Mérida, Abril Lunes 20, 2026, 08:40 am
Un día, pasando por la Biblioteca Bolivariana, me
encontré con el librero que siempre exhibe sus libros en las escaleras. Varias
veces había pasado por allí, mirando fugazmente algunos títulos.
A los libreros de hoy no les resulta fácil la jornada: les
toca recrear a diario su pasión por los libros, mantener una gran persistencia
en el oficio, ser hábil para oportunidades y cambalaches. Juntar la ventura de
los días buenos con la paciencia de los días malos. Hasta que el libro cambia
por fin de mano, y no sólo queda el libro sino también el amigo.
De tanto mirar, me detuve para llevar dos libros: el
primero, una curiosa antología poética de Gabriela Mistral. Y el segundo lo
tomé por azar. Era un poemario viejo, color de pared, tapa de cartulina, con un
dibujo de un hombre de espaldas descubiertas que dirigía su rostro hacia
algunos peces entre una sombra que parecía un río. No había información sobre
el año, o la editorial que lo había publicado. Apenas algún dato de la
imprenta, y del diagramador. Se titulaba Rostro de trabajo y sueño con
un autor que despertó mi curiosidad: Cruz del Valle Rodríguez.
Quise
buscar alguna cosa de antemano. Su nombre en alguna reseña, o en alguna
antología de poetas. Pero, al principio, nada. Entonces hice caso a lo que la
misma obra aportaba: un libro de poesía dividido en “Rostros”: Rostro de
trabajo y realidad, Rostro de hombre y luz, Rostro de amor y fuego, y Rostro
de mundo y tiempo. Versos libres con la sencilla pretensión de compartir su
visión de los dramas domésticos, y la maravilla casuística de lo humano. En el
libro abundan diversas alusiones a ciertos seres de oficios específicos: “El
Poeta”, “El Obrero”, “El hombre sin trabajo”, “El Periodista”, “El Político”,
“El Politiquero”, “El Carpintero”, El Zapatero”, “El Albañil”, “El Autobusero”.
¿Leemos
un poco?
(…)
tributo
de la angustia,
días secos,
quemados,
inmortales,
grabados:
en el desnudo
corazón del alma.
Días solos
sin el sueño de Dios,
sin la palabra amigo,
sin la infinita luz del sol,
solos, errantes,
como espectros,
solos, como espectadores.
Hoy nos quedamos sin trabajo
el día es medianoche
y nos quedamos solos
en el silencio de la calle.
[El hombre sin trabajo]
No
pude evitar recordar a ciertos escritores de Válvula, e incluso el
poemario Baedecker 2000 de Andrés Eloy Blanco, en el que las novedades
de la vida contemporánea ya eran tema insoslayable de la nueva lírica
deslastrada de los afanes métricos. Volvamos a Rodríguez:
(…)
Nos encontramos
en el grito primero
de sus luchas,
me dijo, esto es:
piedra,
ladrillo,
cal,
arena,
cemento,
y esto es
el edificio;
ya pasé
de oficial
a constructor.
Ahora tiene
la vigilante luz
del sindicato.
Siempre nos encontramos,
en el lugar acostumbrado,
él me da su retoño de estrellas,
y yo el franco mensaje
de un poeta.
[El Albañil]
¿A quién pertenecen semejantes versos?
El poemario conserva unas palabras del autor, y dos
textos significativos: el prólogo de Alí Lameda, y el epílogo de José Ramón
Medina, quienes fueron dos célebres poetas venezolanos. Gracias a ellos, únicos
críticos que dan cuenta de la poética de Cruz del Valle Rodríguez, supimos que
llegó a publicar tres libros entre sus tantos trabajos inéditos: Este Canto
de Sangre sobre el Petróleo Vive (1953), Rostro de Mundo y Tiempo (1954),
y Rostro de Trabajo y Sueño (1964), que había incluido algunos poemas
del libro anterior.
También supimos que Cruz del Valle Rodríguez ejerció la
docencia.
Y aquí cambió la bruma aparente que impedía mirar la vida
del escritor. En Los Teques, estado Miranda, encontramos el nombre del autor
como epónimo de una unidad educativa.
Cruz del Valle Rodríguez nació en Carúpano, estado Sucre,
el 03 de mayo de 1924. Sus padres fueron Manuel Eduardo Rodríguez Salazar
(1885-1960), y María Eulosia Lozada (1905-1973). Sus padres se casaron en 1923.
Cruz fue el mayor de cinco hijos. Sus hermanas fueron: Ezequiela (1926-1933),
Cruz Bertha (1927-1930), Eufrosina del Carmen (1933-2000), y Carmen Cecilia (1942-1959).
Según la reseña escolar que tuvimos a disposición, se
desempeñó como docente, abogado, y profesor de psicología y fisiología. También
escribió cuentos y poemas en algunos periódicos. Entre sus notables
experiencias laborales, fue director del Consejo Venezolano del Niño en Ciudad
Bolívar, y director de cultura de la Universidad de Oriente.
El docente y poeta falleció a los cuarenta años el domingo
23 de agosto de 1964 en la tragedia del Salto de la Llovizna, en Santo Tomé de
Guayana, durante la XIV Convención Nacional de la Federación Nacional de Maestros,
a la cual habían asistido cerca de 500 profesores e invitados, incluyendo a
personajes como Luis Beltrán Prieto Figueroa, también docente, dirigente
político, ensayista y poeta. Más de cuarenta docentes perecieron cuando el
puente que atravesaba el Parque Nacional se desprendió por uno de los extremos
como a las once de la mañana por el exceso de peso, y los docentes que
atravesaban el puente cayeron, aterrorizados, a las aguas tempestuosas del Río
Caroní.
En el mismo año de su muerte, cuando había publicado poco
antes el poemario que llegó a mis manos, Cruz del Valle Rodríguez había escrito
estos versos:
El secreto del tiempo
es una luz sin sueño,
un rumor, un espejo,
de lejanías infinitas.
Allí sobre los
rostros,
juegan de amores,
la eternidad y la
agonía,
entre la inmemorial
naturaleza.
Yo quise ir allí,
como quien va de tránsito,
y unas voces de tumba
dijéronme te quedas.
No lo puedo negar,
eran visibles muertos,
flotando en carne
viva,
y me dieron sus
gritos.
(…)
Siguiendo en agitados
pasos,
hacia dentro me fui,
ovillado en silencios,
y crucé sus abismos.
[Rostro
de mundo y tiempo]
Los diarios nacionales reseñaron esta catástrofe en
primera plana. Sólo se llegaron a conocer algunos nombres y fotografías de los
docentes fallecidos. Por ejemplo, entre las tantas víctimas está la docente
normalista Josefa Molina de Duque (cuyo epónimo escolar se encuentra en la
avenida las Américas), nacida en Guaraque el 02 de mayo de 1935, quien había
ejercido la docencia en Chiguará, San Cristóbal, y San Juan de los Morros. Murió
en la misma tragedia a los 28 años.
Gran parte de los epónimos que se conservan hasta hoy se
debieron a un homenaje póstumo del magisterio a los docentes mártires del Salto
de la Llovizna. Gracias a las generaciones posteriores de docentes y
estudiantes, la memoria de estos maestros idos se encuentra a salvo del olvido.
Cruz del Valle Rodríguez, según lo escrito por sus dos
críticos, fue un joven y entusiasta poeta cuya gran virtud fue la honesta
preocupación por el destino del hombre en la realidad venezolana de su tiempo. Era
un poeta que alzaba su voz con humildad y transparencia en medio de tanto
conversacionalismo falaz, y tantas voces unísonas por la denuncia social. Uno
de sus críticos, por cierto, señalaba por esta misma razón las flaquezas del
poeta en torno a su técnica creativa y otras formalidades estéticas; al mismo
tiempo que no dejó de admitir que Rodríguez era un poeta profundamente movido
por la entrega de su voz rotunda, y su esperanzadora vocación literaria.
He aquí parte del legado que este escritor y docente de palabra
certera vino a dejarnos a 101 años de su nacimiento. No hay mejor forma de
recordar a un poeta que seguir celebrando sus versos dondequiera que estemos:
(…)
Este es el músculo nutriéndose en su sangre,
la raíz que se teje en la carne del sueño,
el fruto que se limpia sus ojos de silencio,
la alborada que nace en el sudor de un canto,
las vigorosas manos que despiertan el alba,
el obrero que fluye en lámparas de hierro.
[El Hierro tiene su Obrero]