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Sebastián Castella cuaja con la muleta

FERIA DE SAN ISIDRO – DECIMOTERCER FESTEJO

Un jondo «Cantaor» ofrece las llaves eternas del paraíso

Sebastián Castella cuaja con la muleta al excelso toro de Victoriano del Río, pero pierde la Puerta Grande con el acero



FERIA DE SAN ISIDRO – DECIMOTERCER FESTEJO

Un jondo «Cantaor» ofrece las llaves eternas del paraíso

ROSARIO PÉREZ

Diario ABC de Madrid

Fotos: Plaza 1

Era «Cantaor» el propio San Pedro hecho toro y ofrecía las llaves eternas en cada embestida: «Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo». El paraíso escondía este serio y armónico cinqueño, negro listón, herrado con el 79 y de 572 kilos de peso. Y hasta él viajó Sebastián Castella, que reverdeció los laureles de su magnífico temple, de su conocimiento del toreo, ofreciendo la dimensión de la soberbia figura que ha sido y es. Porque hay que ser un pedazo de torero para estar a la altura de esas bravas y superlativas embestidas para cuajarlas como lo hizo. Su séptima Puerta Grande asomaba en el 237 de Alcalá, la número 22 para Victoriano del Río, pero el de Béziers pinchó y se atascó con el descabello hasta quedarse al borde de los tres avisos. Merodeaba un día después el titular de 'Toro al corral', y no por una vez, sino dos, que luego Emilio de Justo tampoco hallaría la muerte en el quinto. El maestro Roberto Domínguez va a tener que abrir una escuela sobre cómo usar el verduguillo: ¡vaya racha!

Ocho toros trajo don Victoriano del Río a la Monumental y ocho toros pasaron el examen veterinario. Ocho veces se oyó el 'aprobado' en los corrales. Todo un manifiesto: así se viene a Madrid, ganadero, con toros para una catedral, con esa mirada que parece indagar en el alma antes de regalar embestidas de lujo: ¡oh «Cantaor», «Cantaor»! Había una expectación feroz por ver una divisa de glorias, y ese reclamo tuvo mucho que ver en el nuevo 'No hay billetes' de la feria. La empresa de Rafael García Garrido se va a salir este año del mapa taquillero con tanto cartel de agotado el boletaje.

El premio gordo llevaba el «Cantaor» cuarto, del mismo bautismo que el de la faena de salvaje esplendor de Roca Rey en Vista Alegre. No tuvo el de Madrid aquella fiereza del bilbaíno. El son de este toro de la familia de los «Cantaores», los del palo jondo, fue exquisito. Ya sus hechuras lo iluminaban, con ese cuello para descolgar. ¡Y cómo lo descolgó! Surcos hacía el bravo, con su ritmo sostenido, su repetición, su fijeza y esa humillación que entronca con la profundidad. Fenomenal la cuadrilla, Viotti en la lidia y José Chacón en los palos. Explosiva nació la apertura de Castella, con los pendulares en el mismísimo platillo. Ojo a cuando la zurda dibujó la embestida perfecta. ¿O era la embestida la que dibujaba el zurdazo perfecto? De lujo la comunión entre toro y torero. Silencio de expectación cuando el Gallo de Béziers, con un aquilatado valor, citó en la distancia larga para lucir el alegre galope de «Cantaor», de cuyo nombre nos acordaremos hasta cuando nuestros ojos duerman. Repetía y colocaba la cara en intensas tandas, con la ligazón por bandera, con la magia del temple, oxigenándolo con mente preclara. Y otra vez acudía aquella perfecta máquina de embestir a la perfección de las telas. Rugía la Monumental, que enronqueció más sus gargantas cuando presentó la izquierda. De categoría. Casi frente al burladero de areneros, a pies juntos, llamó otra vez a «Cantaor», que allá seguía con su nobleza, con su bravura infinita. Fiel a su sello, el galo abrochó por bernadinas cambiándole el viaje, pero el oro molido se hallaría en la trincherilla y el desdén. Gran «Cantaor» y faena de cante grande. «¡No lo mates!», exclamó una voz. Porque en cualquier otra plaza hubiese sido un toro de vacas y seguro que don Victoriano se quedó con las pajuelas. Buscaba el gentío los pañuelos cuando el matador dejó un pinchazo hondo y falló estrepitosamente con el verduguillo. Cantaor y la faena merecían otra muerte. Bien lo sabía Castella, en cuyo rostro asomaban las lágrimas por la desazón. Cruzó el ruedo con el rictus de la tristeza, cogió un puñadito de la arena donde había tatuado una pieza inmortal y se sentó en el estribo maldiciendo interiormente el acero. «Cantaor» recibió los honores de la vuelta al ruedo en el arrastre y su torero lo besó en una emotiva escena. Después, recorrería el anillo con sabor agridulce: había perdido las llaves del cielo. No de cualquier cielo: era el de Madrid el que estaba en juego.

Fue «Cantaor» el toro de la corrida y también el de las mayores excelencias de lo que va de San Isidro. El sexteto, que nunca perdió el interés, fue variado. Había morbo por ver a «Duplicado», como aquel de 2022 inmortalizado en un azulejo venteño al mejor ejemplar de la temporada. Cosas del destino, si entonces no pudo torearlo Emilio de Justo en su dramática encerrona, Dios puso en su camino otro del mismo bautismo, el único cuatreño del sexteto. Preciosas las hechuras del victoriano, que cumplió en varas. Abrió los caminos por abajo ha «Duplicado» y, ya erguido, sometió al animal en poderosos derechazos con una intensidad que calaba. Cuanto más abajo, más respondía el encastado. El cambio a la zurda vino traicionero. Pero siguió apostando por ese lado, con algún natural de mérito. Exigente «Duplicado» y exigente la faena: de morro y telas barriendo la arena a derechas. Buscaba la oreja y cerró por manoletinas milimétricas, pero tanto alargó que oyó un aviso antes de entrar a matar y, además, pinchó.

Toda la chispa que tenía aquel le faltaba al quinto, de mucha clase. Aquel temblor en los apoyos pedía la receta del temple y la media altura, pero su labor nunca tomó vuelo y, para colmo, oyó el doble aviso.

Qué tornillazos pegaba el astifino tercero, que rindió homenaje a su nombre: «Impuesto», mansito y geniudo. Con lupa midieron a Tomás Rufo, que logró unos meritorios naturales. Tuvo dos tandas en las que colocó la cara el voluminoso sexto, que acusó un tercio de varas de bronca apoteósica.

Abrió la tarde un primero negro como una noche de invierno, un toro cambiante: más alegre en la distancia larga y protestón al acortar terrenos. Aburrido acabó. El edén se hallaba en «Cantaor», el de las llaves eternas. Porque eterna fue su bravura sostenida. 

FICHA DEL FESTEJO

 

Monumental de las Ventas. Viernes, 22 de mayo de 2026. Decimotercera corrida. Cartel de 'No hay billetes'.

 

Toros de Victoriano del Río, cinqueños salvo el 2º, serios dentro de la desigualdad de hechuras, de interesante y variado juego; destacó la excelencia del gran 4º, premiado con la vuelta al ruedo.

 

Sebastián Castella, de azul pavo y oro: media caída y perpendicular (silencio); pinchazo hondo y siete descabellos (vuelta al ruedo tras dos avisos)

Emilio de Justo, de grana y oro: pinchazo y media trasera tendida (saludos tras aviso); tres pinchazos y ocho descabellos (silencio tras dos avisos).

Tomás Rufo, de azul metálico y oro: estocada baja (silencio); pinchazo hondo, pinchazo, estocada corta y descabello (silencio tras aviso).