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Por Ricardo Gil Otaiza

Las pequeñas cosas por Ricardo Gil Otaiza



Las pequeñas cosas por Ricardo Gil Otaiza

“El porvenir es inevitable, pero puede no ocurrir.”
Jorge Luis Borges
El jardín de los senderos que se bifurcan


Saberse gobernado por fuerzas que escapan a los deseos; ser presa de un afán muchas veces inexplicable (que lo empuja a pretender ser más de lo que alguna vez pensaba que era posible); despertarse en plena madrugada con la aplastante sensación de un vacío imposible de llenar, de una corazonada que le impelía a levantarse e ir como un sonámbulo a la cocina por un vaso de agua fría: beberla sorbo a sorbo, lentamente, con los ojos cerrados: sentir cómo el líquido bajaba por el esófago y enfriaba sin pudor sus vísceras; tener una inquietud inexplicable, quizá sin razón aparente, o tal vez alguna escondida bajo tres llaves en los pliegues de una despistada neurona; llorar a veces sin motivos, no saber si de alegría o de tristeza; sentir que el mundo es demasiado grande como para estar seguro en él.

Nunca sabremos los porqués de las tristezas ocultas; de las rabias contenidas en el estómago; de los latidos acelerados del corazón cuando menos los esperamos; de las sinrazones de la ansiedad y la depresión; de la angustia contenida sin que se conozca una causa aparente; del quietismo y la abulia cuando todo alrededor bulle y nos invita al movimiento; de la mirada apagada frente a otro rostro que te sonríe; de la fe de la infancia perdida para siempre en algún recodo de la existencia; del suspiro acallado para que nadie nos escuche; de las pesadillas recurrentes que nos lastiman los sentidos: de la oscuridad de la noche de los tiempos que se hace eterna en el alma.

Ha buscado con afán el reconocimiento, siempre se pensó para grandes cosas que nunca llegaron, puso trabajo y esfuerzo en un “algo” que no alcanzó a fructificar, que se quedó en un enmarañado limbo entre muchas dimensiones, que se hizo reticente cuando en otros era tan fácil, que se marchitó en la piel y en las largas horas de espera tras los cristales, mirando a un-no-se-qué, con la vista clavada en un infinito impostergable que le laceraba la razón y el entendimiento, que lo fustigaba con crueles ironías, que lo laceraba día y noche por sus fracasos, que le impedía mirar hacia lo alto por miedo a que se le eclipsara la esperanza.

Quería hacer grandes cosas, sentía que estaba llamado a alcanzar elevadas cimas, no se conformaba con saberse dueño de una piel que no era igual a otra, de una vida que se abría ante él con sus propios desafíos; no hallaba el pulso a la corriente de su existencia, y a menudo se preguntaba, no sin hastío ni desencanto: ¿Cuál es mi mundo? ¿Acaso la derrota de las ilusiones? ¿Acaso la medianía en los resultados? ¿Acaso la eterna espera de lo merecido? ¿Responde mi vida a lo trazado en mi niñez? ¿Valió de veras el esfuerzo consumado?

Decía todo esto en voz baja, y a solas en su despacho se dejó caer sobre el sillón como un muñeco de trapo: inerme, exánime, con los brazos extendidos, abatido por la conciencia del “ahora”, con la mirada fija en el techo, derrumbado frente a las circunstancias, ingrávido y perplejo, ausente de su entorno y vaciado de sueños, y así permaneció por mucho rato, no sabía decir cuánto, en medio de las sombras y del silencio de su sitio de trabajo, y a veces le llegaban los ecos de una música lejana, así como de sonrisas y de juerga, pero todo le resultaba insustancial, anodino, insulso, soso, trivial, banal, fútil, vacío, superficial e insignificante, y, cuando se le agotaron los sinónimos, cerró los ojos y se entregó al ensueño.

Ya, frente al espejo, auscultó su rostro y vio las huellas: no todo había sido en vano, el cuerpo acusaba los estragos de las anheladas vueltas al sol, que tontamente fingía celebrar en cada aniversario, y se preguntó, con perplejidad y asombro: ¿Qué te has hecho? ¿Adónde fueron a parar tus ímpetus del pasado? ¿Cuándo piensas levantar vuelo? ¿Qué fue de tu destino?

Abrió una gaveta del escritorio y miró en el fondo, tanteó aquí y allí y por fin halló lo que buscaba, puso el paquete de terciopelo verde sobre la mesa y lentamente lo fue desenrollando: en cuestión de segundos quedó a la vista su pequeño revólver de cañón corto, ligero y hermoso, un .38 Special, que había sido de su difunto padre y que recibió (luego de mucho regatear) como mala herencia, ¡peor es nada!, se dijo entonces, y lo dejó perdido en la memoria.

El arma tenía aún disponibles sus seis disparos, así que sacó cinco balas y se quedó con una, cerró con llave la puerta del despacho, se puso el abrigo que tenía colgado en un perchero y pensó en escribir una nota como había visto en A long way down, una de sus películas favoritas de juventud, en la que Pierce Brosnan interpreta a un presentador de televisión cuya larga carrera estaba destrozada, y este sube a la azotea de un edificio con la intención de saltar, y lleva una nota de suicidio para dejar sus cosas arregladas, pero su deseo resulta fallido, porque otros tres desconocidos suben a la azotea con las mismas intenciones; y desiste de la idea.

No sabía en realidad por qué pensó en esa película: pudo recrear en su mente otra en la que el suicidio se hubiera consumado (es más, le fascinaban esas cintas o esos libros en los que los protagonistas se iban a lo extremo, y eso era tal vez un vicio de su parte que inundaba su sangre ávida de hormonas), pero se dijo que no era tan malo posponer una decisión fatal, aunque fuera por un motivo pequeño y risible como el de la película, es decir, si el cine, al igual que la literatura, recrean con sus artimañas y trucos la vida misma, ese espacio que se abre entre un salto mortal y una mera casualidad, es el hilo que ata a la existencia, y el fiasco tal vez valió la pena, y fue entonces cuando se percató de que ese pequeño detalle mostrado en el film, hacía la diferencia entre la vida y la muerte, y que si lo había recordado con tanta precisión en un instante definitivo como aquel, era porque las pequeñas cosas y los pequeños triunfos tienen un encanto, y a lo mejor merece vivirlos.

rigilo99@gmail.com