rey al entrar a matar. Se le vino el toro de Cortés y el peruano no dudó: con rectitud de vela se tiró encima de Soleares, que no perdonó tanta verdad y hundió el pitón en el muslo, con mucha saña, girando en dos direcciones en eternos segundos, arriba y abajo. El limeño sabía que iba herido, el boquete anunciaba el tabaco, pero jamás perdió el rictus. Cuando las cuadrillas se lo llevaban en volandas, Andrés -el hombre y el torero- solo miraba al 173 para ver si doblaba, para que la obra quedase rematada al completo. Sin un solo gesto de dolor, pese a la gravedad presentida. Roca Rey no quería soltar su título de número 1 y se agarró tanto a él que lo pagó con sangre, con una gravísima cornada de 35 centímetros de extensión. Solo un número 1 era capaz de voltear así una tarde que se precipitaba directamente al vacío por la decepcionante corrida de Victoriano del Río. Raza de figurón puso el peruano en una obra que brindó a El Juli, siete veces Príncipe. De mandamás a mandamás. Su autoridad demostró con un toro muy exigente y complejo, que pensaba más que un filósofo. Llevaba el hierro de Cortés y se le notaban sus cinco años. Un toro que hubiese puesto a cavilar a medio escalafón y con el que el titán limeño enseñó su soberbia capacidad.
Se desbocó el corazón de la Maestranza cuando el volcán peruano se plantó en los medios de rodillas en una apertura explosiva, con la testosterona derramada como un río de fuego líquido mientras citaba con el pendular a Soleares, negro como la media noche. Hasta tres pases por la espalda dibujó, con uno en el que aguantó un larguísimo parón de un toro que medía, que miraba. Ni una vez se arrugó su valor estratosférico, salvaje. Hasta poner en pie la plaza, con la música sonando. Cuántas teclas tenía Soleares, con el que impuso su ley como el emperador que no negocia su sitio, su trono. Hubo un desarme y paró la banda de Tristán; cuando quiso arrancar de nuevo, Roca dijo que nones. Mejor: aquella faena -para profesionales, para aficionados y para público, que a todos llegó- era mejor verla en silencio, solo roto por el rugido de las ovaciones cuando los pitones acariciaban el bordado. Aplomados los muletazos, de mano baja y gobierno de hierro. De mucho entendimiento. «¡Torero, torero!», gritaron en la grada mientras permanecía clavado en la arena, con los ojos encendidos de gloria. A por ella iba y a tumba abierta se tiró a matar cuando Soleares lo sorprendió. Igual le dio: ofreció el pecho a sabiendas de que el rayo podría herirlo, podría matarlo. Tanta fue la furia en la cornada que el estoque se enganchó en la chaquetilla, pero Roca lo había cazado y el cinqueño dobló. Un bosque de pañuelos blancos eran los tendidos. La faena había sido tremendamente emocionante, con la entrega total de un torero a un toro que no regaló nada. Dos orejones le llevó Viruta a la enfermería, con el Cóndor herido pero tranquilo y con la gente conmocionada. Todos se asustaron, desde Tomás Páramo a Luisma Lozano, desde Mercedes a Tana, desde El Juli a Francisco Rivera, conocedores de la dureza del toreo. Precisamente Julián López sufrió en este escenario la cornada más terrorífica de su carrera con esta ganadería.
Cerca de las diez y media, el parte confirmaba la crudeza presentida, el duro tabaco: «Cornada muy grave en el tercio superior del muslo derecho con una trayectoria total de 35 centímetros, una descendente de 20 y otra ascendente de 15, con una extensa rotura de músculos del vasto interno y sartorius, disecando y contundiendo el paquete vásculo-nervioso de la femoral superficial, sin producir lesión vascular». Fue trasladado al hospital donde se recupera Morante.
Distinto aire tuvo su primero, corretón y abanto de salida. Con qué despaciosidad ganó terrenos hasta llevarlo a los medios. Pronto se vio la calidad de Jaro, canino de fondo y motor. Roca brindó a los abarrotados tendidos y se marchó a los terrenos de la puerta más deseada en un prólogo por estatuarios de aplomo total. Majestuosos como el pasodoble de Manolete. Sabedor de la calidad del rival, administró fenomenalmente tiempos, distancias y alturas. La media, que era la que demandaba, y con suavidad. Poco toro para tanto torero, que por cierto se llevó una patada de las que duelen.
Vuelta
al ruedo de Zulueta
Después de aquella cornada a un compañero, Javier Zulueta no se amilanó y se marchó a la puerta de chiqueros a recibir al serio y durito sexto. El hijo del alguacilillo hizo un esfuerzo y dejó muletazos de buen estilo, con cadencia, con sus paisanos arropándolo. Se cayó la espada y no prosperó la petición de oreja. Dio una vuelta al ruedo. A punto estuvimos de narrar un suceso cuando en el otro de su lote el descabello salió disparado al tendido. Se llamaba Envoltorio este victoriano, el toro con el que reaparecía Curro Javier, espléndido en la lidia, con una ovación de gala cuando lo cerró a punta de capote. Qué bien lo pulseó Zulueta en las telas, con gusto. Curiosa era la imagen de Ramón Valencia en el callejón.
Hubo que esperar a los finales para asistir a lo más emocionante de la corrida de Victoriano del Río, con los tres primeros cuatreños alejados de la casta a las que nos tiene acostumbrados este arquitecto de la bravura. Suavón y desfondadito el Marginado primero, con cuello para descolgar, pero que lo usó para defenderse por su mermado poder. Al hilo de las tablas le dio matarile con habilidad Manzanares. Tampoco sirvió el cuarto, un pariente del famoso Dakar que había gustado en los corrales, pero que se quedaba corto y se vencía. En blanco -oscuro- su paso por la feria.
Qué dura arranca la primavera para el toreo: las dos figuras que llenan, las dos figuras que mandan, en el hule. En el mismo hospital durmieron anoche.