Mérida, Mayo Domingo 03, 2026, 11:50 am

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Por Juan José Cañas Zambrano

El Ritual de las Cenizas y el Oro por Juan José Cañas Zambrano



El Ritual de las Cenizas y el Oro por Juan José Cañas Zambrano

El viejo puerto de Santiago dormía bajo un bochorno que se podía masticar. En la terraza del "Mirador", Juan no buscaba compañía, sino silencio. Sobre la mesa de madera gastada por el salitre, descansaban dos viejos conocidos: un Habano de capa oscura y una copa de ron añejo, cuyo color recordaba al oro fundido.

Juan tomó el cigarro con la reverencia de quien sostiene un secreto. El ritual no admitía prisas. Con un fósforo de madera, calentó el pie del tabaco sin tocarlo, dejando que el aroma a tierra húmeda y cedro despertara.

"El tabaco es como una conversación", solía decir. "Si lo apuras, se ofende; si lo descuidas, se apaga".
Cuando la brasa fue un anillo perfecto de color naranja, dio la primera calada. Una nube densa, blanca y cremosa inundó el aire.

Entonces vino el ron. No era cualquier licor, era un destilado que había pasado diez años escuchando el susurro de las barricas de roble.
El primer sorbo quemó ligeramente la punta de la lengua, limpiando el paladar.

El dulzor de la melaza y el toque de vainilla del ron chocaron con el amargor especiado del humo.
En el retrogusto, ambos se fundieron en un sabor a chocolate negro y cuero viejo.

Con cada centímetro de ceniza gris que ganaba el habano, una preocupación de Julián se desvanecía. El mundo exterior las deudas, el ruido de los barcos, las promesas rotas se quedaba fuera del círculo de luz de la terraza.

Al final, solo quedó el aroma residual, el fondo vacío de la copa con un rastro de caramelo y la sensación de que, por un momento, el destino le había concedido una tregua. Porque el tabaco se consume, y el ron se acaba, pero la paz que dejan es el único lujo que nadie puede confiscar.